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Chile y su entorno vecinal, un tema casi al margen en los programas presidenciales

por 18 octubre, 2021

Chile y su entorno vecinal, un tema casi al margen en los programas presidenciales

Crédito: Aton

La prioridad que deben tener nuestras relaciones vecinales –indispensable en su proyección en materia de estabilidad y paz– se ha visto acompañada de un escaso interés por parte de la comunidad de internacionalistas, del mundo académico y las elites políticas. Podemos decir que hoy en día tenemos más expertos en el Brexit que en cualquier país vecino. O en algunos casos se ha pretendido reducir la política exterior a las relaciones comerciales. Y esta es una característica casi transversal. En este sentido, citemos, por ejemplo, el tiempo y espacio que los programas presidenciales otorgan a las relaciones vecinales. El aislamiento es dañino, la autorreferencia es mala en la política, en las relaciones sociales y, por cierto, en la diplomacia. 
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Las relaciones vecinales son, sin lugar a dudas, el principal desafío de la diplomacia chilena. Desde el nacimiento como nación, las relaciones con los países vecinos han constituido un capítulo prioritario de nuestro interés nacional.

Recordemos que ese momento constitutivo del Estado chileno estuvo marcado por la sólida alianza anticolonialista que animaba a nuestros libertadores. Ello selló una férrea convergencia estratégica a ambos lados de la cordillera que, posteriormente, se expresó en la Expedición Libertadora del Perú, bastión sudamericano del colonialismo por esos días.

Paradójicamente, esta prioridad de nuestras relaciones vecinales –indispensable en su proyección en materia de estabilidad y paz– se ha visto acompañada de un escaso interés por parte de la comunidad de internacionalistas, del mundo académico y las elites políticas. A modo de ejemplo, podemos decir que hoy en día tenemos más expertos en el Brexit que en cualquier país vecino. O en algunos casos se ha pretendido reducir la política exterior a las relaciones comerciales. Y esta es una característica casi transversal. En tal sentido, citemos, por ejemplo, el tiempo y espacio que los programas presidenciales otorgan a las relaciones vecinales.

Todo esto continúa ocurriendo en momentos en que las relaciones internacionales alcanzan un fuerte impacto tanto en la estrategia de desarrollo como en la vida cotidiana del país. Ha crecido el interés por la agenda internacional, mas la paradoja continúa.

Tenemos expertos en casi todos los temas de la agenda global (medio ambiente, inclusión, comercio, transporte, océanos, derechos humanos, etc.), pero muy pocos especialistas en los temas vecinales (y latinoamericanos en general). Que haya crecido el interés por las relaciones internacionales es muy positivo y se corresponde con la apertura al mundo que acarreó el retorno a la democracia. Eso está muy bien. Y se refleja en los logros que hoy podemos observar en nuestra inserción internacional. Tenemos excelentes relaciones con Europa. Lo mismo con Norteamérica, tanto la sajona como la latina. Qué decir de nuestros vínculos con el mundo del Asia Pacífico. Agreguemos los países de Oceanía. Todos ellos son buenos amigos, con los cuales mantenemos cordiales y fructíferas relaciones.

Pero nuestras carreteras nunca van a entroncar con las europeas. Nuestros tendidos eléctricos y nuestros ductos de energía jamás se van a enlazar con los canadienses o los americanos. Las decisiones en materia de seguridad de los holandeses, o de los australianos, no tienen un impacto directo en nuestra seguridad. Podemos tener espectaculares relaciones culturales con cualquier potencia, pero, si no estamos en el radar de sus prioridades, poco influirá en nuestro potencial.

Las relaciones vecinales tienen un inevitable sesgo geográfico, físico, concreto. Real. Lo vemos hoy en día en la problemática de la inmigración, que ningún país puede resolver solo, requiere cooperación multilateral y vecinal.  Qué decir del delito organizado, como el contrabando y el narcotráfico. En positivo, destaquemos las enormes y recíprocas ventajas de poseer una red de infraestructura física, energética y tecnológica con nuestros vecinos. Misma que nos facilite la conexión con el macizo continental. Por cierto, el realismo implica asumir también los desafíos, las dificultades, precisamente para resolverlas o manejarlas; el negarlas o barrerlas debajo de la alfombra no sirve a nadie.

Es necesario que los proyectos de país asuman que no estamos solos y, por tanto, sigamos abriendo las ventanas de Chile al mundo, para que nuestra juventud crezca asumiendo que pertenece a una civilización planetaria donde existe una amplia diversidad. Una de las principales puertas de entrada al mundo se encuentra en nuestro ámbito vecinal. El aislamiento es dañino, la autorreferencia es mala en la política, en las relaciones sociales y, por cierto, en la diplomacia. La geografía no puede eludirse, como pretendían los estrategos del pinochetismo al proclamar que Chile “era una buena casa en un mal barrio”. En definitiva, una excelente tesis para aislarnos.

