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Gobierno y oposición: debilidades y desafíos

por 16 marzo, 2018

Gobierno y oposición: debilidades y desafíos
Por de pronto no se avizoran mayores dificultades para esta administración con una economía que ha dado evidentes muestras de recuperación, creciendo al 4% durante los dos últimos meses y un Mandatario que, en general –excepción hecha del ministro de Relaciones Exteriores–, puso a gente con experiencia probada en su elenco ministerial. A diferencia de la vez anterior, ahora Piñera no improvisó. La oposición, por su parte, luego del éxito del acuerdo en el Senado y la Cámara, tendrá que demostrar que es capaz de consolidarse, ahora lejos del poder, iniciar una profunda reflexión sobre lo obrado durante los últimos 30 años y los desafíos presentes de la sociedad chilena, para concluir ofreciendo al país un horizonte que le permita retornar en los próximos cuatro años al Gobierno.
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Con un cambio de mando marcado fuertemente por la abulia ciudadana –¿sinónimo de la irrelevancia que ha ido adquiriendo la política para el ciudadano de a pie?– más que por grandes anuncios presidenciales, así como por una sociedad cada vez más liberal e influyente que le pone presión, aun antes de asumir, al nuevo Gobierno, a raíz de los efectos colaterales del Oscar por la cinta Una mujer fantástica, obligándole a priorizar en la agenda legislativa el proyecto de identidad de género –sobre el cual Chile Vamos marcó distancia durante la campaña– y que ya varios actores de la coalición oficialista anunciaron que lo votarán favorablemente, se dio inicio a un nuevo mandato presidencial, todavía sin saber si estamos en presencia de un nuevo ciclo político o del último estertor de la transición.

La derecha, con un triunfo histórico –más de 10 puntos de diferencia en segunda vuelta– sobre la coalición de centroizquierda, carga sobre sus hombros con la responsabilidad de prolongar el mandato más allá de Piñera y esa ha sido su intención manifiesta desde un primer momento. Si ello fuese así, estaríamos en presencia de la consolidación de un modelo parido en la violencia y que, luego, fue apoyado en democracia hasta alcanzar su legitimidad.

Un botón de muestra de lo anterior, y aunque se diga off the record, sería la priorización en su agenda legislativa para que el 5% de cotización de los empleadores contribuya a engrosar las cuentas individuales de los ahorrantes, en un esfuerzo por reforzar y fortalecer el cuestionado sistema. Terrorismo, infancia y superación de la pobreza han sido otras de las prioridades anunciadas en su primer discurso como Mandatario.

La derecha que ingresa a La Moneda, avalada por los grandes grupos empresariales, es una coalición que tiene un poder inmenso, que solo estará acotado por la falta de mayorías parlamentarias en ambas cámaras, como acaba de refrendarlo la elección de las mesas tanto de diputados como de senadores y donde la oposición actuó coordinadamente, dejando en la presidencia a dos socialistas.

Como se sabe, Sebastián Piñera, actual Jefe de Estado, es un líder muy particular que actúa, en general, con criterio personal, tomando distancia de los partidos de Chile, con aciertos –el rescate de los 33– y desaciertos –el nepotismo familiar como gobernante–, cual suele suceder con este estilo presidencial.

Tampoco la UDI, como ya se ha percibido en las designaciones, tiene el peso y el poder que tuvo anteriormente, y ello se comprueba en el hecho de que el Presidente Piñera ha tenido mucho margen de maniobra e independencia en sus decisiones respecto de los partidos de Chile Vamos. Por lo tanto, con una economía funcionando normalmente y un Mandatario empoderado, la coalición gobernante puede proyectarse más allá de cuatro años si no cae en la trampa de una administración, como ya le ocurrió, que vocifera mucho pero que en realidad hace poco u opte por dar vuelta atrás en los avances sociales alcanzados por las administraciones de centroizquierda.

Por de pronto, no se avizoran mayores dificultades para esta administración con una economía que ha dado evidentes muestras de recuperación, creciendo al 4% durante los dos últimos meses y un Mandatario que, en general, excepción hecha del ministro de Relaciones Exteriores, puso a gente con experiencia probada en su elenco ministerial. A diferencia de la vez anterior, ahora Piñera no improvisó.

Como ya sucedió en su Gobierno anterior y con algunos de los designados hoy, los conflictos de interés y el nepotismo pareciera que marcarán al Ejecutivo actual, aunque ello, como se ha hecho costumbre, no es un tema que sorprenda a la opinión pública, y cuyas esquirlas no afectan la imagen del Presidente ni erosionan el voto de centroderecha ni su popularidad.

Tampoco la UDI, como ya se ha percibido en las designaciones, tiene el peso y el poder que tuvo anteriormente, y ello se comprueba en el hecho de que el Presidente Piñera ha tenido mucho margen de maniobra e independencia en sus decisiones respecto de los partidos de Chile Vamos. Por lo tanto, con una economía funcionando normalmente y un Mandatario empoderado, la coalición gobernante puede proyectarse más allá de cuatro años si no cae en la trampa de una administración, como ya le ocurrió, que vocifera mucho pero que en realidad hace poco u opte por dar vuelta atrás en los avances sociales alcanzados por las administraciones de centroizquierda.

