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La lealtad de Allende

por 11 septiembre, 2019

La lealtad de Allende
Ahora que se vive una etapa de cuestionamiento de la política y hay en la ultraderecha quienes se postulan como salvadores providenciales, nuevos mesías autoritarios, violentos populistas y nostálgicos de Pinochet, es un buen ejercicio volver a mirar el camino que Allende transitó, sus propias cualidades y la trayectoria coherente que lo transformó en el dirigente que las multitudes admiraban y que representó la lucha por el cambio social en Chile.
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El mes de septiembre de nuevo alentará evocaciones sobre Salvador Allende, su rol histórico, aciertos o errores, y el carácter de su liderazgo. A casi medio siglo de su victoria electoral, en 1970, su legado estará en el centro de la reflexión histórica, en Chile y en muchos países, que buscan avanzar hacia una sociedad mejor, uniendo la democracia con la justicia social.

Ahora se vive una etapa de cuestionamiento de la política y se radican las dificultades en el régimen democrático que pasa a ser identificado como corrupto e ineficiente; así, hay en la ultraderecha quienes se postulan como salvadores providenciales, nuevos mesías autoritarios y violentos populistas como Bolsonaro en Brasil, extremistas que gobiernan dispuestos a imponer su voluntad por medio del uso brutal de la fuerza.

Tales demagogos, nostálgicos de Pinochet, intentan liquidar las organizaciones sociales y diluir la cultura de asociatividad del mundo popular, con el objetivo de anular la acción unitaria de la comunidad, atomizándola, anulándola en infinitos estímulos que se vuelven ineficaces. En la vorágine mediática el individualismo es tan fuerte que también hay ese tipo de conductas en las filas de la centroizquierda. Figuras narcisistas que se enceguecen por las cámaras que el adversario ideológico les provee fácilmente.

Por eso, es un buen ejercicio volver a mirar el camino que Allende transitó, sus propias cualidades y la trayectoria coherente que lo transformó en el dirigente que las multitudes admiraban y que representó la lucha por el cambio social en Chile. Se trata de atesorar las lecciones que lo llevaron a ser el líder inolvidable, que supo pagar con su vida la lealtad del pueblo.

Los hechos son objetivos, Allende como líder y figura política no fue una casualidad ni una improvisación. Desde joven asumió su compromiso con la justicia social, con su participación en el Partido Socialista en Valparaíso, de entonces dedicó su vida a la brega por un país más justo, humanista y solidario. Fue ministro de Salud, diputado y senador, impulsó reformas en el Gobierno de Pedro Aguirre Cerda y luego desde el Congreso Nacional en sus constantes iniciativas como parlamentario.

En su camino a la Presidencia abogó por la unidad más amplia de las fuerzas populares. Cuando fue ministro, en 1938, formó parte del gobierno del Frente Popular que unió un potente arco democrático de fuerzas, sociales y políticas, de izquierda y de centro, desde el Partido Radical al Comunista, por cierto, incluyendo a su partido, el Socialista. Así, lo esencial en su acción política fue derrotar la resistencia de la oligarquía dominante al advenimiento del cambio social que Chile necesitaba.

Recorrió Chile con voluntad inquebrantable, llegó hasta el último rincón conociendo y aquilatando la realidad nacional para echar las bases y proyectar su alternativa de cambios estructurales. Su tarea fue apoyar la conciencia democrática y el rechazo del apoliticismo y la incultura, bregó por el uso y dominio de los derechos fundamentales de las personas y enseñó a no dejar pasar la manipulación demagógica de la ignorancia y el embrutecimiento del mundo popular por grupos o sectores sin escrúpulos.

Allende aportó como pocos a que la izquierda chilena fuera una poderosa fuerza cultural, sin encerrarse en sí misma, sin sectarismo, con nítida perspectiva programática, apartándose de luchas fratricidas y del visceral canibalismo político que tanto daña a las fuerzas populares. Trascendió lo puntual y ocasional. Hizo del proyecto popular un proyecto nacional.

Ese afán lo formó, fue alumno y maestro en las luchas populares de su época, protagonista durante décadas en la escena política porque aprendió de esos encuentros y movilizaciones, recogió los sentimientos y la sabiduría popular que le inspiró su ruta estratégica, la que se desplegó en su máxima expresión en su Gobierno y que definió como “la vía chilena” al socialismo, uniendo siempre el máximo de fuerzas disponibles para resolver cada desafío histórico.

El movimiento popular lo convirtió en su abanderado, lo acogió, defendió y respaldó durante décadas. En ese acuerdo entre el líder y su pueblo existía una complicidad profunda, fundada en el conocimiento mutuo, lograda en el duro bregar por los derechos sociales y económicos negados por el sistema oligárquico.

