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Las múltiples caras de la desigualdad digital

por 5 diciembre, 2019

Las múltiples caras de la desigualdad digital
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Durante el estallido social de “los 30” (pesos y años) que se inició el 18 de octubre, hemos aprendido por la fuerza (porque la razón no alcanzó) lo tremendamente injustas y costosas que son las desigualdades de oportunidades permanentes. La construcción de estas disparidades es un proceso lento, que genera profunda frustración y desánimo social, y, cuando se atraviesa un umbral de desigualdad intolerable, los costos sociales de aquella frustración son enormes para toda la sociedad.

En el proceso de aprendizaje de la lección, vale la pena describir la desigualdad de oportunidades que la tecnología de información introduce, a fin de evitar llegar a estos umbrales, desde los que la vuelta atrás es muy costosa.

La comprensión de la desigualdad digital se ha ido revelando en fases que requieren soluciones con grados de complejidad crecientes. En los inicios, se entendía que la desigualdad digital estaba determinada por el acceso a Internet (y lo que esto representa) que tuvieran las personas. Era una desigualdad binaria: algunos tenían acceso y otros no. La solución a esta disparidad se comenzó a hacer efectiva de la mano de mayor y mejor infraestructura tecnológica, reducción de costos de los dispositivos para acceder a la red como teléfonos inteligentes y computadoras, y la baja en los costos para tener una conexión.

Cuando la mayoría de las personas tuvo acceso a la red, la desigualdad digital se hizo evidente en la forma en que las personas utilizan Internet. Esto podría caracterizarse como una desigualdad de uso. Si usted puede vender su viejo televisor por Internet, tiene una ventaja de oportunidades en relación a aquellos que no saben que pueden comercializar sus bienes usados en la red. Si usted no sabe que puede ahorrarse horas de su vida haciendo trámites del gobierno o gestión bancaria por Internet, usted es más pobre digital que la gente que sí lo hace. Si usted es un profesional que no usa redes sociales, posiblemente se encuentra en condiciones de desigualdad frente a alguien que sí lo hace.

Para resolver estas diferencias, comenzó un proceso de educación para ampliar el uso de la red, y de esta manera igualar las oportunidades de uso que ofrece Internet. Pero, al percibirse los primeros buenos resultados de este impulso, nos dimos cuenta de una desigualdad digital aún mas profunda.

En su libro “The Third Digital Divide” (2017), Massimo Ragnedda señala que existe una interacción entre las oportunidades a las que se puede acceder en el mundo “offline” y las “online”. Para que esta interacción beneficie a todas las personas es necesario alcanzar un nivel de capital digital que depende, por un lado, de las características de la tecnología en uso y, por otro, del capital social, económico, personal, cultural y político que tienen los individuos. Si usted no sabe programar (características de la tecnología en uso); tiene un pobre conocimiento de inglés o no entiende correctamente lo que está escrito en castellano (capital cultural); no es capaz de crear un grupo de trabajo con habilidades parecidas a las suyas (capital social); no tiene espacios para influir y poder avanzar sus propuestas a través del tejido institucional (capital político); y no tiene el tiempo para dedicarse a pensar en las oportunidades (capital económico), entonces su capital digital es bajo y esto incrementa la desigualdad. El capital digital crea o profundiza desigualdades que de alguna manera son un espejo de las disparidades existentes en la sociedad offline. Es decir, este tercer nivel de desigualdad digital se realimenta con la desigualdad de la realidad, y las puede acrecentar.

Es justo pensar que Internet ha sido fundamental en el desarrollo del estallido social de los 30 y sus potenciales efectos redistributivos; más que profundizar desigualdades, la conexión a la red las podría estar disminuyendo. Pero, si bien los efectos finales del estallido social están por verse, hay que hacer dos distinciones de extremo: por un lado, si Internet es un catalizador para avanzar hacia la igualdad de estallido en estallido social, con seguridad la red nos llevará a una igual pobreza. Por otro lugar, si este es el único estallido social al que Internet asiste, sin contribuir a incrementar sustancialmente el capital digital de las personas, lo que ocurrirá en el largo plazo es que las barreras digitales actuarán para profundizar las diferencias existentes, aunque aprobemos una gran reforma del sistema de bienestar social.

Reducir la tercera barrera digital es tan complejo como la de reducir la desigualdad de oportunidad offline, con el problema adicional que si no es tratada en forma oportuna el mundo digital tiene la capacidad de incrementar sustancialmente la desigualdad offline. Existen iniciativas en Chile que intentan reducir la desigualdad digital con foco en los dos primeros niveles, pero hay mucho trabajo por realizar y coordinar para atacar al problema en los tres. Estas fuentes de desigualdad digital interactúan entre sí, y al mismo tiempo con la desigualdad fuera del mundo digital. Es importante y urgente considerar al problema completo y proponer mas esfuerzos para no llegar a ese umbral desde el cuál los costos para la sociedad son difíciles de calcular.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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