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¿Y de dónde sacaremos la plata?

por 2 diciembre, 2019

¿Y de dónde sacaremos la plata?
ACTUALIZADA: Ver N de la R al final de la columna de opinión.
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Dados los sucesos que nos han afectado en las últimas semanas en nuestro país, es evidente que las autoridades deberán satisfacer a lo menos algunas de las demandas de los chilenos que protestan. Sin embargo lo ven difícil, porque se quejan de no tener un puto peso. Con todo respeto, me permito sacar algunas cuentas, para ayudar al pobre Ministro de Hacienda.

Somos un país con unos 18 millones de habitantes. No sabemos la cifra exacta, porque nuestro Presidente en su mandato anterior, declaró el tema inabordable y eso que no estábamos en guerra. Entre los supuestos 18 millones de chilenos, en 2019 hay 10 familias que se encuentran entre las más ricas del mundo según los records de Forbes.

Para darnos una idea de magnitudes y proporciones, el mundo cuenta actualmente con alrededor de 7.300 millones de habitantes. Las fortunas chilenas más grandes declaradas consideradas por Forbes, ya que sabemos que existe una gran fuga de capitales a islas y paraísos fiscales, son las siguientes:

Podemos imaginarnos que solo el chorreo de estos 36,8 billones de dólares, que equivalen a más de 2 mil dólares per cápita considerando los 18 millones de habitantes de Chile, que pagaran un mínimo impuesto a la riqueza nos permitiría por lo menos entregar pensiones dignas a los chilenos más vulnerables(*).

Mientras tanto podemos concluir con alegría, que nuestro país, tan chiquitito, tiene gente inteligente, que se levanta temprano y es buena para los negocios. Especialmente en Supermercados, recursos naturales, o en las relaciones con la Presidencia de la República, especialmente como Presidente o yernísimo.

Por lo tanto, plata hay, el país tiene recursos naturales y ahora ha demostrado un potencial gigantesco al ser el segundo productor de litio en el mundo después de Bolivia, recurso clave para la construcción de baterías. Baterías que requerirán los automóviles eléctricos que pronto inundarán el país. También Chile es el generador más grande de energía solar en el norte, donde ya se está desalinizando el mar para el proceso productivo de las mineras y vientos en el Sur para generar energía eólica. Todo ello le permitirá tener en pocos años un parque automotriz completo a base de energías renovables.

Está claro que los ricos deberían pagar impuestos, pero no solo por lo que ganan con los recursos de todos los chilenos, sino por las exigencias que hacen al erario nacional. Exigencias tales como ser cuidados y protegidos de los malos, sean estos ladrones, huelguistas o simplemente rotos y patipelados para lo que cuentan con las FFAA y Carabineros. Esta protección que reciben los ricos de nuestras FFAA, quedó muy clara en septiembre de 1973.

Prácticamente ya no hay guerras entre países con FFAA nacionales. Las guerras son de empresas que quieren quedarse con el petróleo, los diamantes, el coltan y la tantalita o el litio de los países más débiles. Para eso, muchos países contratan ejércitos privados. Por tanto, pocos países mantienen Fuerzas Armadas apertrechadas en armamento para la guerra entre países. Costa Rica, por ejemplo, abolió sus FFAA el 1 de diciembre de 1948, pese a ser calificado según la “cultura chilensis” como país bananero, y dirime a través del diálogo los conflictos con sus vecinos, lo que es notable encontrándose en una zona caliente.

Sobre esto deberíamos hacer una profunda discusión, debemos definir el rol que deben cumplir las Fuerzas Armadas en un país como el nuestro que no tiene plata para pagar pensiones, ni entregar educación ni salud a los más débiles. Según lo que nos enseñaron en Educación Cívica en Chile, en la época en que aún se impartía esta materia, su rol era defender la seguridad nacional, es decir luchar contra el enemigo extranjero. Pero lo que es extraño es lo que me contó un amigo mío experto en armamento; tuvo como hobby estudiarlo desde su adolescencia y nos informaba con nombres, números, marcas y tamaños, incluso fotografías, que las armas de guerra con que contaban nuestras FFAA no servían para la guerra contra otros países, porque tenían un mínimo alcance. Por tanto, solo servían para la represión interna, ya que hasta el bombardeo de La Moneda requirió traer de EEUU los hawker hunters. Pese a que dicha represión interna no está definida ni siquiera en la Constitución del 80. Hasta las últimas semanas nuestras FFAA ni siquiera habían sido capaces de impedir el ingreso de toneladas de coca por la Frontera Norte, labor que habría justificado el enorme presupuesto que requiere su mantención.

