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Rusia: la matrix de la reacción autoritaria Opinión

Rusia: la matrix de la reacción autoritaria

Fernando Pedrosa/Latinoamérica21
Por : Fernando Pedrosa/Latinoamérica21 Doctor en procesos políticos contemporáneos, Coordinador del Grupo de Estudios de Asia y América Latina del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Universidad de Buenos Aires.
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Las pasadas elecciones en Rusia escenificaron la necesidad de mostrar internamente la vigencia del poder de Putin. Sus pretensiones externas siguen en carrera y reforzadas. Paradójicamente, quizás sean más determinantes para su futuro las elecciones en EE.UU. que las propias.


Se realizaron las elecciones generales en Rusia y todo salió tal cual se planificó desde el Kremlin. El reporte formal de la autoridad electoral anunció que, luego de tres de días de votaciones, el candidato oficialista Vladimir Putin triunfó con más del 87% de los votos. Así, el próximo martes 7 de mayo de 2024, y a sus 71 años, comenzará a transitar su quinto mandato como presidente del país más grande del mundo. La Constitución prescribe que el mandato se extenderá por seis años y podrá ser reelecto si también triunfa en las siguientes elecciones.

A pesar de algunos intentos opositores, ligados al asesinado Alexei Navalny, no se registraron protestas políticas. Ni en Rusia ni en el extranjero, donde, además, se pudo votar en las sedes diplomáticas, incluso en las zonas pertenecientes a Ucrania y ocupadas por las Fuerzas Armadas rusas.

El Gobierno ruso afirmó que la participación electoral fue alta, incluso mayor que en las votaciones anteriores. También aseguraron que el voto electrónico y anticipado por correo no tuvo problemas, ni ocasionó reclamos. La antigua Agencia Rusa de Noticias (sobreviviente de la Unión Soviética) señaló que hubo 129 países observadores para certificar la transparencia de los comicios.

El candidato oficialista no fue el único disponible para ser electo. Tres partidos más compitieron con Rusia Unida, la organización fundada por Putin, que encabeza una coalición llamada Frente Popular Panruso. Sin embargo, ninguno de los candidatos de esas formaciones llegó a alcanzar el 5% de los votos (obtuvieron 4,31%, 3,85% y 3,20%, respectivamente). Por otra parte, tampoco representaron una alternativa, siquiera moderada, frente al poder de Putin.

De hecho, lo que muestran como virtuoso en el proceso electoral es que los tres candidatos que compitieron contra Putin reconocieron la legitimidad de la votación. Al día siguiente, se reunieron junto con el flamante ganador para comprometerse a trabajar en conjunto. Y se tomaron una fotografía que fue profusamente difundida por el Gobierno ruso y sus agencias.

¿La única verdad es la realidad?

La formalidad y las escenografías montadas desde el poder no pueden esconder la realidad. La Real Academia Española define “farsa” como una acción realizada para fingir o aparentar. Y es una excelente palabra para describir el proceso electoral que tuvo lugar en Rusia por estos días. Pero farsa no significa comedia ni que en la cima del poder ruso lo consideren poco importante. Todo lo contrario.

Las elecciones también escenificaron la necesidad de mostrar internamente la vigencia del poder de Putin y enviar un mensaje a la comunidad internacional. Sus pretensiones externas siguen en carrera y reforzadas. Paradójicamente, quizás sean más determinante para su futuro las elecciones en Estados Unidos que las propias.

Aun sin competencia real, las elecciones ponen en cuestión el liderazgo frente a la élite que lo apoya, en este caso una alianza de sectores sociales, oligarquías regionales, grupos económicos, militares y de inteligencia. El líder se expone ante ellos y busca aumentar su autonomía. Más aún después de tanto tiempo en el poder, con el desgaste del paso del tiempo y, sobre todo, porque comienza a rumorearse sobre posibles sucesores. Por eso dedicó gran parte de los últimos cinco años a garantizar su triunfo y evitar sorpresas e imprevistos.

Más allá del contexto, una convocatoria electoral puede generar incertidumbre, ya que sus dinámicas no pueden ser totalmente controladas. En América Latina tenemos ejemplos muy gráficos. El plebiscito chileno de 1988 marcó el inicio de la transición y declive del entonces todopoderoso general Augusto Pinochet. O años antes, otro plebiscito, realizado en Uruguay en 1980, que hirió de muerte a la dictadura militar que entonces gobernaba el país con mano de hierro.

El Estado soy yo (por ahora)

Ya en 2020 Putin había agregado diversas enmiendas a la Constitución rusa que levantaron las barreras formales a la reelección. La reforma descartó considerar los períodos presidenciales previos como limitantes para volver a ocupar el cargo. Por lo que Putin podrá ser electo en 2030.

Además, incorporó otras normas para dificultar el camino de opositores. Incorporó la obligación de residir en Rusia durante veinticinco años mínimo (antes eran diez) y no haber tenido ciudadanía o residencia en terceros países. Estas medidas (que también incluyen a ministros y jueces) apuntan a bloquear dirigentes exiliados o a los que pretendan conducir sus campañas desde fuera. Posiblemente esta haya sido una de las motivaciones de Navalny para regresar a Rusia.

No conforme con eso, Putin se dedicó sistemáticamente a proscribir, perseguir y matar a cualquier líder o grupo de oposición o quien confrontara sus políticas. En este contexto resulta más entendible el crimen de Navalny. No solo era su principal rival electoral, sino también el posible sucesor en algunos pasillos del poder.

Boris Nadezhdin, otro conocido opositor y el único abiertamente pacifista, también quedó fuera de la oferta electoral. En declaraciones a Le grand continent, manifestó: “No quiero convertirme en bloguero, organizar manifestaciones, atacar directamente a Vladimir Putin o criticar muy duramente su régimen. Conozco los límites. No actuaré como Navalny. Quiero oponerme, pero quiero seguir vivo y libre. No quiero acabar en la cárcel, ni ser envenenado con novitchok. Así que conmigo no habrá revolución”.

Además, el sistema electoral organizado a partir de un software sin contralor, reforzó el temor de los opositores a ser identificados, y luego castigados, si no elegían al actual presidente. Por otra parte, ninguna organización de observación electoral independiente estuvo presente y aún menos avaló la transparencia del proceso. Los que sí se apresuraron a felicitar al ganador fueron Bielorrusia, Siria, Venezuela, Cuba, Corea del Norte, Irán y China.

Secuelas

Las elecciones se utilizaron para plebiscitar el conflicto bélico con Ucrania, reforzar el apoyo a la ofensiva militar y utilizar la confrontación con Occidente como forma de sumar y movilizar apoyos. También es preciso señalar que Putin cuenta con un nutrido apoyo popular señalado incluso por las pocas encuestadoras independientes que trabajan en el país. El nacionalismo y la reacción antioccidental tienen su peso. Pero también una economía que aún no sufre el peso de la guerra y menos de las sanciones internacionales.

Sin dudas, en América Latina Venezuela es su alumno más aventajado. La persecución sobre los opositores, en especial a María Corina Machado y, sobre todo, el secuestro y muerte de Ronald Ojeda en Chile, evidencian que no estamos tan lejos de tener nuestra propia Rusia en la región. En ese escenario habrá que ver quién será Ucrania.

En este punto, las elecciones rusas ponen en primera plana lo que es la discusión fundamental que se debe encarar en el mundo de hoy. Se debe ahondar en el carácter de la democracia, su vinculación ineludible con la libertad y, sobre todo, en repensar el papel de todos los Estados, grupos y personas que están decididos a poner límites a este revival autocrático.

*Texto publicado originalmente en Diálogo Político

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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