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Ni el Bellas Artes se escapa: la tormenta interna por acoso laboral en el museo nacional

por 15 julio, 2018

Ni el Bellas Artes se escapa: la tormenta interna por acoso laboral en el museo nacional
Poco importa que un grupo de adherentes al peculiar estilo de dirección ejercido por el alto cargo del MNBA haya manifestado públicamente su apoyo a aquél o, que el cuestionado haya recorrido el abanico de medios de comunicación pregonando su inocencia y su bienhacer profesional. Su voz mesiánica premonizando que “la historia y el tiempo le darán la razón”, solo suena a excusa para los amigos. Respetando el derecho de cada cual a defender sus posiciones, hoy, ahora, lo único que importa es que la nueva administración manifestó cierta sensibilidad a la situación y cerró un tema abierto tiempo atrás.
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Con ocasión de la publicación en los diarios, esta semana, de la petición de cese de funciones al director del MNBA argumentando “pérdida de confianza en la gestión”, a muchos nos inundó una oleada de esperanza: más de dos años de diálogo con la anterior y la nueva administración de cultura, de quejas, denuncias, informes y peticiones se cerraban con aparente éxito, con la única decisión que podía traer la recuperación de la posición de prestigio que siempre ocupó el Bellas Artes, como el respeto de las instituciones extranjeras.

La demostrada incapacidad de gestión de su director estaba a la vista en las oportunidades perdidas de exposiciones internacionales que habían sido “bajadas” por él sin explicación plausible, tras un periodo de investigación que vinculaba al museo con otras instituciones latinoamericanas; la laxitud frente a los conflictos internos de la institución; el desinterés manifiesto hacia la puesta en valor de la colección del museo; su negativa permanente a gestionar la búsqueda de recursos y financiación; su desatención a las exposiciones al punto que prácticamente nunca asistía a un montaje o visitaba una sala antes de su inauguración; el ninguneo que ejercía sobre investigadores y curadores externos como con ciertos miembros de su propia planta; el frecuente incumplimiento de rendiciones de recursos de Ley de Donaciones.

Eso sumado a la retención de información a su equipo sobre programación de exposiciones temporales, lo que repercutía en las solicitudes de espacios y dañaba los proyectos externos; la deficiente coordinación de la seguridad del museo al punto que se sufrieron robos de piezas en exhibición en los últimos 3 años; su desinterés en la mejora de la difusión comunicacional que le era solicitada; su atrevida y cuestionable política de conservación de las obras del museo que le llevó incluso a “emparedar” una gran pieza de Roberto Matta que por su dimensión no entraba en bodega…y tantas otras causas.

Muchos de los que de un modo u otro venimos estando cerca de las políticas culturales en los últimos años, hemos participado en mesas de diálogo por una política cultural de Estado más eficiente. En ese contexto, el tema de los museos ha sido recurrente y muy debatido. Y el consenso ha sido generalmente unánime en torno a los problemas que plantea la mayor o menor sensibilidad hacia la cultura, según qué gobiernos, las carencias de línea museística, de presupuestos adecuados, de gestores/directores capacitados y motivados, de equipos mejor o peor dotados, de colecciones mal gestionadas, de continuismo en la subpolítica de género que desconoce el arte realizado por mujeres, etc.

Lo que es de todo punto inadmisible, es que se esté alimentando la opinión pública de singulares versiones proporcionadas por el director cesado y el grupo de adeptos a su cuestionada gestión, que fundamentalmente atacan frontalmente el prestigio profesional y la calidad moral de la curadora del museo, objeto del comportamiento irreverente ya calificado por el Instituto de Seguridad Laboral como hostigamiento laboral, en un ánimo sin tapujos de perjudicar su imagen y su credibilidad. Una mediocre y ruin manera de intentar sacudirse las culpas y desviar la atención sobre los propios errores, desconociendo la valentía y fortaleza de la única persona que se atrevió a denunciar el comportamiento que legalmente puede ser calificado de delito.

Bajando a particularizar el problema del MNBA, pocos o nadie en el sector de la cultura –definido como el grupo social integrado por cultores, artistas, curadores, investigadores, coleccionistas, galeristas, funcionarios y subcontratados de museos, centros culturales y otras instituciones del rubro- puede decir hoy con verdad que no había escuchado o que desconoce los problemas de gestión que ha venido enfrentando el Museo Nacional de Bellas Artes. Esto ha sido un secreto a voces. Los Gestores y Curadores Independientes que hemos trabajado los últimos años con el Bellas Artes -yo por ejemplo con 3 exposiciones en 2015, 2016 y 2017- constituímos un grupo de referencia formal, que puede dar testimonio de una experiencia “en directo” con el museo.