Deberíamos, por tanto, dilucidar, con altura de miras, si realmente existe la necesidad de tener FFAA. Quizás nos saldría más barato y saludable tener un buen trato con los países vecinos, llegar a acuerdos que nos favorezcan a todos y emprender acciones conjuntas para ser más fuertes frente a las grandes potencias. Por ejemplo aliarnos con Bolivia para explotar el litio que ambos países poseemos en grandes cantidades. Suena mucho mejor que prepararnos para matar o morir en una posible guerra y mientras tanto gastando una enorme cantidad de recursos.

El Ministro de Hacienda debería estudiar esta posibilidad y calcular cuánto ahorraríamos sin este cuerpo. Si no se justifican las FFAA para la guerra contra los vecinos, menos aún deberíamos gastar tanto en ellas para que se encarguen de la represión interna. Sabemos que esta deja en el alma de los pueblos huellas difíciles de borrar, como lo vemos en las luchas actuales de nuestros jóvenes en las calles. Muchos de ellos son nietos de asesinados durante el golpe militar o destruidos anímicamente durante la Dictadura.

Tanto la guerra como la represión con armamento militar, aunque sea de bajo alcance, deja muertos, discapacitados y desplazados, la mayoría entre los más vulnerables, no afecta jamás a los dueños de las corporaciones. En 2015, ACNUR contabilizó 59,5 millones de desplazados de guerra en el mundo. Todos los días vemos testimonios de las atrocidades que están ocurriendo en los países árabes, impulsadas y apoyadas sin pudor por los EEUU desde su invasión abierta a Irak. Lo que ocurre en el Congo promovido por las empresas en guerra por el coltan, mineral indispensable en la industria digital, es menos conocido. Hemos visto en nuestro país en estos días cómo han quedado ciegos, o han sido asesinados, jóvenes que solo caminaban cerca de las protestas.

Terminar con las guerras y la represión sin embargo, perjudica a los empresarios, ya que la venta de armas es uno de los grandes negocios en el mundo y sus fabricantes hacen negocios con los Gobiernos.

Si no compramos armas y nos guiamos por la solidaridad entre los chilenos compartiendo nuestras capacidades, nuestros recursos naturales para que no hagan asquerosamente ricos solo a unos pocos ¿no se terminarían las guerras?

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(*) N de la R: posterior a la publicación de esta columna de opinión, con fecha 3 de diciembre se  rectificó la información errónea del párrafo que decía: “Podemos imaginarnos que solo el chorreo de estos 36,8 billones de dólares, que equivalen a más de 2 millones de dólares per cápita considerando los 18 millones de habitantes de Chile, con un mínimo impuesto a la riqueza nos permitiría por lo menos entregar pensiones dignas a los chilenos más vulnerables.”. Quedando: “Podemos imaginarnos que solo el chorreo de estos 36,8 billones de dólares, que equivalen a más de 2 mil dólares per cápita considerando los 18 millones de habitantes de Chile, con un mínimo impuesto a la riqueza nos permitiría por lo menos entregar pensiones dignas a los chilenos más vulnerables.” Respecto a dicha información errónea publicada, Alicia Gariazzo señaló que "mi error fue haber calculado el billón de dólares según las equivalencias europeas. En Europa un billón de dólares equivale a un millón de millones de dólares. Considerando que me refería a la Revista Norteamericana Forbes, debería haber calculado el billón, según lo calculan los norteamericanos. En EEUU un billón de dólares equivale a mil millones de dólares".

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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