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La reconstrucción de Cristo

por 28 marzo, 2021

Las estructuraciones eclesiales cuando no sirven para humanizar, mejor que se desplomen. Si no se abren para encontrar a Cristo en las otras tradiciones religiosas y filosóficas, o no se dejan cuestionar por los ateos que ven en ellas una institución estatal más, estorban. Una nueva Iglesia, en vez de excluir, tendría que poder bendecir todo lo que se mueva, a los queer ciertamente, pero no los tanques.
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¿Cómo celebrarán los cristianos la Semana Santa? Será difícil hacerlo no sólo por la pandemia. La reconstitución de la Iglesia es el asunto que urge. El cristianismo católico está por los suelos por varias razones. Unos fieles han dicho “Cristo sí, la Iglesia no”, y se han ido. Otros lo están pensando. Otros, en fin, no aflojan ni aflorarán.

“Cristo sí, la Iglesia no”. Conviene revisar esta expresión. Es preciso hacerlo. Cristo y la Iglesia no son lo mismo, pero desde un punto de vista histórico lo que sabemos de Cristo es aquello que la Iglesia experimentó y contó acerca de él.  Los cuatro evangelios, prácticamente las únicas fuentes para conocer a Jesús, son cartas diversas, distintas, de evangelistas y comunidades diferentes. Son las huellas digitales de Jesús. Las primeras comunidades cristianas tuvieron una experiencia de Cristo que las transformó a tal grado que, para explicar a otros lo que les había sucedido, escribieron los libros de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

A la vez, en virtud del mismo Cristo que asoma en estos textos, es que hoy la Iglesia juzga a la Iglesia. Esta suele traicionar a Jesús y a su proyecto mesiánico. La paradoja mayor es que Cristo ha querido amar a la humanidad a través una comunidad lábil, falible y, a veces, francamente inhumana. El caso es que los cristianos, no sólo sus autoridades, para pararse del suelo, tendrían que reconstruir a Cristo, regenerándose en él y escribiendo nuevos evangelios.

¿Cómo hacerlo cuando parece que de la Iglesia sólo quedan palos quemados y humo? Algo termina. Algo habría de poder recuperarse para empezar de nuevo. Espero que se haya agotado la versión clerical de la Iglesia que dio lo que más pudo hasta que las maderas comenzaron a apolillarse. Los restos, las brasas todavía vivas, son los cristianos comunes y corrientes que, sin creerse superiores a nadie, sabiéndose incluso peores que muchos, recuerdan al Jesús que los perdona. Al nazareno que se hinca, como samaritano, para recoger al prójimo botado a la vera del camino.

En otras palabras, espero que la reconstrucción de la Iglesia no pase más por la sacralidad de la persona del sacerdote. Esta ha sido la causa de relaciones infantiles entre los pastores y los demás bautizados y bautizadas, además del factor estructural que ha facilitado la comisión de los abusos que tanto se lamentan. No es deseable que se reconstituya una institucionalidad jerárquica e impasible a los sufrimientos de los contemporáneos. Sí, en cambio, que surja otra organización eclesial, una que exponga a los sacerdotes a entrar en relaciones adultas con la gente de la época, una en que los católicos se sientan como dueños de casa en su Iglesia y no como visitas. Una Iglesia así, por solo ser así, anunciará a la humanidad que Jesús fue profundamente humano.

Porque en suma, al final del día, sólo es necesaria una Iglesia que conjugue la humanidad de Cristo con su humanidad. Esto es fundamental. Las estructuraciones eclesiales cuando no sirven para humanizar, mejor que se desplomen. Si no se abren para encontrar a Cristo en las otras tradiciones religiosas y filosóficas, o no se dejan cuestionar por los ateos que ven en ellas una institución estatal más, estorban. Deseo que lo que esté regenerándose sean cristianos que recojan  los fierros que quedan, los fundan, y paren capillas abiertas, comunidades amigas de cualquiera, cercanas, simpáticas y jugadas por los demás. Una nueva Iglesia, en vez de excluir, tendría que poder bendecir todo lo que se mueva, a los queer ciertamente, pero no los tanques.

No importa tanto que en tiempos de pandemia los cristianos no puedan comulgar en la misa. Importa mucho más que multipliquen los panes con los hambrientos y que estos coman primero. Es de esperar que esta Semana Santa el recuerdo del arraigo de Cristo en lo más hondo de la historia haga que los cristianos se partan y repartan para alegrarle la vida a los que lloran. Si lo hacen, mucha gente sabrá en qué consisten las bienaventuranzas. La reconstrucción de la Iglesia depende de la reconstrucción de Cristo.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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