Eso, si los movimientos sociales –No + AFP, estudiantes o las demandas regionalistas o medioambientales–, como también sucedió anteriormente, no nos ofrecen más de alguna sorpresa y ponen al Gobierno entrante nuevamente en apuros.

La oposición, en tanto, aún en shock por la estrepitosa derrota, fragmentada y dividida en al menos dos polos –una parte de lo que fue la Nueva Mayoría, en especial aquella que constituyó lo que fue la Concertación y, por otro lado, el polo que merodea en torno al Frente Amplio (FA)–, acaba de anotarse un punto al alcanzar un acuerdo sustantivo en la composición de las mesas y comisiones de ambas cámaras, propinándole un duro revés al Gobierno en su estreno.

Una buena noticia para el ex bloque gobernante que, desde la derrota del 17 de noviembre –incluido su jefe de campaña, el actual presidente del PS, que literalmente desapareció la noche de la derrota–, había ido de tumbo en tumbo sin ponerse ni siquiera de acuerdo en una evaluación común de la administración saliente. Por el contrario, ningún prócer de la Nueva Mayoría o antigua Concertación salió a defender el legado, y la partida fue más bien tragicómica, con una Presidenta impulsando medidas a última hora y con un ministro abiertamente en rebelión. Triste postal para una administración que quiso cambiar Chile y que culminó exhibiendo un feo espectáculo de desorden.

Veremos si el acuerdo en ambas cámaras es solo expresión de la vieja política –ponerse de acuerdo para repartir cargos– o es el primer intento por concordar puntos de encuentro que culminen posteriormente con la proposición de una hoja de ruta a seguir como bloque opositor, si es que lograra consolidarse como tal, situación que, dado el comportamiento de algunos de sus principales actores –el PDC y RD, núcleo hegemónico del FA–, es muy poco probable.

En efecto, pese a su derrota interna en la última junta, el núcleo conservador de la falange, que encabeza Gutenberg Martínez, sigue teniendo mucha presencia mediática y conexiones con los grandes grupos de poder y, por lo tanto, insistirán en restituir un bloque opositor más parecido a la ex Concertación y estará bajo la presión permanente y los cantos de sirena que vendrán desde el Gobierno, para el cual un acuerdo, aunque sea con una parte del partido de la flecha roja, es vital para implementar su agenda legislativa.

El PPD, por su parte, deambulará entre la marginalidad y la irrelevancia, debido a su baja electoral que se expresa dramáticamente en la disminución de su bancada de diputados –bajó de quince a siete representantes– y en el carácter y ascendencia de su presidente actual. Lo anterior ofrecerá una oportunidad al PS –con diecinueve diputados y cinco senadores– para responder al desafío, que no se evidencia en el actuar de sus dos máximos dirigentes, de transformarse en el eje del bloque opositor y una especie de puente entre la vieja y la nueva oposición (FA).

Si prima el criterio de la actual mesa directiva vigente desde el 2005, de privilegiar el acuerdo con el PDC, el socialismo local perderá una oportunidad histórica de consolidarse como partido eje y puente entre ambos mundos.

El FA, por su parte, ya consolidado como un bloque potente y con personalidad propia –veinte diputados y un senador–, hegemonizado por el núcleo que gira en torno a RD, tendrá que demostrar que es algo más que un ícono de la protesta contra el establishment y consolidarse como un bloque que es capaz de dialogar con el resto de la oposición, establecer acuerdos, como acaba de hacerlo en el Parlamento, y ofrecer una hoja de ruta a los chilenos que están más allá de sus votantes. En ese sentido, la señal de seguir dejando cartas en La Moneda, como si siguieran siendo presidentes de federaciones universitarias y no parte de un poder más del Estado (el Legislativo), poco ayuda a mejorar su performance y, de paso, ha evidenciado la fragilidad política del conglomerado.

De lo contrario, se transformará en otro Podemos, ícono del descontento, pero incapaz de consolidarse como bloque mayoritario para gobernar.

En definitiva, la oposición, luego del éxito del acuerdo en el Senado y la Cámara, tendrá que demostrar que es capaz de consolidarse, ahora lejos del poder, e iniciar una profunda reflexión sobre lo obrado durante los últimos 30 años y los desafíos presentes de la sociedad chilena, para concluir ofreciendo al país un horizonte que le permita retornar en los próximos cuatro años al Gobierno.

La ausencia esta vez de un liderazgo mesiánico que garantice el pronto retorno a La Moneda, puede permitir abrir un profundo proceso de reflexión sobre la transición –ningún referente ha querido hacerlo hasta ahora– y proponer luego un programa de reformas que consolide los avances y libertades alcanzados.

De lo contrario, corre el serio riesgo de desarticularse, fragmentarse y transformarse en un actor irrelevante para los chilenos. Si ello ocurre y la economía funciona bien y no hay más sorpresas ciudadanas, la derecha tiene muchas opciones de repetir un segundo periodo presidencial.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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