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OPINIÓN

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Entiendo tu dolor, entiende el mío

por 1 marzo, 2019

Entiendo tu dolor, entiende el mío
Te pido que entiendas mi dolor. Y te lo pido porque Chile fue mi país elegido y lo siento también un poco mío. Te pido que entiendas que no se trata de los años 70 ni tampoco de Chile, que no es derecha contra izquierda. En la Venezuela de 2019 son otros los protagonistas: y Maduro no es Allende ni Guaidó es Pinochet, es otra la historia y es distinto también el horror. Ni más ni menos terrible. Diferente. Pero terrible.
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Lo primero que quiero decirte es que entiendo tu dolor. De verdad. Sinceramente. Comprendo que te siga doliendo el dolor de hace cuatro décadas. El dolor de Chile fue dolor de todo el continente y del mundo. El dolor de las víctimas.

Conocí tu dolor a la distancia. En los 70 y 80 fui niña y adolescente en un país con una realidad muy distinta al del tuyo –mi país es ese que durante esas décadas parecía tan boyante y que ahora sangra, ya sabes de cuál país te hablo, ese que conoces quizás por el tricolor y las misses, por el petróleo o El Puma, ese país del que también hablas desde tu defensa del chavismo.

Sin embargo, a pesar de mi edad y gentilicio, en esos años no fui nunca del todo ajena a lo que pasaba en este sur en el que ahora vivo. Tuve –y tengo- amigos que son paisanos tuyos y que huyeron de tu país hacia el mío durante los primeros años de ese horror que tú viviste en carne propia por 17 años. Ellos se refugiaron allí. Bueno, intentaron refugiarse, porque nadie se esconde del todo del horror.

Más adelante, ya universitaria, comencé a enterarme más sobre tu país desde los libros. Muy joven participé en la obra teatral Pequeños animales abatidos de Alejandro Sieveking. Para comprenderla, leí mucho sobre los primeros años de la dictadura de Pinochet, y después también leí mucha poesía y narrativa chilena que contextualizaban esos años. Entendí y sentí, desde la literatura, el dolor del chileno: la violencia, la crueldad, la maldad vividas. Y mi corazón allí estaba, a la izquierda de mi pecho como un estandarte.

Por eso soy capaz de comprender que las heridas siguen, que nunca se borrarán, porque no es fácil superar la muerte –sin retórica, es mejor decir las cosas como son: el asesinato- de una hija, de un esposo, de un padre, de una hermana. Porque no es fácil vivir con miedo, ni tampoco vivir luchando contra el miedo. Porque no es fácil gritarlo y que no te oigan. Porque tampoco es fácil decirle a los hijos que unos criminales mataron a su mamá porque pensaba distinto que ellos. Lo sé. Una dictadura es una rebanadora de carne, te pica en trozos y no contenta con ello es también un fantasma que te persigue con el filo. Una dictadura no te la puedes sacar de la cabeza tan fácil porque quebró una esencia de ti. Eso hacen los victimarios: volverte añicos el cuerpo y el alma.

Solo te pido que entiendas y me oigas. Repito nuevamente: me duele tu dolor. Si quieres escuchar sobre el mío, estaré yo –y tantos (somos más de 288.000 voces aquí)- para contarte. Me encantaría que me oyeras, quisiera hablarte de tantas historias que desconoces, que no has vivido. Las cosas son como son, no son como las imaginas desde la distancia. No sabes cómo es mi casa, ni mi calle, ni qué dejé ni a quiénes dejé. No sabes lo que es una empanada de cazón, una bolsa llena de mamones, Mochima al amanecer, la luz de Caracas. No sabes lo tanto que perdimos. No sabes de mis noches de insomnio ni de esa tristeza que me impide escribir.

Durante todos esos años no tuve más experiencias con dictaduras que las literarias. Pero te lo juro que desde las palabras estuve presente sanando heridas y puse mi hombro a cada chileno que me encontré en el camino. No solo me dolió su dolor (en sus distintas dimensiones, porque no es uno solo). Y no solo traté de aliviarlo. También escuché diversas posiciones, explicaciones, puntos de vista tan contradictorios como terribles. Y los respeté. Hice silencio cuando se hablaba de algo que yo no sabía, porque yo no lo había vivido, no era testigo, no tenía constancia; porque yo no lo llevaba en mi ADN ni en mis músculos ni en mis lágrimas. Entonces decía: mejor abraza, mejor acompaña, mejor calla.

