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Los problemas del populismo para el progresismo elitista

por 3 diciembre, 2020

Los problemas del populismo para el progresismo elitista
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En el asunto de la “elitización” del progresismo y de la democracia, Chile es un ejemplo avant la lettre con la instauración de la Concertación y la “política de los acuerdos”, como precio a pagar para terminar con la dictadura militar de Pinochet, a cambio de poner plenamente en obra la Constitución de 1980, la de Guzmán. Constitución que ha sido efectiva y contundentemente rechazada por cerca de 80% de quienes participaron en el pasado plebiscito del 25 de octubre.

Las dos últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América  son la culminación de un proceso planetario inexorable de cuestionamiento político a las democracias elitistas instauradas por las políticas económicas, sociales y de poder, llamadas el neoliberalismo, que desde la década de los 70 del siglo pasado, al terminar  los “gloriosos treinta” años de expansión económica de la posguerra, se van instalando por el planeta para asegurar la reproducción ampliada del capital.

Primero en Chile con el golpe militar contra Allende y el Gobierno de la Unidad Popular (1973), luego en los EUA y en Gran Bretaña con los gobiernos de extrema derecha de Reagan (1981-1989),  Thatcher (1979-1990) y Major (1990-1997), respectivamente, asimismo con mayor o menor éxito y extensión en otros países. Más tarde,  esos gobiernos reaccionarios serán sustituidos  por los gobiernos progresistas de Clinton (1993-2001) y Blair (1997-2007), en lo que elegantemente los expertos y académicos llamaron la “tercera vía” (Giddens), lo que no era otra cosa que la “elitización” de la socialdemocracia. En Alemania se consolidó en un pacto político entre el Partido Social Demócrata y el Cristiano Demócrata, que conducido por este pervive hasta el presente (2005-2020]. Todo este proceso ha sido denominado la “globalización”, que no se refiere solamente a la absoluta libertad de las relaciones económicas internacionales, sino además a la imposición planetaria de un modelo político de democracia internacionalmente controlada.

Poco se ha analizado el auge del populismo de derecha –el populismo siempre es de derecha– luego de la caída del socialismo realmente (in)existente en los países  de lo que fue órbita soviética, incluida la propia Unión Soviética, solo se ha dado la simplista explicación que en el rechazo al comunismo vivido, la mayoría de la población se volvió casi naturalmente reaccionaria, individualista, consumista, egoísta, etc. Pero este no es un tema a tratar aquí.

El fantasma del populismo, y su dificultad interpretativa,  está en los orígenes mismos de la institucionalidad política en la cual hoy nos reconocemos y que se inicia con la Revolución Francesa. Allí aparecen dos grandes sectores políticos: los jacobinos y los girondinos: aquellos, representaban a la pequeña burguesía comercial, artesanal  y profesional; estos, a la gran burguesía comercial, manufacturera, bancaria e intelectual.

Los jacobinos querían una república sin rey, ni nobleza ni clero, eran parisinos, esencialmente urbanos, marcadamente centralistas –la idea del Estado fuerte– y revolucionarios muy radicalizados. Los girondinos querían una monarquía constitucional como la de Gran Bretaña, eran moderados y descentralistas, representaban a las provincias –a eso refiere la Gironda–, este es tal vez el detalle de la mayor importancia y menos analizado, la no comprensión por la República en París de las particularidades y sentimientos localistas de las regiones terminaron en terribles rebeliones campesinas, católicas y realistas, reprimidas a sangre y fuego, como fue el caso de la Vendée y otras rebeliones de la chouannerie (1793-1799).

El conflicto entre jacobinos y girondinos, entre izquierda y derecha, por su ubicación en la Asamblea Nacional, pero también entre lo autoritario y monolítico ante lo participativo y flexible, entre el centralismo y el regionalismo, terminó en el régimen del terror hasta su casi mutuo exterminio, imponiéndose así el extremo centro y la burocracia militar, que había adquirido gran prestigio en la defensa de la República ante la agresión extranjera. El fantasma del autoritarismo se hizo carne en un general  jacobino, Napoleón Bonaparte, que terminó coronándose Emperador de los Franceses (1799-2015), por eso a las dictaduras revolucionarias personalistas se las ha llamado bonapartismo, cuyo mayor exponente fue Stalin, y se denomina estalinismo a la burocratización del Estado y de los partidos revolucionarios.

En la historia política contemporánea, el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania surgieron como alternativa ante el fracaso de los nuevos sistemas políticos aparecidos al derrumbe de los regímenes oligárquicos que habían sido derrotados militarmente y sucumbieron políticamente con la I Guerra Mundial (1914-1918). Lo importante aquí es que ellos no dieron golpes de Estado, ganaron las elecciones, luego instauraron dictaduras autoritarias y terribles, y fueron necesarios  los horrores de la II Guerra Mundial para ser derrotadas y destruidas. El éxito político del fascismo y el nazismo en la convocatoria y movilización social fue por su carácter antielitista y protector  de las tradiciones nacionales y locales, amenazadas por el “fantasma del comunismo”. También, eso fueron el franquismo en España (1939-1975) y el peronismo en Argentina (1946-1952), que instauró el primer Estado de bienestar en esta región.

