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La caravana volvió al norte

por 14 febrero, 2021

La caravana volvió al norte
El gobierno de Chile ha dado por fin con el sortilegio. La caravana vuelve al norte y ya no descarga su furia contra los cuerpos de forma grosera y descarnada, sino que los reviste del blanco que purifica, inmuniza y limpia los pecados. Un blanqueamiento aparentemente desprovisto de violencia, pero que encierra el mismo desprecio e inhumanidad de la primera comitiva. Antes y después la tarea era y es hacer desaparecer. Ya no están, ni ayer ni hoy, ni allá ni aquí ni ahora. 138 menos. Fueron expulsados al más allá terrenal o fronterizo. No tienen nombres, son cuerpos que desaparecen en fosas clandestinas o camuflados en trajes que higienizan. No hay caras, historias ni derecho a apelación. Fueron/son un número que había que borrar. Ayer se llamó antipatriotas a quienes luchaban por un país más justo y digno; hoy se llama ilegales o delincuentes a quienes buscan una vida mejor, negándoles el derecho a hacer de este lugar en el mundo su patria y su hogar.
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Como si de un deja vú se tratase, esta semana asistimos al retorno de una caravana funesta a tierras norteñas. Aunque, siendo justos, habría que decir que se trató de una performance propia del siglo XXI, esto es, maquillada y edulcorada. Pese a esto, las reminiscencias con el pasado son inevitables. Encontramos rupturas y continuidades. Después de todo, nadie salta sobre su propia sombra ni inventa la rueda a estas alturas.

En efecto, lo que ayer fue una comitiva enviada por orden directa del general Pinochet., fue hoy una delegación mandatada directamente por el presidente Piñera. Si hace ya casi cincuenta años la caravana despegó desde el aeródromo de Tobalaba, en La Reina, esta vez lo hizo desde el grupo 10 de la Fach, en la comuna de Pudahuel.

Sus ocupantes ya no se trasladan en un helicóptero Puma. Los otrora temidos y poderosos Arellano Stark, Moren Brito, Espinoza, Fernández Larios, entre otros, fueron sustituidos por caras más amables como las de Delgado, ministro del Interior, o de Prokurica, responsable de Defensa. La excepción, hay que decirlo, la constituye el cada vez más duro entre los duros canciller Allamand.

Ya no visten trajes de combate ni bajan de la aeronave armados hasta los dientes, como en el pasado. Ahora se desplazan en un avión de la Fuerza Aérea y sus tenidas son una mezcla de civil y sport. Quienes llevan uniforme son los policías que custodian la frontera entre Colchane (Chile) y Pisiga (Bolivia). A ellos les toca el trabajo sucio. Hoy, tal como ayer, no serán los tripulantes de la caravana quienes se manchen las manos directamente en esta pasada.

Antaño la caravana saldó su paso por el norte con decenas de ejecutados, la mayor parte de ellos desaparecidos hasta hoy. La tarea en ese entonces era borrar, enterrar, ocultar. En 2021, en cambio, la caravana ya no fusila a quemarropa, no tortura, fractura ni esconde cuerpos en fosas comunes en pleno desierto. No. Lo de este periplo fueron las expulsiones aéreas (cualquier resonancia siniestra es mera ¿coincidencia?). Arellano Stark y los suyos llegaron al norte a agilizar los juicios contra los opositores a la recién implantada Junta Militar del ’73. Delgado y los suyos llegaron al norte para agilizar los procesos de expulsión, tal como tituló un canal de televisión la nota de esa jornada.

Lo que ayer fueron operativos amparados en la impunidad de la noche hoy son espectáculos a plena luz del día, televisados y retransmitidos por redes sociales en tiempo real. Transparencia ante todo. Fuera la opacidad de las dictaduras. Comunicacionalmente, al menos, hay que seguir haciendo que esto parezca una democracia y no un Estado policial. Y si antiguamente se combatía un inexistente Plan Z, hoy se pone sobre la mesa un Plan Colchane revestido de bonhomía y realismo acorde con los ‘tiempos mejores’.

La puesta en escena es digna de un análisis freudiano. Después de todo, estas reminiscencias de esos años requieren de un ejercicio de «deshollinamiento del alma», como dijera el maestro de la sospecha. Nuestros dolores («histerias») del presente son el reflejo de un padecimiento que se evoca una y mil veces, “cuyos síntomas son restos y símbolos miméticos de ciertas vivencias (traumáticas) [que…] todavía permanecen [permanecemos] adheridas a ellos”.

