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Trump y la guerra espacial

por 14 julio, 2018

Trump y la guerra espacial
La militarización que impulsa -en su vertiente más avanzada de armamentismo- vulnera con creces la estabilidad de un mundo agobiado por amenazas globales, las que sólo se pueden encarar a través de una cooperación para la paz, a través de la ciencia y la tecnología. De todos modos, es una sorpresa relativa, porque en el caso norteamericano, el programa está radicado hace años en la base Schriever de la US Air Force, en Colorado, y a su mandatario solo le basta un giro de política exterior
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El anuncio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump de crear un ejército espacial ha generado inquietud y un enorme debate por sus implicaciones, en materia de carrera armamentista y la corrosión de las normas del Derecho Internacional vigentes en materia espacial.

Parte esencial del actual paradigma de desarrollo humano, es el valor estratégico que cumple la tecnología. Especialmente en la mirada que inducen los nuevos desafíos de la sustentabilidad ambiental, la observación de la tierra, de los océanos y de las comunicaciones, para prever y enfrentar desastres naturales, como para manejar la velocidad y complejidad de las crisis que generan.

Pero, si bien las aplicaciones espaciales han pasado a ser parte relevante del desarrollo y del soft power de las potencias, también permiten ser instrumentalizadas en el diseño de un poder duro y por lo tanto, dejar de ser un instrumento de integración, transformándose en uno de amenaza.

Naturalmente este uso, inevitablemente, genera dudas sobre la vigencia de los aspectos medulares del Derecho Espacial y de algunas de sus cláusulas, que tendrían el carácter de jus cogens o normas perentorias, que no sería posible soslayar. Su incumplimiento también pone en tela de juicio la vigencia o aceptación del concepto de “patrimonio común de la humanidad” del espacio y, el beneficio común de las tecnologías espaciales para todas las naciones del orbe sin excepción.

Donald Trump una vez más genera una sorpresa política en el ámbito internacional, anunciando una política privativa en materia espacial, ignorando procedimientos diplomáticos y sustrayendo el accionar de su gobierno a la política de cooperación acordada en la III Conferencia Unispace sobre la militarización del espacio.

La militarización que impulsa -en su vertiente más avanzada de armamentismo- vulnera con creces la estabilidad de un mundo agobiado por amenazas globales, las que sólo se pueden encarar a través de una cooperación para la paz, a través de la ciencia y la tecnología. De todos modos, es una sorpresa relativa, porque en el caso norteamericano, el programa está radicado hace años en la base Schriever de la US Air Force, en Colorado, y a su mandatario solo le basta un giro de política exterior.

El problema que representa el concepto de guerra espacial de Trump es, entonces, significativo. Ahora, la arquitectura militar gubernamental de Estados Unidos contaría con 6 tipos de fuerzas armadas, además de un pensamiento doctrinario de potencia aislacionista, que proactivamente corroe el sistema multilateral, específicamente en el campo espacial.

Durante los años 70, 80 y 90¨del siglo pasado, a medida que los paradigmas antes mencionados iban mutando por el voluntarismo de las grandes potencias y bajo la influencia de las empresas trasnacionales, también se iban erosionando las oportunidades de desarrollo en este campo para países pequeños. La ética de la cooperación se fue transformando en un bien escaso en el medio internacional y lo que ha predominado, es una enorme mediocridad estratégica para visualizar riesgos y desarrollo positivo.

En este cuadro, un nuevo actor se proyecta como un salvador de los intereses de América Latina: China, aunque bajo la misma consigna doctrinaria de poder, el uso de la fuerza y el poder financiero de manera bilateral, que equivale a un esfuerzo individual de potencias y que está expresamente prohibido por el artículo 2, número 4, de la Carta de la ONU.

El 50 aniversario del Tratado del Espacio que se celebra este año, debiera significar una era más marcada por el desarrollo y uso justo y equitativo de la tecnología para ayudar a resolver los problemas del “hombre global”, además de una vuelta a la ética de la cooperación. Es lo que insinúa un efectivo control de riesgos en campos tan diversos como la telemedicina, la educación a distancia, la mitigación de los efectos del cambio climático, la seguridad alimentaria u otros.

El anuncio de Trump va contracorriente, y viene precedido de un uso instrumental del artículo 4 del Tratado del Espacio de 1967, que se conoce en la jerga de la ONU como de ”desmilitarización”, en el cual no se prohíbe el uso de las armas convencionales. Una opinión consultiva a la Corte Internacional de Justicia, da como resultado que este uso está autorizado cuando existe como un fundamento de la legítima defensa. Una ampliación de la amenaza plausible a un hecho anticipatorio, como es la tendencia doctrinaria de la legítima defensa preventiva, genera un riesgo de imprevisibles consecuencias por la enorme discrecionalidad individual que conlleva.

El problema que representa el concepto de guerra espacial de Trump es, entonces, significativo. Ahora, la arquitectura militar gubernamental de Estados Unidos contaría con 6 tipos de fuerzas armadas, además de un pensamiento doctrinario de potencia aislacionista, que proactivamente corroe el sistema multilateral, específicamente en el campo espacial.

La tele -observación y las comunicaciones destinadas a reducir la brecha tecno científica, mediante la entrega del conocimiento a todas las naciones del mundo -con el subrayado de la pobre visión del tema por parte de Chile,-pone en jaque los principios fundamentales a los que hemos aludido. Lo anterior cuando lo que se espera de la tecnología espacial, es coadyuvar a estructurar los cimientos de un desarrollo sostenible, bajo el respeto de los bienes públicos y la no depredación o “maldición de los recursos naturales”.

Además, contradice lo que establecen las resoluciones de la Asamblea General de la ONU acerca de los usos pacíficos del espacio exterior y hace posible percibir desde “arriba” las crecientes desigualdades que hay entre los países y dentro de ellos. Y todo sucede en momentos en que gracias a dicha tecnología, avanzamos hacia la interconectividad global producto además de la Big Data e Internet.

En relación a la información proveniente de internet, resulta urgente resolver el tópico patentes que surgen vinculadas por ejemplo a la investigación de la Estación Espacial Internacional, el nuevo y creciente rol que juega China en alianza con algunos países de Latinoamérica y la omisión de regulación explícita de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, OMPI.

La política de aplicación de la fuerza espacial de Trump deja solo una oportunidad a países como Chile, esto es el conocimiento y uso del Derecho Espacial y de la palicación y funcionamiento de las instituciones que de él derivan, para -al menos en su poder conceptual- concurrir multilateralmente a la defensa de sus intereses, a prevenir los desastres naturales y humanitarios y, hacer de la cooperación espacial un instrumento de paz y progreso.

Es lo que corresponde impulsar a Chile, sobre todo en su calidad de presidente del grupo de experto de las conferencias Espaciales de las Américas.

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