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El Gobierno de la "deseabilidad social" y la derecha atrapada

por 30 mayo, 2018

El Gobierno de la
Lo que la mayoría de los medios de comunicación viene en llamar "errores no forzados", que emergen tras el planteamiento de cada propuesta política, en realidad no serían tales, sino que representan el verdadero sentir del Gobierno de la derecha chilena y constituyen, a la vez, un esfuerzo por compatibilizar el pragmatismo del Presidente Piñera con la resistencia de su bloque parlamentario.
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En las investigaciones, principalmente en estudios en psicología social y comunicación política, se denomina deseabilidad social a las respuestas que los sujetos proporcionan sobre la base de lo socialmente aceptado o que se espera que respondan. Esta teoría se fundamenta en que las personas buscan contestar de la mejor forma posible para evitar los cuestionamientos frente a preguntas que les incomodan y para ello manifiestan opiniones ajustándose a las expectativas de quien consulta, sin importar que las respuestas sean contrarias a sus creencias. Desde este enfoque, quien responde está temeroso de revelar información que lo haría cuestionable frente a la evaluación de quien examina.

Este concepto permite evaluar y comprender las respuestas políticas que sucesivamente viene proporcionando el Gobierno del Presidente Sebastián Piñera, frente a las diferentes expectativas y exigencias sociales que emergen desde la ciudadanía, al costo de negar sus propias creencias. Es decir, respuestas políticamente correctas y a tono con la mayoría social, pero que no solo evidencian incomodidad sino también distanciamiento del ideario real del Gobierno de derecha.

Lo anterior, en el entendido de que la autoexpectativa generada por el propio Gobierno en cuanto a que, tras su triunfo electoral, Chile experimentaría un proceso de involución respecto a sus demandas de un país más justo –expresadas en transformaciones culturales, políticas y económicas– se viene progresivamente desconfirmando. Por el contrario, la hipótesis de que el país continúa experimentando cambios sustantivos desde las noción de igualdad de derechos, indistintamente del Mandatario de turno, no es una hipótesis, es más bien una realidad que se comprueba empíricamente.

Así, considerando la incomodidad de los parlamentarios de derecha, expresada en quejas comunicacionales o silencios solidarios con las propuestas gubernamentales, es probable que este 1 de junio intenten retomar su agenda propia y natural propuesta durante la campaña presidencial, enfocada en el desmantelamiento de reformas alcanzadas durante el Gobierno de la Presidenta Bachelet, como son las reformas tributaria y laboral o ajustes al modelo de pensiones que consoliden esta industria, en desmedro de la seguridad social y las pensiones como derecho. Eso sí, con el temor y el riesgo, para la derecha, de que las expectativas de cambio e igualdad por parte del incipiente movimiento social despliegue más energía transformadora, profundice la dimensión estructural de las exigencias y se adopte una densidad y direccionalidad más clara en términos de las demandas de las organizaciones y el movimiento social.

Por lo mismo, lo que la mayoría de los medios de comunicación viene en llamar "errores no forzados", que emergen tras el planteamiento de cada propuesta política, en realidad no serían tales, sino que representan el verdadero sentir del Gobierno de la derecha chilena y constituyen, a la vez, un esfuerzo por compatibilizar el pragmatismo del Presidente Piñera con la resistencia de su bloque parlamentario.

Esto queda de manifiesto cuando, frente a la demanda de una ley de identidad de género, el Jefe de Estado patologiza este derecho humano, reiteradamente, asociándolo a un trastorno psiquiátrico, como es la disforia de género; o, cuando frente a la necesidad de una protección integral a la niñez, deforma el concepto de interés superior del niño y propone adopción prenatal, sin considerar los derechos de niños y niñas y los apoyos que las madres y padres vulnerables requieren; o bien al resistir, desde parte importante de su bloque conservador, la adopción homoparental a partir del prejuicio y la ignorancia.

Y frente a una movilización inédita y transversal, como son las exigencias sociales de las mujeres por derechos plenos y dignidad en todos los ámbitos de la vida social, se abordan las discriminaciones del sistema privado de salud poniendo la carga en el trabajador cotizante, sin siquiera mencionar el tema de fondo, cual es poner la salud como un derecho que forma parte de la seguridad social y que hoy se trata como un negocio donde, además, se perciben utilidades abusivas.

Lo cierto es que el Gobierno perdió un tiempo de inicio muy determinante. En poco más de dos meses de ejercicio no ha podido desplegar su programa propuesto, salvo la impropia vía administrativa para desvirtuar los avances de la administración de la Nueva Mayoría y, por el contrario, ha tenido que desplegar una agenda que no le es propia, que le incomoda, que es ajena a su identidad e ideario y que acentúa los conflictos permanentes como coalición.

Así, considerando la incomodidad de los parlamentarios de derecha, expresada en quejas comunicacionales o silencios solidarios con las propuestas gubernamentales, es probable que este 1 de junio intenten retomar su agenda propia y natural propuesta durante la campaña presidencial, enfocada en el desmantelamiento de reformas alcanzadas durante el Gobierno de la Presidenta Bachelet, como son las reformas tributaria y laboral o ajustes al modelo de pensiones que consoliden esta industria, en desmedro de la seguridad social y las pensiones como derecho.

Eso sí, con el temor y el riesgo, para la derecha, de que las expectativas de cambio e igualdad por parte del incipiente movimiento social despliegue más energía transformadora, profundice la dimensión estructural de las exigencias y se adopte una densidad y direccionalidad más clara en términos de las demandas de las organizaciones y el movimiento social.

Por último, conviene atender a que el primer error de este Gobierno es creer que la derrota político electoral de la centroizquierda en las elecciones presidenciales fue una derrota estratégica y un retroceso de la tensión de cambio político y cultural que vive el país. Los hechos demuestran que no hubo capacidad de los partidos políticos para mantener la unidad, pero que el impulso reformador que Chile vive tiene plena vigencia.

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