Los desterrados enfilan de uno en uno hacia el cadalso con su custodio a la izquierda. Esta vez, en sintonía con el contexto pandémico, han sido (re)vestidos con pétreos overoles blancos que parecen más propios de un operativo sanitario que político; vestimenta esterilizada en vez de atuendo para infractores de ley. ¿Qué necesidad hay de ello? La autoridad sanitaria y los expertos han repetido hasta el hartazgo que las medidas necesarias son el lavado frecuente de manos, el uso de alcohol gel y el distanciamiento social. ¿Dónde cabe el uso de tal indumentaria y a quién o a quiénes protege? ¿A los que los portan o a los que les vigilan? Si de verdad fuese una vestimenta recomendada como medida de protección ante el contagio del Covid-19, ¿no habría tenido más lógica que la llevaran los policías y no quienes dejarían este suelo? No puedo dejar de imaginar –cual acto fallido- el momento en que mientras un altavoz anuncia en la sala de embarque la entrega de los trajes protectores los policías se apresuran a coger los suyos. Y nuevamente la voz se alza para corregir el fallo. Porque no, no interesa proteger a los expulsados de ningún contagio (y ellos van de salida). Tampoco a los policías, que portan mascarillas y guantes quirúrgicos. El traje solo quiere mostrarlos como lo peligroso, las manzanas podridas, los contaminados. Ayer fue el cáncer marxista que debía ser extirpado; hoy es el virus de la inmigración (latinoamericana) que debe ser expulsado y eliminado del territorio nacional.

Como acertada y crudamente lo ilustra Pía Montalva, diseñadora e historiadora, la prolífica conjunción semántica entre vestimenta y política refleja todo menos inocencia o casualidad, pues la indumentaria, tal como la voz o la escritura, también habla. Es el «cuerpo-indumentaria» castigado, violentado, silenciado en su alteridad. Los cuerpos blanqueados por esos mamelucos indignos son así expulsados, ejectados, aunque no hacia el mundo de la vida -en sentido heideggeriano-, sino fuera de este, dado su carácter in-mundo por haber traspasado una cierta legalidad.

La finalidad sí es sanitaria, en definitiva. Y también política, cómo no. Pero quien quiera leer en este montaje escénico un acto de discriminación, falta de humanidad o de solidaridad entre pueblos se equivoca, dicen los delegados de la caravana 2.0. En ningún caso, claro que no, faltaba más. El propio delegado Delgado lo precisa: “Tenemos que actuar, no solamente para cuidar a Chile y a los chilenos sino también para cuidar a las personas que vienen engañadas desde el extranjero”. El espíritu caritativo de esta caravana no es sino la continuidad de aquella que le precedió, cuyo cometido -a juicio de Arellano Stark- “era que todos los procesados tuvieran la adecuada defensa […] En todas las unidades que visité, hice presente a los comandantes de unidades y personal de las mismas que no se hiciera abuso del poder que se ostentaba en esos momentos […] no di ninguna orden de fusilamiento y jamás lo habría hecho, ya que mi misión indicaba todo lo contrario”.

El propósito sanitario adopta la forma de una limpieza social. Se elimina de las fronteras nacionales a estos inmigrantes que han venido a invadirnos, a ensuciarnos, a morenizarnos con esas pieles que creemos más oscuras que las nuestras. Y ahí, como el mejor número de ilusionismo, los overoles impolutos blanquean estos (también nuestros) colores que siempre nos han incomodado y avergonzado tanto, en una especie de versión posmoderna de la negación freudiana. Ésta es total, al punto que los enviados en caravana rehúsan reunirse con el alcalde de la localidad, Javier García Choque, de origen aymara, a quien no podrían haber exigido el uso de tal envoltorio.

El gobierno de Chile ha dado por fin con el sortilegio. La caravana vuelve al norte y ya no descarga su furia contra los cuerpos de forma grosera y descarnada, sino que los reviste del blanco que purifica, inmuniza y limpia los pecados. Un blanqueamiento aparentemente desprovisto de violencia, pero que encierra el mismo desprecio e inhumanidad de la primera comitiva. Antes y después la tarea era y es hacer desaparecer. Ya no están, ni ayer ni hoy, ni allá ni aquí ni ahora. 138 menos. Fueron expulsados al más allá terrenal o fronterizo. No tienen nombres, son cuerpos que desaparecen en fosas clandestinas o camuflados en trajes que higienizan. No hay caras, historias ni derecho a apelación. Fueron/son un número que había que borrar. Ayer se llamó antipatriotas a quienes luchaban por un país más justo y digno; hoy se llama ilegales o delincuentes a quienes buscan una vida mejor, negándoles el derecho a hacer de este lugar en el mundo su patria y su hogar.

Las caravanas de la muerte siguen sobrevolando este cielo cada vez menos azulado y más moreteado por las manchas de sangre.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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