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“Razón bruta” revolucionaria. Respuesta a Fernando Atria (IV)

por 6 julio, 2018

“Razón bruta” revolucionaria. Respuesta a Fernando Atria (IV)
La versión deflacionaria de la teoría de la historia, expuesta en “Razón bruta” y que pretende restringirse al presente, no saltar al futuro, no escapa, entonces, a los problemas que he detectado respecto de esa teoría en su versión más robusta, que era como se hallaba expuesta en textos previos de Atria. Ciertamente, él ha afirmado, en el último texto, que no cree que en la historia opere alguna necesidad cognoscible de antemano. Pero ocurre que ni sus consideraciones sobre lo que entiende como “el sentido” de la historia son inteligibles si no se le atribuye a la expresión un significado teleológico, que supone una dirección por la cual transcurre la historia; ni el presente del que Atria habla es propiamente un presente, salvo que se postule (aunque solo por medio del pensamiento) que ya ha advenido (necesariamente); ni es cierto que no pretenda conocer el “punto de llegada” desde el cual se ilumina irremediablemente la comprensión histórica y se sostiene el “ahora” histórico como un ahora discernible del pasado; conocer la situación en la que el ser humano alcanza la plenitud en el modo de un “reconocimiento radical”.
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Necesidad histórica

Atria plantea que a él no le aplica mi comentario respecto a que “[l]a historia no parece ser una concatenación de hechos en donde exista una necesidad claramente cognoscible de antemano” (cf. RB 3-4, 26; FU 158).

1. Restricción de los alcances de sus observaciones históricas

Al efecto, él comienza por minimizar los alcances históricos de las consideraciones que ha realizado. Ahora, en “Razón bruta”, dice que en Derechos sociales y educación él se habría limitado simplemente a “entender el momento actual de la política chilena” (RB 53).

Pero el intento de restricción es mañoso. En el mismo Derechos sociales y educación Atria escribe de los cambios de paradigma y de la evolución que va de los derechos civiles a los políticos y de estos a los sociales; y en Neoliberalismo con rostro humano, de la gran disputa entre el socialismo y el liberalismo. Ambos son procesos históricos que –tendrá que conceder– abarcan un rango temporal de siglos y poseen alcances bastante mayores que los mucho más acotados del momento actual de la política chilena “desde 2011” a la fecha (RB 27). El planteamiento de Atria muestra sus alcances descomunales, cuando se repara, como mostraré, en que sus consideraciones históricas están definidas por un telos, el “reconocimiento radical”, que importa la transformación fundamental del ser humano, nada menos que la purga de su singularidad.

2. Una insinuación incidental al pasar

Hay otra maña de Atria en la argumentación. Dice que yo insinúo “al pasar e incidentalmente, que al usar la noción de paradigma para entender las ideas políticas [él] estaría haciendo un uso inadecuado de una noción que vale para la ciencia” (RB 40). “[L]a objeción […] muestra”, dice Atria, que yo no entiendo “las categorías” en juego. “Como la tesis central de Kuhn es que la evolución de la ciencia debe entenderse con criterios políticos, no científicos, criticar a Derechos sociales y educación que utilice para entender la evolución de las ideas políticas una noción desarrollada para entender las ‘dinámicas científicas’ […] es como jactarse de no entender la importancia de la obra de Kuhn” (RB 41).

El problema de la teoría de la historia, incluso en la versión deflacionaria que Atria intenta asumir en “Razón bruta”, persiste, entonces, en la medida en que ella supone que entre el estadio anterior y uno posterior de la historia existe la posibilidad de una clausura del estadio anterior a partir de ideas que se instalan de manera “exitosa” en el estadio posterior. La de Atria cae en el problema de toda teoría de la historia que trate de establecer necesidad: debe probar que el nuevo estadio ya ha advenido. Esta prueba tiene que hacerla en medio de una época en la que no es claro aún que el nuevo estadio haya advenido. En esta situación presente, incierta y contingente, la única opción que le queda a la teoría de la historia es probar argumentativamente que el nuevo estadio ha advenido (que el nuevo paradigma se ha impuesto definitivamente). O sea, se busca hacer manifiesto, mediante ejercicios del pensamiento, lo que no es manifiesto, precisamente porque no ha acontecido aún. Esta es una especie de “argumento ontológico”: por medio del pensamiento se quiere probar la existencia de lo que aún no es real. Pero conocemos los límites del argumento ontológico: entre el pensamiento de una mente finita y la realidad insondable hay una diferencia insalvable, de tal suerte que el pensamiento no es capaz de producir lo real.

