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¿Peligro de descarrilamiento? Más allá del apruebo o del rechazo

por 31 julio, 2022

¿Peligro de descarrilamiento? Más allá del apruebo o del rechazo
En un terreno sinuoso, con partidos políticos jibarizados y una sociedad civil de rasgos anárquicos y antagónicos, aflora el tema tabú y extremadamente sensible de las Fuerzas Armadas, que muchos optan por evadir. Constituye una incógnita la percepción que puedan poseer de escenarios como los de estas elucubraciones, no obstante, parecieran estar, tanto por apego a sus restricciones constitucionales y legales como por experiencias traumáticas del pasado, en un estado de reticencia sino de rechazo a involucrarse en el ámbito ciudadano. Ello no descarta graves e intimidantes riesgos si a lo largo de procesos y avatares impensados, que horaden los carriles por los que transita el país, se arribe a un punto de inflexión en que la institucionalidad democrática termine por desmoronarse ante la violencia y la inseguridad, compeliéndolas a actuar -directa o indirectamente- y en que, producto de sus trágicas experiencias lo ejecuten sin unidad en la visión de los objetivos y las alianzas que les procuren comprensión en el juzgamiento que de ellas haría la opinión pública nacional e internacional, restablecidos el orden y la seguridad. 
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Mientras los trenes transitan por dos rieles, los países -y por cierto el nuestro- se deslizan por innumerables carriles.

¿Existe peligro de descarrilamiento?

Al aventurarnos en esta interrogante nos exponemos a ser mal interpretados, pero la única forma de enfrentar peligros en la vía es anticiparse a ellos y analizar si es factible evitarlos.

Los principales carriles por los cuales escurre el país en los tiempos actuales son un gobierno, a cargo del volante, con escasa experiencia, ambiguo en la conducción, en que el tren que dirige parece sin rumbo ni destino claros. Por otros carriles un proceso constitucional tambaleante en que un plebiscito, independientemente de su resultado, apruebo o rechazo, pareciera no dejar a nadie con certezas acerca de sus proyecciones y consecuencias, augurio de fuertes turbulencias. Por otros carriles transitan la situación internacional y la crítica estabilidad económica con sus variables internas y externas y, por otro, la siempre enigmática madre tierra y nuestra vulnerabilidad ante una naturaleza que puede desestabilizarnos intempestivamente en cualquier momento.

El país puede administrar los primeros de esos carriles o, al menos, procurar administrarlos dentro del marco de la institucionalidad democrática, fundada en un contrato social destinado a balancear mayorías y minorías a base del diálogo y acuerdos y, aunque cada vez más ásperos y tensos a causa de la polarización y descalificaciones, la experiencia ha mostrado hasta ahora que, al final, terminan por imponerse criterios mínimos sin desbordar aquella institucionalidad. La clase política, salvo excepciones, está en estos días concentrada casi exclusivamente en estos carriles, sin proyectarse con claridad al mediano y largo plazo.

Existe otro carril, que debe observarse más allá del corto plazo, que se está escapando -si es que ya no se escapó- del control y la supervisión de aquella institucionalidad democrática. Nos referimos a la irrupción de la violencia en todas sus formas y al desplome del orden público y del principio de autoridad, ante una criminalidad generalizada, el narcotráfico, terrorismo, femicidios, sicariato, portonazos, encerronas, secuestros, destrucciones, atentados, desbordes en la Araucanía y zonas colaterales, sumado a abominables redes criminales internacionales, que han generado sentimientos de inseguridad, impunidad, temor, abandono e indefensión en la ciudadanía. En este carril son ingenuos el diálogo y los acuerdos democráticos.

El país debería desde ya concentrar sus esfuerzos en analizar los eventuales riesgos descritos, a fin de evitarlos y/o afrontarlos, pues más vale prevenir que curar.

No es necesario recurrir a la pirámide de Abraham Maslow, para tener presente que entre las necesidades más esenciales, básicas o elementales, del ser humano se encuentran la seguridad y la protección. Sabemos que son necesidades esenciales o básicas aquellas que al no satisfacerse generan un trastorno en la persona, de carácter fisiológico como sería el hambre, emocional como sería el fallecimiento de un hijo, espiritual, como lo son las crisis de fe; todas ellas trastocan a la persona. En el caso de la inseguridad, cuando se generaliza, no sólo desestabiliza a la persona, sino que a toda la sociedad. En alguna forma lo desliza Erich Fromm en su obra “El Miedo a la Libertad”. Siendo la necesidad de libertad igualmente de jerarquía esencial en la pirámide de Maslow, pues es fundamental en la autorealización humana, los pueblos, abrumados por la inseguridad, física, psíquica o económica, suelen ceder su libertad a autoritarismos, dictaduras y hasta tiranías a cambio de seguridad y protección.

Sabemos que en estos escenarios surgen caudillos populistas de cualquier signo, izquierda, derecha, nacionalistas, incluso de trazos indefinidos y cambiantes como ha sido el caso de Duterte en Filipinas. No obstante, un requisito para que logre erigirse un caudillo populista es la confianza o inconsciencia de la ciudadanía en que sea artífice de seguridad y protección. Desplomada la confianza en Chile en todos los ámbitos en que nadie confía en nadie se hace, por fortuna, prácticamente imposible el surgimiento de un caudillo en quien la ciudadanía crea; amén de que en Chile no se ha perdido totalmente la conciencia. Los traumas de nuestras últimas décadas han de servir de muro de contención ante aquellos riesgos, pero nada es inevitable e inimaginable de no adoptarse las prevenciones necesarias, concretamente que la institucionalidad sea capaz de enfrentarlos.



Si a través del tiempo -más allá de los avatares del presente-, la violencia y la inseguridad -física, psíquica o económica-, en cualquiera de sus formas, terminan por empujar al descarrilamiento, sin que la institucionalidad democrática logre sostener al país en sus rieles, surgirá un perturbador enigma: ¿Soportará indefinida e inmunemente el país un clima de zozobra y ansiedad que destruya la normal y sana convivencia?

En un terreno sinuoso, con partidos políticos jibarizados y una sociedad civil de rasgos anárquicos y antagónicos, aflora el tema tabú, y extremadamente sensible de las Fuerzas Armadas, que muchos optan por evadir. Constituye una incógnita la percepción que puedan poseer de escenarios como los de estas elucubraciones, no obstante, parecieran estar, tanto por apego a sus restricciones constitucionales y legales como por experiencias traumáticas del pasado, en un estado de reticencia, sino de rechazo a involucrarse en el ámbito ciudadano. Ello no descarta graves e intimidantes riesgos si a lo largo de procesos y avatares impensados, que horaden los carriles por los que transita el país, se arribe a un punto de inflexión en que la institucionalidad democrática termine por desmoronarse ante la violencia y la inseguridad, compeliéndolas a actuar -directa o indirectamente- y en que, producto de sus trágicas experiencias lo ejecuten sin unidad en la visión de los objetivos y las alianzas que les procuren comprensión en el juzgamiento que de ellas haría la opinión pública nacional e internacional, restablecidos el orden y la seguridad.

El país debería, desde ya, concentrar sus esfuerzos en analizar los eventuales riesgos descritos, a fin de evitarlos y/o afrontarlos, pues más vale prevenir que curar.

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