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OPINIÓN

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El piñerismo, Copesa y Schmidt: la semántica del poder

por 13 agosto, 2018

El piñerismo, Copesa y Schmidt: la semántica del poder
El piñerismo, como cultura política, está mucho más enraizado en las corporaciones que en los partidos que lo sustentan. La cultura organizacional que imbuye al Gobierno no es la que se desprende de sus novísimos “intelectuales” ocupados de pensar “ideas”. Al contrario, es el management blando, es la gestión gerencial empática, la que guía al Ejecutivo. De este modo, en caso de fracasar, el fracaso del piñerismo sería, también, el del discurso de las grandes corporaciones. Así, la izquierda, acostumbrada a reclamar contra El Mercurio, parece pasar por alto el grado de interconexión que existe entre el piñerismo y Copesa; y así, la derecha política, acostumbrada a reclamar desde los partidos, parece pasar por alto el grado de interconexión que existe entre el piñerismo y las grandes corporaciones. Y es que comparten, en el fondo, una semántica del poder, una relación estrecha entre sentido y poder que transforma a los valores empresariales, formulados como estrategias de management, en la única verdad posible. ¿Cómo se aplica esto al Ministerio del Medio Ambiente? Está por verse.
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El concepto “puerta giratoria” aparece en el debate público chileno con, al menos, dos acepciones. La primera, se refiere al supuesto flujo de entrada y salida desde los recintos penitenciarios. La segunda, más acorde al que existe en otras latitudes, se refiere al flujo de personeros clave desde el sector público hacia el sector privado y viceversa. En general, esta práctica se encuentra regulada con los plazos de “enfriamiento” o “intervalo”, sobre la base de los cuales la persona involucrada no puede fluir desde el Estado hacia un privado relacionado con su empleo anterior en un determinado tiempo. Esto supone un equilibrio o ponderación entre el derecho al trabajo y el interés público que busca resguardar la información del Estado, el conocimiento acumulado en las instituciones públicas y cuidar que ningún privado tenga condiciones privilegiadas.

Este tipo de reglas existen en latitudes tan distantes como Estados Unidos, la Unión Europea, naciones asiáticas y otras donde tiende a coincidir la regulación en torno a dos años de plazo de intervalo. El Informe Engel, por su parte, propone un plazo de un año. Este Gobierno ha recogido, solo en parte, algunos de estos criterios, proponiendo recientemente una tibia ley de inhabilidades e incompatibilidades.

Dentro de la propuesta, el Ejecutivo parece más preocupado de regular a los abogados fiscalizadores, los hermanos Osorio, que de regular a ministros y jefes de áreas. En el reciente cambio de gabinete, observamos que la nueva ministra del Medio Ambiente, Carolina Schmidt, pasa de ser gerenta general del grupo Copesa al gabinete.

El grupo Copesa es la corporación de medios más poderosa del país, contándose entre sus propiedades radios, diarios, revistas y plataformas en línea. Copesa, a su vez, es el brazo mediático de uno de los grupos económicos más grandes del país y del continente, como es el Grupo Saieh, que tiene o ha tenido intereses en prácticamente todas las áreas de la economía. En esta red empresarial, que desemboca en grupo de medios, destaca, inexorablemente, el diario La Tercera.

El nombramiento de Schmidt permite pensar que aquellas virtudes gerenciales que la llevaron a Copesa, antes a revista Capital, directorios y otros espacios, son, precisamente, las virtudes centrales en el modo de gobierno que, sépalo o no, guía al piñerismo como un faro en medio del océano. Schmidt ya arrastra una relación con el Presidente, siendo ministra en dos carteras en su Gobierno pasado. Para comprender más a fondo a Schmidt, debemos recurrir a la influyente literatura “managerial” que copa las librerías y los estantes de gerentes y ministros. En particular, para comprender al piñerismo, es útil leer a autores como Rosabeth Kanter, quien es la representante femenina más conocida de este tipo de literatura. Kanter es una investigadora de lo que se suele describir como la “corporación postempresarial”, donde “la delegación de poder en los individuos actúa como una fuerza que permite el cambio en las empresas” (The change masters, 1983). Para Kanter, la germinación de la burocracia interna dentro de la gran corporación impide que “aflore el talento” de sus empleados, por lo que propone luchar contra ella. En este punto, las teorías de Kanter se intersectan con los postulados de autores neoclásicos en economía que, precisamente, escriben contra la burocracia estatal.