Voy a La frágil universidad, el libro donde estaría esa crítica insinuada “al pasar”, y no encuentro esta “objeción”. Allí, en cambio, simplemente describo lo que Atria ha dicho en su propio libro. Mi crítica no se dirige a la vinculación que Atria establece entre paradigmas políticos y científicos, sino a la necesidad que le atribuye a la concatenación propia de ese tipo de sucesos a los que llama cambios de paradigma; a que entienda que la evolución política se desarrolla “al modo como lo hace la ciencia, en un proceso que no conduce al ‘todo vale’, sino a la ‘reducción del error’”, algo que Thomas Kuhn no se atrevió a afirmar.

Agrego, en ese texto: “Los sucesos políticos transcurren, para Atria, de manera similar a como avanza una ciencia progresiva, una ciencia que opera reduciendo errores” (FU 156). Es Atria el que da vuelta el argumento de Kuhn (éste sólo intenta explicar las revoluciones científicas al modo de un acontecimiento políticoincierto), para pasar a atribuirle a la evolución política un carácter necesario análogo al carácter necesario que para Atria adquiriría la evolución científica: es éste, no Kuhn, por supuesto, quien indica que los nuevos paradigmas son capaces de “dar cuenta” de los anteriores, pero no al revés (DS 97).

3. Necesidad histórica en los textos previos a “Razón bruta”

Respecto a la necesidad que Atria dice ahora negarles a la historia y a los procesos de cambio de paradigma, me parece pertinente acudir a sus textos para mostrar que, si en “Razón bruta” afirma no sostenerla, se está desdiciendo (y en buena hora) de lo que escribió anteriormente.

En Derechos sociales y educación, Atria indica que en la historia es posible asumir un “punto de llegada” (DS 99; cf. N 154). Ese punto de llegada es discernible previo a su acontecer, no simplemente como una visión numinosa, sino bastante precisa. La forma de la deliberación pública, dice Atria, tiene una “dimensión anticipatoria” (VP II 41), lo que más tarde llamará un “contenido anticipatorio” (RB 116). El estadio emancipado es uno donde el “reconocimiento” es “radical” (VP II 41). Ese estadio es anticipable, visible en el “contenido” de la deliberación.

Atria sostiene que el “movimiento” de cambio de paradigma político responde al “desarrollo interno de la pretensión” contenida en un paso previo (DS 99). En ese “movimiento” “cada paso desarrolla más plenamente el sentido del paso anterior” (DS 46). El avance conduce hacia el estadio emancipado, transcurriendo en una serie de pasos.

Subrayo las expresiones “movimiento” y “paso”, para que tanto el lector como el autor del texto citado puedan percatarse de la implicancia de sus palabras. Se trata de una conexión de pasos que se produce en el movimiento de la historia misma, en lo que Atria llama su “progresión” (DS 46).

Vale decir, el movimiento de la historia es uno en el cual los distintos pasos o momentos se encuentran interconectados. El “sentido” de “la idea” se halla en la historia, su movimiento y sus pasos. Ese sentido se despliega en los pasos del movimiento histórico de tal suerte que acontece un desarrollo más pleno de sentido; hay –como veremos que sostiene Atria– en el proceso de desarrollo histórico ocurre una “reducción del error” (DS 97).

En La frágil universidad señalo sobre este asunto lo siguiente: “La historia acontece como operación del autodespliegue de una pulsión o reclamo contenido” en “la idea de ciudadanía”. “[N]o es que simplemente haya relaciones conceptuales entre las nociones de derechos civiles, políticos y sociales” de las que escribe Atria. “Hay un ‘movimiento’ de carácter histórico determinado por esas nociones” (FU 157). En Derechos sociales y educación, Atria afirma: “El movimiento que va hacia los derechos políticos […] es el desarrollo interno de la pretensión que se afirma en los derechos civiles […] así como el movimiento hacia los derechos sociales es el paso que consuma el que se da hacia los derechos políticos” (DS 99, subrayados añadidos).

