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¿¡Hasta cuándo!? ¡Un poco de seriedad, por favor!

por José Miguel Peñafiel 27 noviembre, 2019

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Señor director:

Chile se encuentra en crisis. En todo sentido de la palabra: llevamos un mes, y contando, de protestas diarias a lo largo y ancho de todo el País; Se demanda más igualdad, mejoras en salud, pensiones, educación, salarios, nueva constitución y un largo etcétera de peticiones insatisfechas; Hay acusaciones de violaciones a los derechos humanos, de abuso policial, de falta de servicio policial, heridos de diversa gravedad por montones, muertos; cuestionamientos a la prensa; saqueos, robos, incendios y destrucción a todo tipo de establecimientos, públicos y privados, al patrimonio histórico de los chilenos; ataques, con una violencia inédita en Chile, dirigidos a sectores claves de la actividad del país, cuidadosamente seleccionados, tales como transportes, abastecimientos, hospitales, cuarteles militares y policiales, establecimientos educacionales e iglesias; Hemos tenido Estado de Emergencia; Los Tribunales de Justicia han privado a las fuerzas policiales de las herramientas propias del uso de la fuerza -paradójicamente, es en esa misma fuerza que se sustenta su propia autoridad, esencial para el estado de derecho-; Hay empleos perdidos, pequeños comerciantes y emprendedores al borde de la quiebra; grandes masas de personas afligidas, molestas, cansadas y, lo peor de todo, una sociedad polarizada, cada vez más violenta e intolerante. En resumen, hacemos agua por todos lados. Cómo es evidente, el equilibrio del país pende de un hilo.

¿Hasta cuándo? Muchos nos preguntamos ¿Hasta cuándo va a durar esta situación por la que atraviesa el País? Lamentablemente, nadie tiene respuesta. Y nadie la tendrá mientras los encargados de dar solución a esto- los políticos, esos mismos que nos llevaron a este punto, de todos los colores y sectores- sigan haciendo política “a la chilena”. Esa forma de hacer política clientelista, propagandista, a corto plazo -tan corto como sea necesario según el calendario de comicios-, centrada exclusivamente en el éxito electoral. Esa política odiosa, doble estándar, que no tiene reparo en manosear consignas, conceptos, principios y hechos, para acogerlos, adaptarlos y rechazarlos según más convenga de acuerdo con la contingencia. Esa política presa de la mezquindad, avaricia y un cálculo político digno de los peores usureros, centrada sólo en obtener el mayor rédito político, ya sea personal, del partido o la coalición a la que se adscribe, pero no del país completo; que prefiere, cual animal de presa, ver como todo pasa, a la espera de poder dar el zarpazo en el momento preciso y hacerse así un traje a la medida. Esa política ciega, violenta, despectiva, dogmática, soberbia, condicionante y arrogante, en donde todos son dueños de la verdad absoluta que les revela el dogma que profesan y, por tanto, de la única solución válida, haciendo imposible el diálogo, la construcción y el consenso; en suma, el ejercicio básico e indispensable de la democracia.

No están los tiempos para un Gobierno, Congreso, Tribunales y políticos tímidos y miedosos, indecisos, que se limitan a navegar a la deriva de los hechos, tratando de no quedar mal con nadie. Por si no se dieron cuenta, ¡Estamos en crisis! Y si estamos en crisis, las medidas deben ser acordes a la situación. Y nuestros políticos, gobernantes y autoridades también deben sacudirse, romper viejas ataduras y demostrar estar a la altura. Nadie -salvo pocos- piensan cuando ingresan a la política o al momento de asumir en un cargo público, desde la primera magistratura al último funcionario, que le tocará atravesar una situación como esta. La mayoría, se considera servidores públicos de vocación. Pues bien, ¿no es, precisamente en tiempos difíciles como estos, cuando los “servidores públicos” deben comportarse como tales, dejar dogmas, estigmas, ideologías, odiosidades, recriminaciones, diferencias, rencillas y de lado, ensuciarse las manos, concediendo para aunar posturas?

Estoy convencido que todos tienen buenos aspectos que aportar al debate. Pero para ello, todos deben ceder y asumir que Chile Cambió y ese cambio nos va a afectar a todos. Tenemos que entender que como sociedad somos un “ecosistema”, todos dependemos unos de otros, grandes de chicos, la derecha de la izquierda y viceversa. Si realmente queremos un país mejor, todos debemos ceder. Los que piensan que las soluciones a las demandas sociales deben hacerse todas de manera gradual, deben entender y conceder que, al menos en varias, se deben tomar medidas radicales y eficaces y en muchas otras deberán reconocer la necesidad de medidas que rechazaban. Del mismo modo, como sociedad debemos comprender que, si bien se trata de demandas justas, muchas de ellas sólo son solucionables a largo plazo y debemos ser pacientes, de lo contrario nos venderán la pomada de siempre. Aunque a muchos no les guste, necesitamos que las fuerzas de orden hagan su trabajo como corresponde y con las herramientas adecuadas. Los Tribunales se encargarán a su vez de evitar y sancionar excesos.

Estamos ante una oportunidad única. Podemos hacer un buen sistema o modelo, único, un proyecto país a 50, 80 o 100 años, en donde pasemos realmente a ser un país educado y desarrollado, equitativo y justo, industrializado y tecnológico, con buenas pensiones y remuneraciones, un estado eficiente y moderno y, sobretodo, con un sistema educativo acorde a dichos objetivos, que forme personas íntegras y educadas, tolerantes y respetuosas. Por suerte hay mucha gente valiosa y de bien que puede aportar. Necesitamos hacer la nueva constitución y el nuevo proyecto país con paz y calma, aprendiendo las lecciones de nuestra propia historia, sin dejar heridas abiertas; la solución se debe consensuar y no imponer, para lo que necesitamos, todos debemos ceder un poco. Nuestras autoridades y políticos también. Hoy, más que nunca deben ser responsables, tener altura de miras y actuar en consecuencia, de lo contrario podemos hacer la constitución más bonita y el sistema tributario más equitativos del mundo, pero que no servirán de nada en un país fracturado y humeante producto de la violencia, el odio y la desidia.

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