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Difíciles tiempos para la Iglesia católica y sus feligreses

por 2 octubre, 2018

Difíciles tiempos para la Iglesia católica y sus feligreses
Pese a la contundencia de las denuncias existentes en contra de ya 229 sacerdotes, desde hace 20 años a la fecha, aún hay quienes se niegan a creer que esos deleznables hechos hayan sucedido, o que, si sucedieron, fue en un contexto que los hacía humanamente comprensibles. Esa es la idiosincrasia chilena, de una política en la medida de lo posible, de la discusión que tiende al “empate”. Es ese “Chile a medias”, ese país “en vías de desarrollo”, el mejor alumno de la clase de país tercermundista.
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En lo que va de estos años, en los cuales Chile se ha posicionado a nivel internacional como uno de los países donde más claramente se ha visualizado el abuso sexual y de poder por parte del clero hacia los niños, niñas y adolescentes, la noticia sobre la dimisión del estado clerical de Fernando Karadima por parte del Papa Francisco, marca un antes y un después.

El decreto vaticano firmado este jueves 27 de septiembre de 2018, de entrada en vigor inmediata, cierra uno de los capítulos más amargos y controvertidos de la Iglesia católica chilena. Además, resulta inevitable su relación contingente con la del otrora defensor de los derechos humanos, el vicario Cristián Precht, quien el 15 de septiembre sufrió la misma suerte.

Así y todo, y pese a la contundencia y multiplicidad de las denuncias existentes en contra de ya 229 sacerdotes, desde hace 20 años a la fecha, aún hay quienes se niegan a creer que esos deleznables hechos hayan sucedido, o que, si sucedieron, fue en un contexto que los hacía humanamente comprensibles.

No es posible relativizar ni por un momento el inconmensurable daño que se le hace a ese niño o niña abusado, y que seguirá con él durante toda su vida. En el mejor escenario, tendremos a un adulto que ha pasado por un largo proceso terapéutico, que le ha permitido entre otras cosas integrar esa experiencia en su continuo vital. Porque en estos casos no se vale eso de “olvidar”, en tanto el abuso sexual del cual se ha sido víctima es algo que se lleva de forma perenne e indeleble.

Esa es la idiosincrasia chilena, de una política en la medida de lo posible, de la discusión que tiende al “empate”, de una justicia que se relativiza a reconocer los hechos al tiempo que señala que hay que “ver el otro lado también”. Es ese “Chile a medias”, ese país “en vías de desarrollo”, el mejor alumno de la clase de país tercermundista.

Algo nos pasa. Algo similar a lo que sucede en la mente de un abusador sexual. Y es que, para soportar la pesada carga que implican estas desviaciones, se yerguen mecanismos defensivos (justificaciones o atenuaciones) y distorsiones cognitivas (pensamientos erróneos inconscientes), que nos permiten sobrellevar aquello que nos resulta incomprensible y terrorífico.

Pero sucede que con el abuso sexual de niños, niñas y adolescentes no caben “medias tintas”.

No es posible relativizar ni por un momento el inconmensurable daño que se le hace a ese niño o niña abusado, y que seguirá con él durante toda su vida. En el mejor escenario, tendremos a un adulto que ha pasado por un largo proceso terapéutico, que le ha permitido entre otras cosas integrar esa experiencia en su continuo vital. Porque en estos casos no se vale eso de “olvidar”, en tanto el abuso sexual del cual se ha sido víctima es algo que se lleva de forma perenne e indeleble.

Por ello, esta decisión vaticana lo que viene a hacer es a resolver esa tensión permanente entre la creencia y la duda, disipando la angustia que hoy a muchos aqueja.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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