Él entiende que el paso en el movimiento histórico se verifica en la forma de un “cambio de paradigma”. El paso ocurre de manera similar al modo en el que acontece la superación de teorías científicas: no se trata aquí de un proceso que conduzca a un “‘todo vale’”, aclara Atria, sino que –he indicado– a la “reducción del error” (DS 96, 97). Hay un cambio progresivo que ocurre de tal guisa que una vez alcanzado un estadio del desarrollo histórico, el paradigma anterior aparece como necesariamente obsoleto y es retrógrado ir a él, “es un paso atrás” (DS 99): en el nuevo estadio no solo “podemos dar cuenta de una ‘anomalía’ que antes era recalcitrante, sino también […] desde la nueva teoría podemos dar cuenta de la antigua, pero no al revés” (DS 97, subrayado en el original).

Vale decir, conocemos la dirección del proceso; conocemos cómo el proceso se despliega en el movimiento histórico, cual “expansión” o “desarrollo”, en los hechos, de la “pretensión” de la “idea de ciudadanía”; conocemos que ese “movimiento” acontece en el modo necesario de una “reducción del error”.

4. Moderación de las pretensiones

Precisamente, para moderar las pretensiones de Atria respecto del acontecer histórico, es que me resultó exigible reparar en la finitud de la mente humana y en la imposibilidad de clausurar la irrupción de lo excepcional, de una nueva mentalidad y una situación nueva en la cual pasos y comprensiones previas puedan tener mayor sentido que estadios posteriores que fueron vistos en sus épocas respectivas como progresivos. “Ningún pensamiento es capaz de clausurar la irrupción de lo excepcional, de un evento inusitado que eche por tierra la presunta dirección que venía trayendo el proceso de eventual progreso, y acabe dejando expuesta la contingencia de su postulada necesidad” (FU 158). Además, me pareció necesario destacar el “provincianismo cultural” en el que incurre quien cree ver a su propia época como una superior en el sucederse de los siglos.

He de mencionar aquí, que Atria cita un pasaje mío incorrectamente, al punto que le altera el sentido: “No tengo idea de qué es a lo que se refiere Herrera con su referencia a ‘algo parecido a una versión popular del autodesenvolvimiento de la historia’, por lo que[,] respecto de eso, paso” (RB 54). Mi texto (FU 156) dice algo distinto: “Un paradigma nuevo se acredita en tanto que supera inclusivamente al anterior. [Y aquí viene la cita:] Estamos ante algo parecido a una versión popular del autodesenvolvimiento del espíritu en la historia”. La alusión mal citada por Atria es, por cierto, al pensamiento de Hegel; la de Atria es la llamativa versión vulgar de aquella teoría.

5. La necesidad histórica en “Razón bruta”

En su último texto, Atria señala que en sus observaciones históricas opera “retrospectivamente”, no “prospectivamente”. Vale decir, la constatación de que se ha producido una “reducción del error”, una “progresión”, un avance en el nuevo paradigma, en la nueva posición, sólo es hecha “una vez que” esa nueva posición “ha surgido y ha resultado exitosa en el sentido de que ha desplazado a la explicación […] alternativa” (RB 47).

Sin embargo, el asunto no es tan simple. Hay implicancias de las que Atria no se percata. Sus aclaraciones de “Razón bruta” no evitan lo que él pretende no estar haciendo.

Para Atria habría un método por el cual sería posible constatar el cambio de paradigma. La constatación se produciría al mirar uno hacia atrás y preguntarse por el “sentido” de los hechos contingentes. La reflexión trata “de entender el sentido de una serie de sucesos cada uno de los cuales fue contingente pero que ya sabemos que llevó a un punto determinado: nosotros, el presente” (RB 55). Aquí cabe preguntarse, empero, si tiene algún significado o resulta razonable inquirir sobre “el sentido” de hechos “contingentes”. Y, claro, depende de lo que entendamos por “el sentido”.

Si “el sentido” alude a una explicación descriptiva de cómo fue que llegamos aquí, del tipo de la que se da cuando uno realiza un viaje no planeado, entonces la explicación es histórica en el significado más usual y modesto de la expresión: el de una crónica de sucesos contingentes. Pero la afirmación de Atria puede implicar también usar la expresión “el sentido” de una manera teleológica: la vista sobre el pasado nos permite determinar de dónde viene y por dónde va la historia. Es en esta segunda acepción que Atria entiende la expresión “el sentido”.

