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El primer mes de Gobierno: una verdadera montaña rusa

por 9 abril, 2018

El primer mes de Gobierno: una verdadera montaña rusa
Sebastián Piñera ha tenido un primer mes más positivo que el de su Gobierno. Se ve más controlado, más cauto. Pareciera haber aprendido a contar hasta 10 antes de despacharse alguna frase de esas que se convertían en material para las Piñericosas. Sin embargo, pronto tendrá la tentación de intervenir en aquellos ámbitos en que sus ministros están cometiendo más errores de lo pensado. Por otro lado, la estrategia de convocar a personas y no partidos a las mesas de acuerdo, también tiene riesgos, porque, aunque le ha dado un triunfo inicial, puede volcarse en su contra el día en que las colectividades despierten del letargo y se den cuenta del gol de media cancha recibido. Y, claro, los gustitos en política siempre son peligrosos.
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Partamos de la base de que este arranque del Gobierno se debe analizar considerando la etapa previa al 11 de marzo y este primer mes del Presidente Sebastián Piñera en La Moneda. Lo cierto es que, desde la elección del Mandatario en diciembre hasta el cambio de mando, la futura administración definió una estrategia que dio resultados. Corrigió varios de los errores cometidos en 2010; logró integrar, de manera incondicional, a uno de sus principales adversarios internos, Manuel José Ossandón; adelantó las nominaciones de las tres primeras líneas del Ejecutivo; y, lo más importante, consiguió algo inédito en la derecha chilena: mostrar una férrea disciplina y desplegar un relato común. Esto, sumado a la alta votación obtenida, una oposición en estado catatónico y dividida, además de un Gobierno –el de la ex Presidenta– que cometió errores de proporciones en su tramo final. Qué más podían pedir. Qué mejor escenario para que el Jefe de Estado asumiera por segunda vez.

No cabe duda que la estrategia comunicacional diseñada para la fase de instalación tenía un horizonte claro: mostrar logros rápidos, volcar a todos los ministros a terreno, ampliar el número de voceros y la frecuencia con que se dirigirían a la ciudadanía –tanto es así, que Cecilia Pérez ha tenido un rol bastante secundario– y limitar las intervenciones del Presidente. Esto último para establecer cortafuegos, evitando que a Piñera le lleguen las balas, además de correr menos riesgos que en el primer mandato, en que hablaba casi a diario, la mayoría de las veces improvisando.

Con estas definiciones, el Gobierno inició a toda máquina la primera semana, sin duda, con un ritmo imposible de mantener. A propósito de la maratón corrida ayer, esto es como partir como velocista de 100 metros cuando lo importante es tener en perspectiva la meta de 42 kilómetros. Pese a esto, todo marchó bien. Una semana para enmarcarla. Orden en las comunicaciones y un discurso potente: invitación a todos los sectores a sumarse a la construcción de consensos en torno a cinco grandes ejes (pese a dejar Educación y Pensiones excluidas). Más encima, con la perspectiva de los alegatos orales en La Haya –un evento caído del cielo–, La Moneda logró convocar a los ex presidentes, incluida una desdibujada Michelle Bachelet, y generar una posición de unidad y respaldo de la delegación chilena. De hecho, el canciller Ampuero tuvo un debut mucho mejor de lo esperado. Hasta ahí, perfecto el inicio.

Sin embargo, desde la segunda semana, empezaron a presentarse las primeras dificultades. Todas ellas, originadas desde el interior del Gobierno y la coalición. La oposición, por ahora, ha sido un mero espectador de una serie en que no parece ni siquiera animarse a participar.

Pese al entrenamiento y coaching comunicacional recibido por los ministros y subsecretarios, varios de ellos empezaron a entusiasmarse con el flash de las cámaras, cometiendo errores propios del que se siente empoderado para hablar. El primero fue Gerardo Varela, quien se despachó una frase que lo perseguirá hasta el último día que ejerza el cargo, sentenciando que el tiempo de las marchas de los estudiantes ya había terminado, provocando un verdadero despertar de las organizaciones respectivas, tanto es así que la Cones anunció en los días siguientes su primera movilización del año. Y el fin de semana pasado remató Hernán Larraín, quien, pensando que estaba conversando en el living de su casa con un par de amigos, declaró en el cónclave de la UDI en Punta de Tralca, que la mayoría de los jueces en Chile son de izquierda. El ministro expresó una de las frases políticamente más incorrectas que se recuerde en el ámbito de la Justicia chilena.