En el presente siglo, para no hacer historia larga, pese a los discursos del idealismo utópico, así como hemos intensificado el relacionamiento con nuestros vecinos, también hemos vivido momentos de roces y dificultades. En especial destacan los continuos cuestionamientos a nuestra integridad territorial, camino en el que Chile ya suma dos demandas ante la Corte Internacional. No es lo mejor un horizonte de una demanda en cada década. Eso limita las potencialidades de una buena vecindad, indispensable para que cada uno de nuestros países disfrute de la necesaria estabilidad que requiere para su desenvolvimiento. Ningún país se desarrolla en un entorno inestable.

Por cierto, la inestabilidad no siempre se origina en temas bilaterales o internacionales, la mayor parte de las veces tiene origen en desequilibrios internos. Desde allí se proyecta. En esto la responsabilidad de todos, empezando por nosotros mismos, es la de ordenar la casa, y desplegar la mejor de las vecindades, fundada en el respeto a los tratados y a la autodeterminación de cada país. Por cierto, no basta con ordenar la casa, también hay que ayudar a los esfuerzos de los vecinos por construir su propia estabilidad, como lo hicimos en Minustah y en la negociación de paz en Colombia. Diplomacia activa y realista, que combina apoyar los esfuerzos de diálogo y participar en Operaciones de Paz cuando se nos requiera.

Por el contrario, sabemos lo negativo que es ideologizar y politizar la diplomacia, como lo hizo la actual administración en Cúcuta y en Prosur, con manifiestos intereses domésticos. Los resultados los conocemos. También es igualmente negativo asumir un idealismo utópico que niega la existencia de dificultades, versión según la cual Sudamérica sería una suerte de confederación de cantones suizos, una zona dominada por la cooperación y la estabilidad. Es peligroso confundir la realidad con los deseos, y peor aún, enamorarse de las ideas. Toda planificación, para ser exitosa, debe basarse en un riguroso diagnóstico de la realidad realmente existente.

Por cierto, una diplomacia rigurosa también debe asumir las lecciones aprendidas y, al respecto, Chile, como Estado, no ha realizado una lectura nacional del episodio de las llamadas “cuerdas paralelas” en el litigio con el Perú, donde predominó el interés económico por sobre las consideraciones de nuestra soberanía y se afectó nuestro Interés Nacional. Asimismo, tampoco hemos hecho similar ejercicio de evaluación respecto a la amplia unidad nacional que sentó las bases de la estrategia que guió nuestra exitosa defensa ante la demanda marítima que Evo Morales presentó ante la Corte Internacional.

En momentos en que el país enfrenta una renovación de sus autoridades, simultánea a la discusión del nuevo pacto social que debe institucionalizar la nueva Constitución, abrir un diálogo sobre nuestra inserción en nuestro barrio es útil y necesario. Empezando por el entorno vecinal. Por cierto, asumiendo que cualquier decisión que se adopte, para su éxito, debe de ser lo más nacional posible, lo más transversal, que represente el interés del país por sobre el de cualquier sector. Asumiendo también que, como toda política de Estado, requiere de continuidad en el tiempo, dado que sus frutos son a largo plazo, y que requiere incluso de factores subjetivos, como lo es la construcción de confianza mutua. Por supuesto, el punto de partida ha de ser la protección de todos los chilenos, de todo nuestro territorio y la preservación de nuestra soberanía, principios que han de guiar siempre nuestra diplomacia y nuestra defensa.

Es necesario que los proyectos de país asuman que no estamos solos y, por tanto, sigamos abriendo las ventanas de Chile al mundo, para que nuestra juventud crezca asumiendo que pertenece a una civilización planetaria donde existe una amplia diversidad. Una de las principales puertas de entrada al mundo se encuentra en nuestro ámbito vecinal. El aislamiento es dañino, la autorreferencia es mala en la política, en las relaciones sociales y, por cierto, en la diplomacia. La geografía no puede eludirse, como pretendían los estrategos del pinochetismo al proclamar que Chile “era una buena casa en un mal barrio”. En definitiva, una excelente tesis para aislarnos.

Asumir con realismo el mundo en que nos desenvolveremos es indispensable para construir un entorno de paz, amistad y cooperación con todos aquellos que compartan estos principios. Así lo pensaron los libertadores, y sobre esos principios construyeron nuestra independencia.

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