El poder de las corporaciones

–¿Es el caso de Schmidt un caso de puertas giratorias entre el mundo privado y el Estado?

Lo más sorprendente respecto a esta pregunta es que ha pasado completamente inadvertida, como si fuera un asunto normal el que una gerenta general de una corporación de medios pase a ser ministra de Estado. Esto no se trata sobre cuestionar las competencias profesionales de la ministra, ni tampoco establecer, en principio, un problema de conflictos de intereses. En este caso, lo que salta a la vista es la cohabitación de los intereses públicos con los intereses privados, estableciéndose un puente entre una gran corporación de medios y el poder político.

Si acaso el cargo de gerenta general implica o no una puerta giratoria deviene irrelevante, pues –al no tener ley sobre el tema– lo que en realidad tenemos es el reino de la discrecionalidad. Si fuéramos puntillosos, este asunto debiera estar regulado en la ley de medios, en tanto es su independencia, la que se ve involucrada cuando un determinado Gobierno se lleva “con grúa” a sus principales asalariados. Ante la ausencia de ley de puertas giratorias, y que la ley de medios no observa el problema, aparece entonces la pura voluntad político-empresarial que desplaza al ciudadano hacia la condición de audiencia pasiva. Así, la realidad configurada desde los medios es que no hay pregunta ni cuestión posible sobre el nombramiento de Schmidt.

Más allá del asunto normativo, salta a la vista que el caso exhibe una arista ulterior: la gestión de Schmidt en Copesa. Si la nueva ministra es reconocida por sus habilidades del management, por el manejo de conflictos, por la pulcritud en sus decisiones, ¿por qué ocurrió lo que ocurrió en Copesa en estos últimos meses? Vale recordar que, durante la gestión de Schmidt, se cerraron tres medios de comunicación dependientes de Copesa, como eran revista Qué Pasa, diario La Hora y revista Paula, esta última reducida a un segmento, dentro del portaviones de emergencia en que ha devenido La Tercera, donde también aterrizó, como segmento económico, el difunto diario Pulso.

Es decir, cuatro medios de comunicación, dos revistas y dos diarios, fueron terminados o reducidos durante la gestión de Schmidt en Copesa. En estas decisiones, claro está, ella no operó sola, sino en conjunto con Andrés Benítez, ex rector de la Universidad Adolfo Ibáñez y, fundamentalmente, junto a Rodrigo Errázuriz Ruiz-Tagle. Este último es indicado como el “hombre fuerte” de los cierres de medios y el despido masivo de periodistas y trabajadores. Schmidt no es “la culpable” de estas decisiones, ni son ellas “pecados públicos”. Sin embargo, no puede dejarnos indiferentes que este flujo de personeros clave se dé, precisamente, en un contexto de cierre de cuatro medios de comunicación. El diseño “para adelante” se conjuga en torno a la misma palabra que se conjuga para TVN: Secuoya.

No es casual ni trivial que estemos ante un caso de posible puerta giratoria desde un medio de comunicación. Son los medios los que ocupan, progresivamente, espacios de poder a los que los políticos no pueden acceder sino a través del diseño corporativo. La operación semántica en la cual se asienta este poder mediático no deja de sorprender en su astucia conceptual.

Si la libertad de expresión es un principio estructural de las democracias modernas, las corporaciones mediáticas toman este principio y lo subvierten, hasta someterlo a las reglas de propiedad. La libertad de expresión, concentrada en las corporaciones, termina sometida a la voluntad de sus dueños y controladores. Hector Borrat, el influyente intelectual uruguayo, decía que el periódico es un actor político, en tanto configura su propio universo semántico y crea el antagonismo que hace inteligible eso que llamamos realidad.

Hoy, debemos hablar, en realidad, de la corporación mediática como un actor político. En tanto actor político, el esquema de gobierno corporativo interno permite comprender su adaptación al entorno y, a través de esas adaptaciones, su relación con el poder. Detrás de la corporación mediática, se ubica el dueño o controlador, siempre presentado como un noble promotor de la libertad de expresión. En otras latitudes ese ha sido el juego de Héctor Magneto, en Argentina, dueño del grupo Clarín, o Rupert Murdoch, en Inglaterra.

