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OPINIÓN

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Sobreoferta de independientes y partidos taxi: ¿cómo superar la crisis de nuestro sistema político?

por 25 agosto, 2021

Sobreoferta de independientes y partidos taxi: ¿cómo superar la crisis de nuestro sistema político?

Crédito: Aton

Requerimos reinstitucionalizar la política, dotarla de mayor vigorosidad y significancia en nuestras vidas, donde los ciudadanos puedan evidenciar que su voto es trascendente y tiene consecuencias en su cotidianidad. Pero nuestra crisis estructural también se supera con colectividades, viejas y nuevas, que, más allá de sus discursos rimbombantes –y a veces eufóricos–, expliciten medidas no solo económicas, ambientales, de género o de derechos sociales, sino que también se hagan cargo de que la actividad política, y los partidos en los que participan, requieren urgentemente una reforma profunda. Si no, el(la) próximo(a) Presidente(a) corre el serio riesgo de ser una golondrina que no haga verano. En ese dilema estamos.
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Esos partidos frescos de centroizquierda, con miles de militantes y organizaciones activas, con mucho debate, típico de fines de los 80, fueron, a lo largo de la transición, burocratizándose y oligarquizándose en un fenómeno que ha sido descrito por diversos cientistas. Se llegó a tal punto que, durante la administración Bachelet 1, dichas agrupaciones eran, en la práctica, sus presidentes, que se reunían cada semana con el Gobierno y cuyos críticos comenzamos a llamar la “junta”, por lo autocrático del proceso de toma de decisiones. Camilo Escalona y el PS fueron su emblema y blasón.

Un partido fragmentado hasta la saciedad desde el golpe en adelante –recuerdo que por allá por 1985-1986 son más de una veintena de fracciones, reales e imaginarias, las que se disputan el timbre de Allende–, pero a cuyos dirigentes el triunfo presidencial de 1989 los convenció para firmar su unidad casi al final de diciembre de ese año, pues el regreso a responsabilidades gubernamentales –y junto con ello “la repartija de cargos” de individuos que estuvieron al margen de cualquier prebenda fiscal– permitía disipar cualquier discrepancia teórica sobre lo conveniente o no del acuerdo.

Un PS que, al igual que el PDC, el naciente y sorprendente PPD, así como las dos nuevas agrupaciones de derecha –Renovación Nacional (RN) y la Unión Demócrata Independiente (UDI), que reemplazaban al Partido Nacional (PN), que había cumplido su ciclo histórico–, ofrecía a inicios de los 90 mucho debate interno, con presencia nacional y mucha representación social y sindical que fue mutando a una organización burocratizada que vive en función de los cargos de Gobierno.

De este modo, se culminó con un partido, y una coalición en Bachelet 2, configurando una nueva "burguesía fiscal", a la que le encanta vivir a costa del presupuesto estatal y cuyos estertores los está viviendo hoy, con un exvicepresidente formalizado, preso y con probables vínculos con el narcotráfico, y una candidata que ni siquiera alcanzó los votos de los militantes inscritos, teniendo como fondo una dirigencia a la que solo le interesa administrar lo que va quedando, mientras continúa girando a costa de su historia.

De este fenómeno no han estado exentas las colectividades del duopolio a uno y otro lado: más que renovación, sus viejas dirigencias se dedicaron a “cooptar” líderes nuevos, pero que quedaron sometidos a la lógica de la transición  de la política en “la medida de lo posible” y no se atrevieron a romper con el statu quo, cuya expresión gráfica fue “la política de los acuerdos” que cansó a millones de chilenos que veían cómo siempre, al final, las políticas públicas seguían bajo la ley del embudo: el cono ancho para los empresarios y el menor para la gente.

Los hechos de 2013-2014 ponen en evidencia la cooptación casi total del sistema político por parte del gran empresariado, cuyo icono es SQM y el financiamiento transversal, y luego el actuar del SII y del Fiscal Nacional y parte del Ministerio Público nos convencen de que estamos atrapados y sin salida.

Eso hizo posible la irrupción de nuevos liderazgos políticos, muchos de ellos provenientes, primero, del mundo estudiantil, luego del social y, por último, de la propia calle, en particular a partir del 18/O.