Solo en esta acepción puede no ser un absurdo pensar: (i) que sabemos del “punto de llegada” del proceso histórico, el “reconocimiento radical”; (ii) que sabemos del modo en el que ese proceso se despliega hacia aquella dirección, cual “movimiento” y “pasos” que van desde los derechos civiles a los políticos y a los sociales, que es la manera como se realiza en la historia la “idea de ciudadanía” (DS 98-99); (iii) que podemos afirmar que, efectivamente, ha tenido lugar una “reducción del error”, un “desarrollo”, una “progresión”, un “paso” adelante en la historia. Vale decir, el pensamiento histórico de Atria no es puramente retrospectivo.

Lo que Atria intenta hacer cuando efectúa consideraciones retrospectivas, es juzgar que el pasado ya está, de algún modo, clausurado: que “es un paso atrás” regresar a él; que “desde la nueva teoría podemos dar cuenta de la antigua, pero no al revés”; que la nueva explicación “ha desplazado a la explicación alternativa”. Todo esto implica postular que la nueva época ya ha advenido. Ya se habría alcanzado el estadio del nuevo paradigma: el “punto de llegada”. Ese punto de llegada es “por ahora, el de los derechos sociales” (DS 99). En tanto que “punto de llegada” actual, él ha clausurado el pasado. Solo desde un presente ya fijado, de un “ahora” que se deslinda del ayer, es posible volver retrospectivamente sobre el pasado. Si ese presente no está decisivamente discernido y se mantiene todavía en continuidad con el pasado, si no hay nítidamente solución de esa continuidad, entonces aún no es posible dirigir la mirada “retrospectivamente”, precisamente en la medida en que no se ha producido el distanciamiento necesario para ganar perspectiva. Respecto de lo inmediato no hay perspectiva. Ahora bien, es justamente esto lo que está en discusión, a saber: si acaso el paradigma de los derechos sociales coincide con un estadio ya advenido, de tal suerte que esté clausurado el pasado, sea retrógrado volver a él y se pueda, en consecuencia, mirar hacia él de manera retrospectiva.

El problema de la teoría de la historia, incluso en la versión deflacionaria que Atria intenta asumir en “Razón bruta”, persiste, entonces, en la medida en que ella supone que entre el estadio anterior y uno posterior de la historia existe la posibilidad de una clausura del estadio anterior a partir de ideas que se instalan de manera “exitosa” en el estadio posterior. La de Atria cae en el problema de toda teoría de la historia que trate de establecer necesidad: debe probar que el nuevo estadio ya ha advenido. Esta prueba tiene que hacerla en medio de una época en la que no es claro aún que el nuevo estadio haya advenido. En esta situación presente, incierta y contingente, la única opción que le queda a la teoría de la historia es probar argumentativamente que el nuevo estadio ha advenido (que el nuevo paradigma se ha impuesto definitivamente).

O sea, se busca hacer manifiesto, mediante ejercicios del pensamiento, lo que no es manifiesto, precisamente porque no ha acontecido aún. Esta es una especie de “argumento ontológico”: por medio del pensamiento se quiere probar la existencia de lo que aún no es real. Pero conocemos los límites del argumento ontológico: entre el pensamiento de una mente finita y la realidad insondable hay una diferencia insalvable, de tal suerte que el pensamiento no es capaz de producir lo real.

En tanto que se intenta probar por medio del pensamiento que ya ha advenido el estadio desde el cual es posible dirigir retrospectivamente la mirada a un pasado ya clausurado, el “argumento ontológico” de Atria realiza un salto al futuro. Por decirlo de otra forma, intenta traer a un presente cristalizado lo que aún no es presente, sino, cuanto más, algo así como un presente “preñado de futuro”, en el cual el nuevo paradigma ya se encuentra y parece tan cargado de significado que no tiene sentido negarse a él. Entonces, el movimiento de Atria es descriptible como el esfuerzo por traer –lo que él, a partir de su teoría entiende como– el futuro hasta el presente. Sin salto al futuro no hay constitución del presente exigido para la visión retrospectiva de lo que ha ocurrido.

