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Retóricas Políticas y países que prosperan

por 6 diciembre, 2019

Retóricas Políticas y países que prosperan
Del resultado de una investigación de más de cien países, el autor indica que para avanzar sostenidamente en favor de los más vulnerables y el desarrollo de los países, se requiere de instituciones formales, pero sobre todo de instituciones informales adecuadas. Más allá del Estado, que debemos sostener y cuidar al máximo, se necesita contar con instituciones informales, sean costumbres, variables culturales, casi psicológicas, como el valor del otro, la autonomía, el respeto por lo de todos y los valores centrales de nuestra convivencia, la solidaridad real que se engancha a la responsabilidad por lo público.
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Lo que estamos viviendo en Chile y por cierto en algunos países de nuestra Latinoamérica, en realidad no es un problema de izquierdas ni de derechas, no tiene una ideología particular ni en muchos casos representantes que se pongan con claridad frente a la causa. Tanto las fuerzas de izquierda como de derecha se vuelven categorías insalvables y amantes del statu quo a la hora de internarse en un movimiento social cuyas fronteras son complejas y difusas. En realidad, se trata de un problema de gobernanza, es decir, de la manera o la concepción con que entendemos el gobernar las instituciones y su rol en el logro del bien común.

Varios autores se han aproximado al dilema que vive nuestra sociedad global. Bauman, Naim, Acemoglu y Robinson, entre otros, nos han hablado de una sociedad líquida, desatendida, o de un concepto de poder en crisis, o de un Estado añejo frente al cambio exponencial y las vulnerabilidades del mercado en el proceso de generar equidad social.

El académico de la Universidad de Gotemburgo, Victor Lapuente, nos muestra tal vez una fórmula o pautas de acción respecto del tipo de liderazgo que permitiría hacer frente a los desafíos que tienen en la actualidad los gobiernos, con escenarios complejos y movimientos sociales emergentes que presentan características comunes en todo el mundo en torno a conceptos como “indignación” o “hastío”, sea indignados en España, Chalecos Amarillos en Francia, o grupos diversos como en los últimos meses hemos podido ver en Ecuador, Chile y Colombia.

El autor nos ilustra sobre por qué hay estados o naciones cuyas características de base les han permitido sortear de mejor manera el tránsito al desarrollo y al bienestar no solo mirado desde una perspectiva macroeconómica sino también desde una mirada más amplia de lo que es garantizar derechos y felicidad a las personas. En sus libros El Retorno de los Chamanes de 2015 y Organizando el Leviatán de 2018, nos muestra cómo algunos modelos culturales e institucionales, más allá de las ideologías que gobiernan, permiten sortear con mayor éxito el camino al bienestar, independientemente del punto de partida en su nivel de desarrollo.

Al respecto, Lapuente nos señala que hay retóricas de la política que son propias de las naciones más prósperas del planeta, las que a su vez se contraponen a otras retóricas que han mantenido a las naciones en el subdesarrollo e incluso agravaron su situación de bienestar inicial.

La retórica política de las naciones más prósperas del planeta, como lo son los países escandinavos y otros como Canadá, Irlanda, Nueva Zelanda y Australia, se basan en la solidaridad, en el consenso, en soñar con lo posible, en poner la realidad frente a las alternativas factibles, en satisfacer pequeñas expectativas, en el fondo, se desenvuelven en una lógica de una política incrementalista que va perfeccionando las políticas públicas paso a paso, sin pensar en reformas globales ni nuevas organizaciones del Estado ni de la vida social. Muchos de esos países hace cien años presentaban niveles de desarrollo similares a los de países en subdesarrollo, muy por debajo de los estándares de Francia, España o Italia, sin embargo, avanzaron de modo exponencial y hoy son democracias avanzadas y con niveles de bienestar óptimos.

Indica el autor que el sentimiento de la indignación no puede llevarse a los altares. Si queremos una sociedad más igualitaria, justa y sostenible, necesitamos también del sentimiento opuesto a la indignación: la templanza. Supongo que decir esto en un momento como el actual puede constituir para muchos una herejía, que al igual que yo ven la necesidad urgente de cambiar las condiciones de vida de muchos chilenos y latinoamericanos vulnerables. Desde esta perspectiva templanza y urgencia pueden conjugarse y producir soluciones más efectivas.

Del otro lado tenemos la retórica del Chamán que quiere devolver el orden al caos y romper el tablero, fijando las grandes expectativas e indicando que el Estado protege regulándolo todo. El Chamán puede ser una especie de Robin Hood que quita a los privilegiados y entrega a los menos favorecidos. Hoy –dice Lapuente– más que chamanes o Hood, necesitamos mosqueteros, que integren a la sociedad en un “todos para uno y uno para todos”, uniendo la comunidad política y estimulando los avances.

Sin duda hay que generar cambios, incluso una nueva Carta Fundamental, pero también debemos tener cuidado con los grandes pasos que pueden traer grandes caídas y suelen despertar enormes temores y resistencias. Por otro lado, pensar que los pequeños pasos son fáciles y despiertan confianzas. Basta con ver la discusión que se ha dado en Chile con la baja de las remuneraciones de las altas autoridades o de la rebaja de algunos impuestos para disminuir la carga de las clases menos acomodadas. En el primer caso, la visión chamanística nos lleva a pensar en todo alto cargo sin ninguna distinción de mérito particular, como la realidad de los jueces, o cargos de naturaleza más técnica, como lo son lo de alta dirección pública, entre otros. En el segundo caso, la baja de algunos impuestos de manera general no hace otra cosa que beneficiar a los más ricos nuevamente.

Chile, y los chilenos sin duda, han transitado por un camino de corte incrementalista, ejemplo para el mundo en muchos temas, como salud, educación e institucionalidad, hoy amenazados por la natural fragilidad que tiene el tránsito al desarrollo y los efectos de una sociedad demasiado segmentada que no puso sentido de urgencia a problemas que se hicieron insostenibles.

Del resultado de una investigación de más de cien países, el autor indica que para avanzar sostenidamente en favor de los más vulnerables y el desarrollo de los países, se requiere de instituciones formales, pero sobre todo de instituciones informales adecuadas. Más allá del Estado, que debemos sostener y cuidar al máximo, se necesita contar con instituciones informales, sean costumbres, variables culturales, casi psicológicas, como el valor del otro, la autonomía, el respeto por lo de todos y los valores centrales de nuestra convivencia, la solidaridad real que se engancha a la responsabilidad por lo público.

La cultura de la templanza y del consenso no se asienta en un tipo particular de Constitución, ni siquiera en un modelo de instituciones políticas, ni en un determinado umbral de renta per cápita. No se asienta en estructuras materiales o superestructuras. Se asienta en algo más etéreo, algo que, como el aire que respiramos –dice el autor– está entre nosotros, pero no lo vemos. Ese factor es la retórica política, la configuración y posibilidad del discurso y cómo procesamos los problemas públicos, factor fundamental para entender por qué hay países que prosperan en armonía y, en cambio, otros se ahogan en los problemas colectivos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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