Ahora te pido lo mismo. Te pido que entiendas mi dolor. Y te lo pido porque Chile fue mi país elegido y lo siento también un poco mío. Te pido que entiendas que no se trata de los años 70 ni tampoco de Chile, que no es derecha contra izquierda. En la Venezuela de 2019 son otros los protagonistas: y Maduro no es Allende ni Guaidó es Pinochet, es otra la historia y es distinto también el horror. Ni más ni menos terrible. Diferente. Pero terrible.

No te voy a decir mi posición, porque debes saberla, pero te la resumo: no quiero a un venezolano más con hambre, ni muriendo de enfermedades prevenibles con un simple antibiótico que no hay, no quiero a más chamitos desnutridos, no quiero a más gente comiendo de la basura, no quiero más migrantes contra su voluntad, no quiero más muertos por disentir. Tampoco quiero un gobierno que sea ajeno al dolor de la gente, ajeno a sus carencias más básicas, no quiero un gobierno que solo se mire el ombligo, ni que se ría de las muertes que causa. No quiero un gobierno que limite derechos, que cierre medios, que encarcele a discreción a quien piense distinto. No quiero un gobierno que recurra a la violencia, al cinismo, al crimen, que apueste a ver quién muere antes, quién muere más. No quiero un gobierno que dure veinte años, un poder Ejecutivo que, avaricioso, engulla los demás poderes. No quiero asesinos, sedientos de venganza, manipuladores que solo usan al pueblo para beneficiarse a sí mismos. No quiero ladrones que engordan sus propias cuentas en el extranjero, mientras reparten bolsas de miseria o mandan quemar camiones con ayuda humanitaria.

Es mi derecho a tener esta versión, porque la conozco, la viven en carne propia los míos. Además ahora hemos podido documentar –gracias a la tecnología que permite a todos ser periodistas- en vivo y en directo los testimonios de cada violación de derechos. Los ciudadanos han tenido la oportunidad de presentar pruebas de cada atrocidad. Allí están las víctimas día a día. Míralas.

No puedes, sin tener ni puta idea de lo que pasa, desmentir lo que estoy diciendo, solo porque crees que abrigo una ideología que no es la tuya (y, repito, la ideología que tú crees que yo tengo, porque yo solo te he hablado de Derechos Humanos, no he tocado a la derecha ni a la izquierda porque te cuento que eso en Venezuela se mide muy distinto que en Chile).

Como entiendo tu dolor, también entiendo tu furia, también entiendo que estés confundido y creas que Chile y Venezuela son la misma cosa, que son los “malditos yanquis” y todo lo demás que forma parte de tu relato. Lo que no acepto es que me digas que soy “momia”, porque según tu lógica –y sin preguntarme- juras que porque sostengo que Maduro está usurpando la Presidencia, también le prendo una velita cada noche a Trump y apoyo todo lo que te hizo Pinochet.

Solo te pido que entiendas y me oigas. Repito nuevamente: me duele tu dolor. Si quieres escuchar sobre el mío, estaré yo –y tantos (somos más de 288.000 voces aquí)- para contarte. Me encantaría que me oyeras, quisiera hablarte de tantas historias que desconoces, que no has vivido. Las cosas son como son, no son como las imaginas desde la distancia. No sabes cómo es mi casa, ni mi calle, ni qué dejé ni a quiénes dejé. No sabes lo que es una empanada de cazón, una bolsa llena de mamones, Mochima al amanecer, la luz de Caracas. No sabes lo tanto que perdimos. No sabes de mis noches de insomnio ni de esa tristeza que me impide escribir.

Después de oírme, si quieres, puedes seguir apoyando a Maduro, pero de verdad, no me lo cargues ni a mí ni a los míos. No me lo desees como presidente, porque a ti no te afecta su presencia, pero sí a mi gente. Asúmelo si quieres como tu líder, ríndete con devoción a sus ideas, ¿las tiene? Eso sí, intenta no mancharte tú también de sangre.

Y si tras todo esto tampoco quieres oírme y prefieres seguir con tu interpretación sin sustento sobre Venezuela, te exijo que no hagas chistes, te pido que investigues en tu propia versión, a ver si la logras sustentar. Si aún sigues creyendo en tu postura, te pido entonces que respetes la mía. Yo estoy y estaré siempre en defensa de las víctimas. Lo que me duele es que ahora tú te cambies de bando y defiendas al victimario.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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