Nacieron colectividades nuevas como Revolución Democrática (RD) o Izquierda Autónoma (IA), entre las primeras que alcanzaron renombre nacional, hasta luego fragmentarse y multiplicarse en un sinnúmero de agrupaciones, en lo que Libio Pérez a inicios de los 90 llamó, en Pagina Abierta, “los partidos taxi”, pues en el coche caben todos sus dirigentes y militantes. Se trata de grupos a los que ya es difícil seguirles la pista, salvo que, grosso modo, tienen domicilio en lo que se llama el Frente Amplio (FA) y hoy, más que una solución al problema, se han transformado en parte de él. A este fenómeno se ha sumado en este último tiempo la proliferación de independientes, cuyo corolario ha sido, recientemente, la Lista del Pueblo y el espectáculo ofrecido durante las dos últimas semanas.

Así como una parte del electorado que, en un sistema de “inscripción automática, voto voluntario”, cuando sufraga lo hace por pura emotividad y vota por el primero de la lista, aunque sin saber ni siquiera de quién se trata. O como otro conocido que, en gobernadores, junto con su pareja, sufragó de la siguiente manera: “Lo conozco, lo conozco, lo conozco, este también, y este último no. Por él voto entonces”, arrepintiéndose al día siguiente.

Se suma a ello lo sucedido con la consulta de Unidad Constituyente, que primero tenía candidaturas que subían y bajaban como si estuvieran en una montaña rusa –Rincón, Insulza, Elizalde, Muñoz, por ejemplo–, la aparición luego de otras que entraron por secretaría –Narváez y Provoste–, que deciden realizar una consulta (en medio de la tormenta) que no solo fue un fracaso sino que también llevó a la vieja coalición de centroizquierda a la irrelevancia.

También contribuye Chile Vamos –hoy Chile Podemos +, cuya falta de ideas y contenidos la han transformado en un mero eslogan publicitario–, una coalición desarticulada, con un aspirante que es pura espuma –el símil de la Lista del Pueblo pero en el voto oficialista–. Todo esto son buenas fotografías de cómo está destruida nuestra esfera pública y nuestro sistema de partidos en este fin de ciclo.

Por cierto, la proliferación de aspirantes a La Moneda (nueve), donde abundan los outsiders, independientes o partidos taxi (Artés, ME-O, Kast, Lorenzini, Parisi, Ancalao), seis de nueve –y sin contar a los cerca de treinta que no alcanzaron los patrocinios necesarios–, hacen preguntarse cuál es la real motivación que los inspira para una aventura donde varios de ellos, como ya ha sucedido, finalmente logran menos votos que los patrocinios que permitieron su postulación.

Por cierto, los partidos tradicionales (y sus dirigentes) que hicieron caso omiso a las advertencias que los electores venían emitiendo desde 1997, lo tienen bien merecido, aunque el caudillismo y el individualismo actuales –la política plagada de puros proyectos personales– tampoco han resultado ser la solución a esa crisis. Muy por el contrario, los hechos de las últimas semanas han evidenciado que son más bien parte del problema. Afortunadamente, pese a la proliferación de caudillos con cierto éxito electoral desde 2009 en adelante, aún no triunfan. Es tiempo de pararlos.

Claves para salir de la crisis: reinstitucionalizar la política y el papel de la centroizquierda

Requerimos reinstitucionalizar la política, dotarla de mayor vigorosidad y significancia en nuestras vidas, donde los ciudadanos puedan evidenciar que su voto es trascendente y tiene consecuencias en su cotidianidad. Se requiere una revalorización social de la política, aunque la primera responsabilidad para ello es de sus propios protagonistas. Actividad banalizada desde la dictadura con la ironía de “los señores políticos”, por la derecha luego (“el cosismo” y aquello de que “cambiar la Constitución no le importa a la gente”), para concluir como sector (y con Sichel) bebiendo de su propia medicina.

Si uno revisa los programas de todos(as) los(as) candidatos(as) a La Moneda de ese mundo, no se observa ninguna referencia relevante a cómo mejorarán la calidad de sus propios colectivos políticos, el reclutamiento y preparación de sus militantes que luego ocuparán cargos en el Estado y que, hasta ahora, transversalmente, dejan mucho que desear. Tampoco, si habrá una profunda reforma al Servel, que no solo termine con el cuoteo en su composición, sino que, además, le coloque dientes a un león que no los tiene, para ponerle atajo a la proliferación de candidaturas independientes, a todo nivel, símbolo del triunfo neoliberal.

