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Metaverso: oportunidades y amenazas Opinión

Metaverso: oportunidades y amenazas

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Rodrigo González Guerra
Por : Rodrigo González Guerra Arquitecto, Ceo de Minverso.
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Hoy en día la palabra metaverso es más frecuente en nuestras conversaciones y mañana lo será más. La tecnología que revoluciona el uso de internet, y que permite una inmersión interactiva en tiempo real, llega para quedarse y cambiar la forma de relacionarnos. Siendo evidente su impacto en la población, su utilización dependerá de qué tan fuertes sean las democracias para permitir que las personas disfruten de lo digital. Y es que tal es la coincidencia entre lo físico y lo virtual, que nuestras mentes componen una unicidad entre ambas realidades sin distinción, por ello es algo más que un juego, constituye una instancia de vida.

El origen de la palabra metaverso se lo debemos a Neal Stephenson, escritor estadounidense que la utilizó por primera vez en su novela Snow Crash (1992), y que ahora ya es un hecho. Efectivamente, el metaverso –la tecnología que permite el relacionamiento en espacios 3D– llevaba varios años desarrollándose, especialmente en el mundo del videojuego y la entretención, pero se estrenó oficialmente el 2021 por la gigante de las redes sociales Meta (lo que antes era Facebook). A través de un dispositivo similar a unos anteojos y unos comandos en las manos, cual joystick, es posible acceder a cualquier lugar imaginado, esta vez diseñados y que permiten una experiencia inmersiva donde las personas son parte del paisaje virtual a través de un avatar, o sea, la expresión digital de nuestras identidades.

Las grandes industrias han puesto su interés en esta tecnología, ya existiendo casos exitosos de su uso en rubros como los videojuegos, la moda y la medicina. De hecho, tomó menos de un año para que el tamaño del mercado se avaluara, citando un informe de Bloomberg, en US$ 27,21 mil millones, estimando un crecimiento que alcance los US$ 824,53 mil millones para el 2030, fecha en la que se proyecta que signifique un 5% del PIB en América Latina, lo que ofrece importantes oportunidades y desafíos para Chile y la región.

Una oportunidad, aunque a veces relegada, es la capacidad local de desarrollo. El lenguaje metaversal descansa en la capacidad creativa de las personas, de modo que su innovación está disponible para cualquiera de ellas, incluso sean parte de entes públicos o privados. Es decir, tanto la creación como el desarrollo del metaverso encuentra tierra fértil en Latinoamérica, básicamente, pues en este momento depende del ingenio humano. Esto abre campos de nuevas economías y servicios; de fuentes de trabajo en áreas hasta el momento inexploradas; y, ciertamente, de formación académica que vaya consolidando esta nueva herramienta digital en un conocimiento estable.

Luego, la aplicación propia del metaverso en distintas prácticas humanas, aunque sean las más cotidianas, libera de carga y tiempo. Desde realizar clases universitarias en aulas virtuales con estudiantes desde todo Chile a operar una maquinaria en un rajo minero como si se estuviese allí, son usos posibles. Próximamente, podremos asistir a conciertos masivos, visitar familiares y sostener reuniones en cualquier parte del mundo, transportando nuestros avatares de un lado a otro, sin obstáculos físicos.

Ahora bien, toda tecnología trae consigo riesgos. Un simple lápiz se puede convertir en un arma en vez de ser utilizado para escribir un poema. De allí que sea necesario evitar importar los problemas de la vida física a la vida virtual. Y es que debemos avanzar en una gobernanza de lo virtual, así como gobernamos lo que está a nuestro alcance en el plano físico, con tal de evitar los prejuicios y desigualdades que arrastramos como sociedad. Y aquí hay dos grandes desafíos: regular la producción del metaverso y la convivencia de los avatares.

En efecto, a diferencia del internet, cuya aparición fue el cúmulo de distintos esfuerzos de entidades públicas y privadas, el metaverso surge del seno de grandes imperios digitales que, potencialmente, concentrarán un poder basado –dicho sea de paso– en las realidades que puedan crear. El alcance de este dominio debe estar contrarrestado por la agencia pública que regule tanto la producción de estos espacios, así como su acceso, resguardando de esta manera las posibilidades de uso.

Es a propósito de estos mundos y espacios virtuales que la regulación de las relaciones entre avatares también es un desafío. Sin duda que el territorio metaversiano debe albergar las garantías y libertades que la humanidad ha alcanzado, e, incluso, como refugio de grupos desaventajados que carecen de espacios en los que desplegar sus mundos sin el ataque de otro. El efecto horizontal de los derechos humanos incluye los espacios metaversales, de modo que estos mundos serán, de algún modo, espejo del estadio democrático de los países y los derechos que se consagren en ellos. Sin embargo, será necesario integrar regulaciones acordes a esta nueva realidad que se avecina, que permita contener la identidad humana reforzada de su identidad digital, sin que sean una amenaza entre sí.

Ya no seremos lectores de historias de ciencia ficción sobre la evolución tecnológica de la consciencia humana, sino que actores de esta realidad compuesta de lo físico y virtual. En el fondo, somos partícipes de esta transición evolutiva que tensiona la continuidad de la humanidad y nuestra especie tal como la hemos conocido hasta entonces. En el inicio del metaverso tenemos la oportunidad histórica para imaginar mundos que no excluyan y que permitan la emancipación de las personas. Y eso dependerá, en última instancia, en cómo sigamos construyendo la convivencia entre todas y todos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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