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Una segunda vuelta a Roma

por Tomás Serón Díaz 25 febrero, 2019

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Señor Director:

Cuando hace algunos días vi Roma (2018), la última película de Alfonso Cuarón, tuve la sensación de haber visto una cinta maravillosa; la historia de las crudas circunstancias de una empleada doméstica, en un México de inicios de los 70`, resultó conmovedora. Esta narración hiperrealista, orgánica y honesta me hacían sentido en tanto se fundamenta en las propias experiencias de infancia del director. Las actuaciones, simples y convincentes; la fotografía en blanco y negro, estéril y melancólica. Todos estos elementos, y muchos más que probablemente soy incapaz de apreciar, han generado una importante repercusión en la prensa y la han hecho digna de la alabanza de la crítica especializada. No es de extrañar que haya ganado el Óscar a Mejor Película Extranjera y Cuarón haya obtenido el trofeo de Mejor Director, entre otros tantos premios y nominaciones.

Sin embargo, cuando uno le da una vuelta a la trama, logra darse cuenta de los simbolismos y los discursos arraigados en la película. La relación entre Cleo y la familia para la cual trabaja muestra un superficial buen trato y un enrarecido sentido de pertenencia, pero siempre en un contexto jerárquico. Existe una segunda lectura, la empleada es parte de la familia, pero más bien como una pertenencia, como un objeto: algo que se posee y está a su disposición. La asimetría de poderes y la esclavización moderna se hacen evidentes. La explotación laboral y emocional es cruda, y la invisibilizamos mediante la idealización de la relación amo-esclavo. Me hacen mucho sentido algunas frases extraídas de una columna escrita en The Spectator (revista británica) por el filósofo esloveno y sociólogo Slavoj Žižek:

“¿Realmente Roma sólo celebra la bondad de Cleo y la dedicación desinteresada a la familia? ¿Realmente puede reducirse a un objeto preciado de una familia de clase media alta, (casi) aceptada como parte de la familia para ser explotada física y emocionalmente? La textura de la película está llena de pistas sutiles que indican que la imagen de bondad de Cleo es una trampa, el objeto de crítica implícita que denuncia su dedicación como resultado de su ceguera ideológica”.

Esta consideración de la familia a Cleo, es una consideración siempre a medias, en la medida que se perpetúan las distancias sociales y se rigidizan. De este modo, la esclava seguirá siendo una esclava. Las libertades de existencia se ven totalmente restringidias pues no se se le posiciona como un sujeto. Desde esa mirada, es angustiante y provoca una intensa resonancia afectiva la historia de la protagonista, que nos refriega en la cara el maltrato hacia la clase trabajadora por un entramado social hostil y generador de traumas, teniendo que hacer a un lado su propia vida para ponerse al servicio de otros. Lo duro de este panorama, lo traumático de las experiencias vividas por Cleo, se ve amortiguado por esta estética aplanada y gris.

La historia que se sitúa en un México de hace 50 años atrás pareciera a vuelo de pájaro anacrónica, poco contingente. Pero es cosa de mirar alrededor y ver cómo la esclavitud moderna es un hecho patente. En nuestro país deben existir muchas y muchos Cleo invisibilizados, que ven su realidad subyugada a sus necesidades de supervivencia, sometiéndose a la inamovilidad del sistema de clases. Y no sólo en el rol de empleadas domésticas, sino también en diversos escenarios laborales. Malas condiciones de trabajo, horarios excesivamente extensos, malos tratos, etc. son un relato constante. El sufrimiento psicológico, familiar y social, además de la merma en su calidad de vida es pan de cada día. De sobra está decir, que uno de los países con mayor inequidad es Chile y es algo que parece no haber cambiado mucho en las últimas décadas. La película es técnicamente buena, pero lo más importante es que nos deja una interesante crítica social. Da mucho para reflexionar.

Dr. Tomás Serón Díaz
Residente de Psiquiatría Adultos
Universidad de Chile

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