Para unos, quizá, satisfactoria en su apreciación personal; para otros, los más, insatisfactoria, frustrante, insuficiente. Ausencia de una dirección tutorando el proyecto, nula implicación del museo, obstáculos diversos para el empleo de recursos. Rechazo al reconocimiento de las autorías –tanto de artistas como de los propios curadores o gestores- y a la difusión de los auspicios relevantes para las muestras. Solo el apoyo de un equipo comprometido, a pesar de la dirección ausente, nos ha permitido a los curadores independientes este tiempo, llevar a término la puesta en pié de exhibiciones, por cierto, algunas de ellas, de la máxima importancia artística y cultural.

Existe hoy, además de estas y otras fundadas razones para una petición de renuncia, una denuncia al director del MNBA por acoso laboral, presentada al Instituto de Salud Laboral (ISL), que viene a sumarse a las razones que, a nuestros ojos, pueden constituir sobrada causa para inhabilitar a un cargo, por muy público o privado que éste sea.

Dicha investigación arrojó como resultado que: “Se corroboran riesgos evaluados por la gran mayoría de los entrevistados por un tiempo importante. Sin cambios, a pesar de malos resultados en encuesta de riesgo psicolaboral desde 2016 (…) Laxitud laboral (bloqueo respecto del rol y funciones de la curadora primera del Museo)" y Liderazgo disfuncional que en su descripción indica: “Las jefaturas mantienen estilos de dirección en extremos de rigidez o flexibilidad con efectos en un pobre desempeño en la resolución de conflictos interpersonales, favoritismos, conductas hostiles hacia trabajadores que participan o grupo de trabajadores. Estas acciones incluyen conductas de acoso laboral como menoscabos, aislamiento, burlas, agresiones y trato despectivo. Además de un riesgo laboral, el acoso laboral constituye delito civil definido en la Ley n° 20.607 posible de llevar a juicio. Menoscabo reconocido por los médicos tratantes durante el proceso de investigación.” _ (Tania Gonzalez #Anatrap).

Esta situación de “acoso” fue ya denunciada desde el sector en los últimos meses de la anterior administración, que abrió una diligencia, actualmente recogida y concluida por la nueva administración.

Poco importa que un grupo de adherentes al peculiar estilo de dirección ejercido por el alto cargo del MNBA haya manifestado públicamente su apoyo a aquél o, que el cuestionado haya recorrido el abanico de medios de comunicación pregonando su inocencia y su bienhacer profesional. Su voz mesiánica premonizando que “la historia y el tiempo le darán la razón”, solo suena a excusa para los amigos. Respetando el derecho de cada cual a defender sus posiciones, hoy, ahora, lo único que importa es que la nueva administración manifestó cierta sensibilidad a la situación y cerró un tema abierto tiempo atrás. Una patata caliente que, por cierto, se podía haber evitado si hubieran podido ser invalidados los últimos actos administrativos llevados a cabo por el ex director de la Dibam y también cesado, Ángel Cabeza, quien, en vísperas de su marcha, renovó el periodo del director del museo a pesar que personalmente lo tenía –según él mismo admitió por escrito- bajo el punto de mira, en observación de las irregularidades que ya le habían sido denunciadas.

Siempre las mismas que esta semana le han costado el puesto. No fue el único regalo que su superior directo le hizo antes de marchar. También le obsequió con la entrega del paquete de papeles que sustentaban las denuncias de acoso cursadas por personas del sector, sobre las que la subdirectora de Cultura le había ordenado abrir una investigación.

Lo que es de todo punto inadmisible, es que se esté alimentando la opinión pública de singulares versiones proporcionadas por el director cesado y el grupo de adeptos a su cuestionada gestión, que fundamentalmente atacan frontalmente el prestigio profesional y la calidad moral de la curadora del museo, objeto del comportamiento irreverente ya calificado por el Instituto de Seguridad Laboral como hostigamiento laboral, en un ánimo sin tapujos de perjudicar su imagen y su credibilidad. Una mediocre y ruin manera de intentar sacudirse las culpas y desviar la atención sobre los propios errores, desconociendo la valentía y fortaleza de la única persona que se atrevió a denunciar el comportamiento que legalmente puede ser calificado de delito. Y ello sin que a nadie en la Administración se le mueva una pestaña. ¿Para cuándo la protección de una profesional hostigada?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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