En las nominaciones regionales se volvieron a repetir los mismos errores que en 2010. Falta de pericia e improvisaciones que derivaron en que 13 Seremis no hayan podido asumir o renunciaran a sus cargos a los pocos días de ser presentados a la ciudadanía. Además de las malas decisiones, demostró que lo que ocurre fuera de las cuatro cuadras alrededor de La Moneda o el Congreso en Valparaíso no parece inquietar a nuestra clase política.

Y pese al entrenamiento y coaching comunicacional recibido por los ministros y subsecretarios, varios de ellos empezaron a entusiasmarse con el flash de las cámaras, cometiendo errores propios del que se siente empoderado para hablar. El primero fue Gerardo Varela, quien se despachó una frase que lo perseguirá hasta el último día que ejerza el cargo, sentenciando que el tiempo de las marchas de los estudiantes ya había terminado, provocando un verdadero despertar de las organizaciones respectivas, tanto es así que la Cones anunció en los días siguientes su primera movilización del año. Y el fin de semana pasado remató Hernán Larraín, quien, pensando que estaba conversando en el living de su casa con un par de amigos, declaró en el cónclave de la UDI en Punta de Tralca, que la mayoría de los jueces en Chile son de izquierda. El ministro expresó una de las frases políticamente más incorrectas que se recuerde en el ámbito de la Justicia chilena.

Pero, sin duda, el titular de Salud es quien hizo el mayor aporte a las polémicas de la etapa de instalación, al despachar un nuevo protocolo para el aborto en tres causales, el que dejó en evidencia que estaba redactado para algunas clínicas con nombre y apellido. Más claro fue el error cuando Santelices reconoció que el tema no había pasado por el consentimiento del Presidente.

A esto se suma el retiro de los proyectos de la Constitución y del CAE –¿era necesario hacer todos estos anuncios antes un mes?–, lo que desató una ola de críticas por parte de distintos actores, acusando al Ejecutivo de aplicar la famosa “retroexcavadora”, esa torpe frase que hizo famosa el senador Quintana y que la derecha utilizó hasta el cansancio para desacreditar al Gobierno de Bachelet. De hecho, en la campaña presidencial fue clave para derrotar a la centroizquierda. De ahí el temor inconsciente que tienen en el oficialismo de que se dé vuelta en su contra. Sin ir más lejos, en la oposición ya hablan de la “motosierra” para designar la política de barrer con el pasado.



Y el plato de fondo vendría desde Chile Vamos, más específicamente de la UDI. Jacqueline Van Rysselberghe desataría una tormenta sorpresiva para La Moneda al amenazar con el Tribunal Constitucional (TC) a su propio Gobierno por el proyecto de Identidad de Género. Creo que nadie en la centroderecha imaginó que sería el “fuego amigo” el que provocaría el primer autogol de la nueva administración antes de cumplir un mes. Los dimes y diretes han ido subiendo de tono, mostrando una división que amenaza con extenderse a otros ámbitos. Bellolio y De la Maza, ambos UDI, han sido muy críticos de Van Rysselberghe, incluso este último advirtió que, si se llega al TC, abandonará la colectividad, de la cual es uno de sus referentes.

Estos errores no forzados, sin lugar a dudas, van a provocar un impacto en la imagen y evaluación del Gobierno en el corto plazo. Y, ojo, que el piso con que parte La Moneda es menor a lo esperado. La encuesta Adimark de marzo arrojó que la administración inicia su registro con 49% de aprobación, es decir, casi 5 puntos menos que lo que obtuvo el Presidente en diciembre, y un 25% de rechazo, esta es un línea base muy inferior a la obtenida en 2010, cuando marcó 60%.

Definitivamente, creo que Sebastián Piñera ha tenido un primer mes más positivo que el de su Gobierno. Se ve más controlado, más cauto. Pareciera haber aprendido a contar hasta 10 antes de despacharse alguna frase de esas que se convertían en material para las Piñericosas. Sin embargo, pronto tendrá la tentación de intervenir en aquellos ámbitos en que sus ministros están cometiendo más errores de lo pensado. Por otro lado, la estrategia de convocar a personas y no partidos a las mesas de acuerdo, también tiene riesgos, porque, aunque le ha dado un triunfo inicial, puede volcarse en su contra el día en que las colectividades despierten del letargo y se den cuenta del gol de media cancha recibido. Y, claro, los gustitos en política siempre son peligrosos.

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