Management Piñerista

¿Qué es lo que trae Carolina Schmidt al Ministerio del Medio Ambiente?

El nombramiento de Schmidt permite pensar que aquellas virtudes gerenciales que la llevaron a Copesa, antes a revista Capital, directorios y otros espacios, son, precisamente, las virtudes centrales en el modo de gobierno que, sépalo o no, guía al piñerismo como un faro en medio del océano. Schmidt ya arrastra una relación con el Presidente, siendo ministra en dos carteras en su Gobierno pasado. Para comprender más a fondo a Schmidt, debemos recurrir a la influyente literatura “managerial” que copa las librerías y los estantes de gerentes y ministros.

En particular, para comprender al piñerismo, es útil leer a autores como Rosabeth Kanter, quien es la representante femenina más conocida de este tipo de literatura. Kanter es una investigadora de lo que se suele describir como la “corporación postempresarial”, donde “la delegación de poder en los individuos actúa como una fuerza que permite el cambio en las empresas” (The change masters, 1983). Para Kanter, la germinación de la burocracia interna dentro de la gran corporación impide que “aflore el talento” de sus empleados, por lo que propone luchar contra ella. En este punto, las teorías de Kanter se intersectan con los postulados de autores neoclásicos en economía que, precisamente, escriben contra la burocracia estatal.

La conexión entre el líder managerial –encarnado en la figura del gerente empático– y la burocracia interna, aparece como el principal activo de las corporaciones. Por eso, este tipo de gestión empresarial se reproduce en seminarios sobre liderazgo, habilidades blandas para gerentes, y otros similares. En el plano estructural, este tipo de corporación postempresarial se vincula con su entorno de un modo “distinto” en el marco de una “responsabilidad social” que permite cimentar la generación de valor corporativo. Estas ideas se conectan, a su vez, con la literatura contemporánea sobre lobby, donde, precisamente, se recomienda que las empresas desarrollen áreas de vinculación con las comunidades y que contraten representantes que los conecten con la clase política.

En este sentido, el caso de Schmidt, así como el de otros ministros de Piñera I y II, permiten vislumbrar, tras bambalinas, la manera en la cual el Gobierno piensa el liderazgo y la gestión pública. Precisamente, la estrategia que parece envolver la labor gubernamental es la de importar desde las grandes corporaciones los criterios y métodos de gobierno empresarial que, presentados como un conocimiento neutral, vendrían a “optimizar” y “modernizar” el Estado. Es así como los postulados sobre el buen manejo de las empresas va coincidiendo con el del buen manejo del Estado, organizándose en la misma zona del “saber”.

El Estado y la Empresa, según esta visión, se parecen en tanto deberían propender a configurarse como tecnologías del poder similares, es decir, formas de organización neutrales y eficientes. La encarnación de esto, en el piñerismo, serían los ministros-gerentes-empáticos, de los cuales Schmidt sería una muestra.

De esta manera, observamos que el piñerismo, como cultura política, está mucho más enraizada en las corporaciones que en los partidos que lo sustentan. La cultura organizacional que imbuye al Gobierno no es la que se desprende de sus novísimos “intelectuales” ocupados de pensar “ideas”. Al contrario, es el management blando, es la gestión gerencial empática, la que guía al Ejecutivo. De este modo, en caso de fracasar, el fracaso del piñerismo sería, también, el del discurso de las grandes corporaciones. Así, la izquierda, acostumbrada a reclamar contra El Mercurio, parece pasar por alto el grado de interconexión que existe entre el piñerismo y Copesa; y así, la derecha política, acostumbrada a reclamar desde los partidos, parece pasar por alto el grado de interconexión que existe entre el piñerismo y las grandes corporaciones.

Y es que comparten, en el fondo, una semántica del poder, una relación estrecha entre sentido y poder que transforma a los valores empresariales, formulados como estrategias de management, en la única verdad posible. ¿Cómo se aplica esto al Ministerio del Medio Ambiente? Está por verse.

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