Allende reivindicó esos derechos cuando aún eran enteramente desconocidos por el régimen imperante, por eso, no fue uno más, una especie de cometa fugaz como tantos aparecidos que pretenden liderar la causa popular a la que llegan unas semanas antes y que intentan expresar, con cinismo, de un día para otro. Su constancia y consecuencia distinguen su legado político.

Tomando un camino propio e insistiendo en forma permanente en regirse por la realidad chilena, tuvo un profundo compromiso internacionalista. Condenó resueltamente la intervención militar de Estados Unidos, en 1965, en República Dominicana. Asimismo, en los momentos más difíciles de los bombardeos norteamericanos en Vietnam, estuvo con el Presidente Ho Chi Minh, en Hanoi, en un acto de consecuencia que defendía el irrenunciable derecho de los pueblos a la independencia nacional y a decidir su propio destino. Así como, siendo presidente del Senado, se movilizó en defensa del grupo de sobrevivientes de la guerrilla del Che, en Bolivia.

También habló en el Senado contra la invasión de la Unión Soviética a Checoslovaquia, en 1968, que puso término al esfuerzo histórico del visionario líder Alexander Dubček, de indispensables reformas democráticas en el régimen autoritario instalado durante el periodo estalinista, con el objetivo de construir un “socialismo con rostro humano”.

Allende apoyó el Movimiento de países No Alineados y condenó el bloqueo a Cuba, estableciendo un permanente diálogo político con el líder de la revolución cubana, Fidel Castro, respaldando a la Organización Latinoamericana de Solidaridad, referente de partidos y movimientos antiimperialistas en los años sesenta.

Allende murió para vivir. Fue un gesto de suprema lealtad con el pueblo que le acompañó en tantas jornadas, con obreros y campesinos, trabajadores e intelectuales, científicos y artistas, de todas las edades, género y condiciones, con ellos entró en la historia.

De modo que su elección a la Presidencia de la República de inmediato repercutió en Washington. Allí el entonces Presidente Nixon impartió inmediatas instrucciones para intervenir en los asuntos internos de Chile. En el esquema bipolar, entendía que en su “área de influencia” solo cabía hacer lo que el poder norteamericano permitiera y ordenó la intromisión imperialista.

El hecho histórico comprobado es que, apenas electo Allende, Nixon reunió el llamado Comité 40, donde el jefe de la CIA y otros altos funcionarios de organismos operativos recibieron la funesta orden de hacer “crujir” la economía chilena, es decir, de conspirar para echar abajo al régimen democrático. Así se desnuda el falso nacionalismo de la derecha chilena.

Allende asumía con crudo realismo que tenía inmensos obstáculos que vencer, tanto provenientes de la conspiración del centro hegemónico mundial en Washington, como también de la terca y torpe incomprensión de la ultraizquierda; por diferentes razones se movían los recursos e instrumentos que cerraban el paso a su proyecto político, la “vía chilena”. Aun así, Allende no claudicó.

Mantuvo su estatura de líder nacional hasta el último momento, antes, durante y después del bombardeo aéreo, el día 11 de septiembre. Al concretarse el golpe de Estado, en La Moneda, antes de ofrendar su vida, se preocupó de la evacuación de sus hijas, médicos y combatientes, en una decisión inquebrantable de no rendirse a la usurpación del poder por el ilegítimo y brutal mando golpista.

Ese día final sabía bien cuál era su responsabilidad y lo que debía hacer. Mientras unos brindan y esperan tras bambalinas que los golpistas los llamen a gobernar, cuando los militantes que debían luchar son ultimados y los brotes de resistencia son sofocados, y el terror lleva a que algunos deserten, y en el país se inicia la brutal revancha de los oligarcas, en medio de la vorágine caótica de la acción golpista, Allende inalterable va a La Moneda a dejar la vida en defensa de la democracia.

Desde que es alertado de la puesta en marcha del golpe de Estado en Valparaíso, su actitud es inequívoca, no hay nerviosismo en su conducta, no se confunde ni contradice, no dice una cosa para hacer otra, sale de la residencia de Tomas Moro a enfrentar el fin de una etapa histórica que, al mismo tiempo, termina su propia existencia material como luchador político y social.

Allende se dirige a La Moneda a dar su última batalla y proyecta su legado histórico en su mensaje final, conocido en el mundo como “mis últimas palabras”. Así, murió para vivir. Fue un gesto de suprema lealtad con el pueblo que le acompañó en tantas jornadas, con obreros y campesinos, trabajadores e intelectuales, científicos y artistas, de todas las edades, género y condiciones. Con ellos entró en la historia.

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