La historia reciente, a partir de la década de los 70 del siglo pasado, está marcada por la elitización de los partidos políticos, en particular los de centroizquierda como la socialdemocracia, perfeccionando así la elitización de la totalidad del sistema institucional político y de la administración del Estado. En ese proceso de elitización de la política y de la administración se hace efectivo el reconocimiento al “valor superior” de los técnicos y profesionales, se instaura la tecnocracia, que además es intercambiable entre lo público y lo privado. Esa elitización tecnocrática tanto de lo público como de lo privado se funda, desarrolla y consolida en una insidiosa, efectiva y generalizada corrupción público-privada. Corrupción que estalla aquí con los casos Penta,  SQM y Corpesca, para nombrar solamente a los más espectaculares. Corrupción no aclarada aún en la privatización del cobre y el litio, las obras y los servicios públicos, etc.

Por definición el populismo es antielitista. Así tenemos que en Francia, durante 1972, Jean Marie Le Pen funda el  Frente Nacional, de extrema derecha,  antiemigrantes, racista, negacionista del H0locausto nazi, pero convoca a los trabajadores de la ciudad y el campo precarizados por las nuevas revoluciones tecnológicas, comerciales y financieras, hasta que en 2002, durante las elecciones presidenciales, logra pasar a la segunda vuelta, desplazando al socialista Jospin, para ser derrotado por Chirac, de la derecha republicana. Después, su hija Marine Le Pen, en 2017, durante las elecciones presidenciales pasa a la segunda vuelta, superando a los socialista Mélenchon y Hamon, siendo derrotada por Macron del extremo centro, actual Presidente.

El triunfo del brexit merece un análisis más detenido, porque para sorpresa todos, sobre todo del liderazgo conservador que convocó a su rechazo y, claro, de las encuestadoras, aquel triunfó porque los trabajadores no aceptaron seguir negociando sus condiciones laborales con Bruselas y no en Londres, dado que allí no tienen poder negociador alguno, en cambio aquí sí, además, los gentlemen mayoritariamente nunca han querido pertenecer al continente, que –según ellos– debe permanecer “aislado” de Gran Bretaña; esto se volverá a repetir cuando el mejor liderazgo laborista reciente, encabezado por Corbyn, quien dio vuelta por completo al Partido Laborista a la izquierda y enfrentaba un Partido Conservador ridiculizado en la negociaciones del brexit, no obstante, fue estruendosamente derrotado en las elecciones  generales, porque en los condados de los trabajadores perdió apabullantemente debido a su poca claridad con el brexit . Pero el exit de la unión Europea no es una peculiaridad británica, desde siempre los Le Pen y Salvini se han propuesto salir de la Unión Europea.

En EUA el proteccionismo es parte de la política trumpista con gran éxito entre una clase trabajadora industrial cesante, empobrecida y resentida con la deslocalización de las industrias estadounidense en la República Popular China y otras democracias populares de Asia, con capitales estadounidenses; fueron ellos quienes le dieron el triunfo a Trump en 2016 y, hace unos días, la más grande votación de la historia del Partido Republicano. Aunque se dice que no fue Trump quien ganó en 2016 sino que Clinton perdió, como ahora se dice que no fue Biden el que ganó sino que Trump perdió. Las encuestadoras por segunda vez fueron engañadas por sus entrevistados, aquellas dicen que los encuestados mienten, lo cual hace suponer que se sienten “rigurosamente vigilados” y que no les resulta conveniente decir la verdad.

Lo que se va haciendo claro a nivel planetario, ya sea como teoría política o como deseo de poder, es la dilución tanto de la derecha como de  izquierda en el extremo centro, en particular con la neoliberalización y elitización de la centroizquierda y de la izquierda. Es allí donde prolifera el populismo político programático y el clientelismo organizativo. Dicho sea al pasar, la distinción entre derecha e izquierda es clara: la derecha le otorga al mercado –al gran capital– el rol preponderante para satisfacer las demandas sociales, y la izquierda se lo otorga al Estado y la sociedad civil.  En esto la realidad política chilena es una manifestación local de aquel hecho planetario, incluso aquí la derecha se vuelve populista, apoyando masivamente la devolución, dos veces, de un 10% de los fondos de pensiones a sus ahorrantes, o respaldando pública y masivamente el Apruebo al plebiscito y la Convención Constitucional.

Pero la amenaza del populismo como denuncia propagandística de la derecha y centroderecha se instala tanto con el Gobierno de la Presidenta Bachelet como con la campaña  presidencial de la Nueva Mayoría, cuando se  denuncia  el intento de llevar al país a una “Chilezuela”.

En el presente, el fantasma del populismo también lo instalan la derecha, la centroderecha y la centroizquierda, tanto en la campaña para la elección de los constituyentes, como para las elecciones generales de gobernadores, municipales, parlamentarias y presidenciales. Pues, si bien hay un consenso en garantizar constitucionalmente el acceso universal, gratuito y de calidad a los derechos sociales en  salud, previsión social y educación, no hay tal consenso para asegurar constitucionalmente la financiación pública de la provisión de los mismos mediante la recuperación, para el Estado, tanto de las rentas y utilidades provenientes de los recursos naturales –cobre, litio, recursos pesqueros, agua, etc.–, las obras y los servicios públicos, como en el campo tributario, terminando con las elusiones, evasiones y exenciones impositivas, así como elevando los impuestos a las rentas del gran capital y grandes contribuyentes. En breve, proponer elevar los derechos sociales a derechos constitucionales, como lo son los derechos civiles y políticos sin, a la vez, asegurar constitucionalmente su financiación pública, es demagógico y populista.

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