Debe recordarse, además, que, tanto antes cuanto en “Razón bruta”, la concepción histórica de Atria supone el conocimiento del “punto de llegada” del despliegue histórico. Su aclaración respecto a que su pensamiento histórico “no supone el conocimiento de antemano del punto de llegada” es falsa (RB 47; la afirmación contiene una obviedad: en nuestra situación presente, un “conocimiento” “del punto de llegada” solo puede ser “de antemano”). Atria escribe en varias partes sobre el “punto de llegada”. Ese punto de llegada es hoy “el de los derechos sociales” (DS 99). De ese hoy no hay vuelta atrás, en el sentido de que las ideas vigentes en el estadio anterior han quedado superadas –en virtud del “argumento ontológico”– por las del estadio posterior.

Saber que un “punto de llegada” presente puede ser calificado como “punto de llegada” y no es un simple estadio contingente, sólo es posible si contamos con un criterio sobre el sentido o “punto de llegada” de la historia. Solo si se posee ese criterio, puede identificarse el “ahora” como coincidente con la dirección hacia la cual la historia apunta, como una “progresión”. Recién entonces resulta posible discernir el pasado, lo que quedó atrás en la mirada retrospectiva, del “ahora” y fijar al ahora en tanto que ahora. Es en posesión de tal criterio que se puede dar el salto desde el presente contingente, en el cual existe una disputa no decidida entre concepciones de mundo, hacia un futuro posible al que se toma por presente en la medida en que se lo conecta al presente como la dirección que el presente ya ha adoptado, en el caso de nuestro “ahora”: la de los derechos sociales.

Este criterio –este saber del punto de llegada– es el que Atria pretende poseer. Él dice que “por ahora” ese “punto de llegada” es “el de los derechos sociales”. Pero esa afirmación está anclada en un conocimiento previo, que es el que guía toda su propuesta y sin el cual ella cae en el vacío de la contingencia. Atria entiende que sí puede vislumbrar el estadio emancipado. Ese estadio es uno en el que existe un “reconocimiento radical”. Ese reconocimiento es, para él, anticipable, visible, auscultable, según he mencionado, en el “contenido” de la deliberación pública (RB 116; cf. VP II 41). Según Atria, “las instituciones políticas” actuales “ya contienen, en algún sentido, el punto de llegada” (DS 76). Vale decir, hay un criterio que da la dirección a la concepción de Atria, que va desde formas donde el “reconocimiento” del otro no es “radical” a formas donde ese reconocimiento se radicaliza, hasta alcanzar la plenitud, una situación en la cual se logra el fin de esos “seres cuyo fin es la amistad” (N 141). “La radicalización de lo político es su superación: es llegar al reconocimiento recíproco universal, lo que implica que comunidad política y común humanidad devienen términos coextensivos” (VP I 44).

Ese criterio es el que opera cual base de su consideración del “ahora” como “ahora”, desde el que es posible montar la consideración retrospectiva; también como base de la prueba, por medio del nudo pensamiento, de la instauración de ese ahora en tanto que discreto, solucionado respecto de los instantes anteriores ya superados.

La versión deflacionaria de la teoría de la historia, expuesta en “Razón bruta” y que pretende restringirse al presente, no saltar al futuro, no escapa, entonces, a los problemas que he detectado respecto de esa teoría en su versión más robusta, que era como se hallaba expuesta en textos previos de Atria. Ciertamente, él ha afirmado, en el último texto, que no cree que en la historia opere alguna necesidad cognoscible de antemano. Pero ocurre que ni sus consideraciones sobre lo que entiende como “el sentido” de la historia son inteligibles si no se le atribuye a la expresión un significado teleológico, que supone una dirección por la cual transcurre la historia; ni el presente del que Atria habla es propiamente un presente, salvo que se postule (aunque solo por medio del pensamiento) que ya ha advenido (necesariamente); ni es cierto que no pretenda conocer el “punto de llegada” desde el cual se ilumina irremediablemente la comprensión histórica y se sostiene el “ahora” histórico como un ahora discernible del pasado; conocer la situación en la que el ser humano alcanza la plenitud en el modo de un “reconocimiento radical”.

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