Si miramos nuestra historia y observamos cómo se han superado las crisis de nuestro sistema político, podemos evidenciar que, en ese proceso, ha resultado clave el rol transformador, aglutinador e intérprete de los nuevos fenómenos, el mundo reformador de centro y de izquierda en el siglo XIX, y el rol de laicización que desempeñó el Partido Radical (PR), así como el breve Partido Demócrata, educando, creando mancomunales, sindicatos, y generando cohesión y solidaridad obrera, interpretando a un incipiente proletariado, situación que se reafirmó luego en el siglo XX, con la irrupción del Partido Comunista de Chile (PC), así como con el PS, que junto al PR y con el Frente Popular iniciaron no solo un nuevo ciclo político, sino también el surgimiento de un nuevo ideario que graficó bien la Constitución de 1925: el estado desarrollista, protector y con un rol clave en la tarea educativa que se extendió, más o menos, hasta 1973.

La irrupción del PDC en 1957, como fuerza de cambio moderada, resultó ser también un aliciente para los procesos de transformación que se inocularon desde 1960 en adelante, como la chilenización del cobre, la reforma agraria, la expansión de la vivienda, la promoción popular y una reforma educativa contundente, proceso que, visto en perspectiva histórica, tal como en su momento lo señaló Radomiro Tomic, continuó el Gobierno de Salvador Allende, pero que los militares, la oligarquía local y una derecha que desde 1965 se había venido radicalizando más, frustraron, dando inicio a la dictadura cívico-militar, punto de partida de nuestra contemporaneidad y que, nuevamente, una fuerza en origen de centroizquierda, la Concertación, superó.

Sin embargo, se acomodó, no eliminó los mecanismos que permiten y fomentan la desigualdad, origen del actual malestar ciudadano que nos llevó hasta aquí, para cuya superación, ni esos partidos tradicionales como tampoco las agrupaciones nuevas –el FA y la Lista del Pueblo–, además muy fragmentadas, tienen respuestas estructurales que ofrecer a una ciudadanía –más allá de los eslóganes tipo coca-cola– cada vez más angustiada con un sistema económico que la agobia y un orden político que no logra resolver la crisis y con una derecha que evidencia ciertos atisbos de renovación similar a la de 1965.

El mundo de centro y de izquierda ha sido clave en nuestra historia en resignificar las demandas ciudadanas y tiene hoy, más allá de su dispersión y proliferación de caudillos, una responsabilidad en contribuir a superar imaginativamente esta crisis y dar respuesta a una ciudadanía agobiada.

Epílogo: una centroizquierda que debe reinventarse completamente

Si uno revisa los programas de todos(as) los(as) candidatos(as) a La Moneda de ese mundo, no se observa ninguna referencia relevante a cómo mejorarán la calidad de sus propios colectivos políticos, el reclutamiento y preparación de sus militantes que luego ocuparán cargos en el Estado y que, hasta ahora, transversalmente, dejan mucho que desear. Tampoco, si habrá una profunda reforma al Servel, que no solo termine con el cuoteo en su composición, sino que, además, le coloque dientes a un león que no los tiene, para ponerle atajo a la proliferación de candidaturas independientes, a todo nivel, símbolo del triunfo neoliberal y que no solo complica a los votantes, sino que, a estas alturas, dada la evidencia observada, se ha transformado también, para algunos(as), en una forma de ganarse la vida, donde urge a rebajar a la mitad el aporte privado y también público a las campañas. Tampoco señalan cómo mejorarán la calidad de sus propias colectividades, llenas de escándalos donde muchas veces esos aspirantes presidenciales, o miran para el lado o, cuando no, defienden lo indefendible. Ni hablar de la Lista del Pueblo, revelada hoy como más de lo mismo.

Nuestra crisis estructural también se supera con colectividades, viejas y nuevas, que, más allá de sus discursos rimbombantes –y a veces eufóricos–, expliciten medidas no solo económicas, ambientales, de género o de derechos sociales, sino que también se hagan cargo de que la actividad política, y los partidos en los que participan, requieren urgentemente una reforma profunda. Si no, el(la) próximo(a) Presidente(a) corre el serio riesgo de ser una golondrina que no haga verano. En ese dilema estamos.

 

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