miércoles, 30 de septiembre de 2020 Actualizado a las 19:41

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Hablemos de violencia

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No estoy de acuerdo con ninguna forma de violencia, dice alguien en el chat grupal, los Mapuche están sublevados y aunque se les da todo, ellos siempre quieren más y más, dice la amiga que llamó para saber cómo conseguí un salvoconducto y visitar a mis papás adultos mayores, y no es la forma, dice el amigo que ya sabe que estoy en Traiguén y me contacta para saber cómo fueron las nueve horas de manejo que hay desde Santiago a Traiguén junto a Elisa Loncon.

Son las 11 a.m., tomando mate con los padres y los estruendos del entrenamiento militar en el Cerro Chumay se escuchan en todo el pueblo. ¿No se supone que ya no hay regimiento en Traiguén? Lanzo la pregunta al aire, mientras doy sorbo y miro hacia el fuego para escuchar el quiebre del trozo de leña que se quema. Fuego que arde y reduce a cenizas la materia, de la misma forma que ardió la Municipalidad de Traiguén y de la misma forma que ardió el Wallmapu por allá por el 1600 en un evento que los libros de historia colonial le llaman el Desastre de Curalaba, pero desde el pueblo Mapuche se cuentan las hazañas de Pelantaro y Huaiquimilla, en una de las rebeliones más importantes del pueblo Mapuche en la historia de Chile.

No podemos vivir en paz, es una de las frases que más leo y escucho en este primer día en Traiguén, lugar que visito frecuentemente, por ser el pueblo donde con Elisa nacimos y crecimos. Como educadora, y tía de dos pequeños que estudian en Traiguén y Victoria, siento angustia de saber que crecen en este contexto de tensión donde el racismo prende como el hualle, y prende porque es leña seca que siempre ha estado en la bodega, lista para ser ocupada (Ana Luisa Muñoz).

Somos tres autoras, quienes llevamos unos años reflexionando y escribiendo sobre racismo y educación en nuestro proyecto de biografías de escolarización en el Wallmapu. Como educadoras e investigadoras, somos conscientes que el racismo se aprende, es un proceso educativo que pasa por la educación formal, la educación en la casa, con nuestras familias, las telenovelas, las noticias, los comerciales, las películas, la música y muchos otros espacios en los que nos desenvolvemos.

Esta educación tiene raíces profundas en el proceso de colonización que nunca termina y que tiene como fin último la eliminación  de los pueblos indígenas para ocupar sus tierras. La colonización no es una etapa histórica del pasado sino que un continuo presente en el que todas, todos y todes crecimos. Todas las personas somos racistas y tenemos diferentes niveles y tipos de racismo interiorizado, porque lo hemos aprendido.

Hemos aprendido a no querer nuestros cuerpos, a idealizar cuerpos blancos europeos. Hemos aprendido a darles autoridad a personas que tienen ciertas formas de hablar, de vestirse y de moverse. Hemos aprendido que arte es una cosa, artesanía es otra. Hemos aprendido que una tierra productiva es una tierra con monocultivos, con árboles plantados en filas, que una tierra desordenada está abandonada, no aprovechada. Hemos aprendido que se puede decir “no soy racista, pero los mapuche son flojos”. Esto que hemos aprendido se construye sobre el dolor y la muerte de cuerpos tangibles y el exterminio material de territorios y vidas.

Chumay, viene del mapuzugun chumayaiñ, 'qué vamos hacer', fue la palabra que repitieron los mapuche cuando las tropas de Gregorio Urrutia les hicieron una encerrona a los mapuche en ese cerro que hoy se llama Chumay; los acorralaron los militares que serían los fundadores de Traiguén; instalaron el fuerte y mapuche que se escapaba del cerro era asesinado. Mi padre nos enseñó la memoria oral, el weupin, por eso sabemos que Traiguén se fundó sobre la sangre de los mapuche. Sus calles llevan los nombres de colonos, los genocidas Cornelio Saavedra; Gregorio Urrutia, General Lagos y tantos otros. En Traiguén también existe una oficina del Consulado Suizo; porque el pueblo fue creado por colonos que tomaron estos territorios sin consideración de los mapuche (Elisa Loncon).

El racismo es la estructura en la que se sostiene la discriminación sistemática. Es un proceso de erradicación múltiple. La erradicación de las tierras por medio de la ocupación, de borrar el lenguaje, conocimientos y cultura por medio de la educación, y de la identidad por medio de la vergüenza, el autodesprecio y el desprecio por los demás. Lo que pasó y continúa pasando en Traiguén y en el Wallmapu no se puede entender como separado de lo que pasa cuando la escuela enseña sobre lo mapuche como algo estático y del pasado. Es lo que se aprende por los medios cuando solo se muestra a los mapuche como terroristas y a los colonizadores como víctimas. Es la educación de la cultura colonial; donde los mapuche están en el espacio del no ser; mientras chilenos; colonos y Estado integran el espacio del ser; en medio hay una línea divisoria que violenta; vulnera derechos; invisibiliza, niega toda humanidad a los mapuche.

Es esta educación, la de la escuela y también fuera de ella, que contribuye a los hechos violentos de la noche del sábado. También a los comentarios e ideas insidiosas y permanentes que persisten a través de los siglos del mapuche borracho, flojo, malagradecido. Es parte de lo que explica que haya personas que piensan que los mapuche son terroristas o que justifica que el Estado esté en guerra con un pueblo indígena o que no entienden por qué la recuperación de un territorio tiene raíces profundas y que el daño del Estado chileno es irreparable.

En este contexto una educación que no se construye antirracista, definitivamente es racista.

Si bien una educación antirracista no repara los siglos de continua violencia sistemática y sistémica, es una forma de reconocer el daño constante e histórico, y de asumir que esta violencia siempre nos va a penar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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