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Chile, ¿un proceso social instituyente?

por 21 diciembre, 2019

Chile, ¿un proceso social instituyente?
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Desde el viernes 15 de noviembre, gracias al hito político de la firma del acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución; el gobierno, gran parte de la clase política y sus partidos, e incluso algunas fuerzas sociales, pensaban que la revuelta popular chilena comenzaría su camino a la desmovilización y llegaría prontamente a su fin. No menos analistas políticos, suscribían la misma idea, colmando planas y blogs con la celebración del acuerdo y las posibilidades de un nuevo pacto sociopolítico para Chile, aunque gran parte de los actores movilizados, colectivos e individuales, rechazaron a las pocas horas lo acordado por el mundo político.

El debate por la vía constituyente colmó la agenda política por casi un mes, ya sea por las acusaciones morales desde las fuerzas sociales a la forma en que se logró el acuerdo, la autocomplacencia del mundo político por la forma en que fue logrado el acuerdo, o las posteriores controversias en torno las restricciones operativas, como el quorum de 3/5, o su letra chica, lo que trató de superarse mediante la conformación de una mesa técnica que poco pudo avanzar en los temas más álgidos de lo pactado. Paralelamente, desde parte del mundo social y/o político, se han generado contrapropuestas al acuerdo que avanzan en la ruta de una asamblea constituyente con todas sus letras.

No obstante todos estos obstáculos, la vía constituyente sigue su camino hasta abril 2020, aunque sin generar las expectativas ni tener la atención de las primeras semanas. Debates más y debates menos, el proceso constituyente se abrió a su continuidad.

Sin embargo, lo social, encarnado en una revuelta popular que ya tiene más de cincuenta días y por ende superó el mero umbral de estallido, no suscribió el pacto ni se desmovilizó, manteniéndose en la calle, en las plazas, en los territorios, espacios de gran opacidad para la política formal.

Frente a la continuidad de las protestas, tanto el gobierno, los medios de comunicación, ciertos analistas políticos, y facciones del mundo progresista, fomentaron el escándalo provocado por el desorden, retomando la agenda a inicios del estallido. Volvieron a hablar de saqueos, vandalismo, delincuencia, desorden, explotando emociones como el miedo, la inseguridad, la desconfianza en la población. La agenda de seguridad pública se tomó la idea de paz, sacrificando la demanda de justicia. Mientras en la calle, en las plazas, en los territorios, en cada experiencia asociativa y colectiva que se realizaba- desde reunirse a marchar, pasando por los cabildos hasta llegar a las asambleas- se hablaba de dignidad, justicia y esperanza.

Reconocer lo anterior no lleva a desconocer la existencia de situaciones de violencia ni a desconocer el riesgo de la protesta violenta de ritualizarse, transformándose en un fin en sí misma. Sin embargo, la potencialidad y capacidad de la movilización no puede reducirse a las contadas situaciones de violencia, como bien nos muestra actualmente el feminismo.

Tal potencialidad, que sobrepasa el ejemplo feminista,  se observa en la serie de manifestaciones callejeras como marchas, concentraciones, intervenciones musicales, performances artísticas y culturales, los cacerolazos o las cicletadas, incluyendo las expresiones de autodefensa ciudadana contra la represión policial, que han trasformado la sociabilidad del espacio público. También en la apropiación del espacio común mediante los cabildos ciudadanos y las asambleas territoriales. Plazas y parques reciben a una ciudadanía movilizada y activa en función de dotar de contenido el actual proceso sociopolítico, actualizándose en las acampadas como la que se desarrolla fuera del palacio de tribunales en Santiago. En las poblaciones y en las villas, así como en otros sectores populares, la reunión a conversar y debatir, se acompaña de la tradicional olla común y del posterior trabajo colectivo de limpieza y orden. En los barrios y en las juntas de vecinos, los ciudadanos han vuelto a encontrarse y compartir activamente. Las palabras clave acá son asociatividad, cooperación, ayuda mutua, solidaridad, generando un proceso de configuración de identidades colectivas que no se condicen con las formas individualistas que fomentó nuestro modelo de desarrollo social.

La generación de identidades colectivas es un punto importante, pues como nos enseñó el historiador E.P. Thompson, ellas se configuran con el tiempo y a través de experiencias compartidas, como las que describimos en el párrafo anterior. Entretejer sociabilidades diferentes y generar individualidades distintas a las que existían antes del 18-O, es una consecuencia que no debemos volver a desatender, sacando estos aspectos microsociales y culturales de la cochera de la historia. Algunos aprendizajes debemos sacar de perplejidad de la política y las ciencias sociales frente a la irrupción popular.

Entonces, mi hipótesis al respecto de la revuelta popular, es que ha sedimentado un proceso social instituyente. Proceso que se inició tibia y restringidamente en los primeros gobiernos de la transición, que dejó ver sus primeras expresiones en el invierno del 2006, y continuó desarrollándose, permitiendo ver sus ramificaciones el 2011 y el 2018, siempre limitadas al mundo estudiantil aunque generalizando su alcance. Lo importante de un proceso instituyente es que durante su despliegue va dejando, lentamente, en el camino una serie de relaciones sociales que habían sido naturalizadas, propias de las formas instituidas, para abrirse a otras formas de vinculación social.

Tal proceso instituyente remite a la generación de lazos sociales consistentes entre ciudadanos, al compartir interacciones, relaciones y espacios, lo que posibilita transformar rutinas y cuestionar lógicas sociales arraigadas. Desde mi óptica, hoy emerge un espacio-aún incipiente y no del todo organizado-, que se rige por un sentimiento de pertenencia y lazos de solidaridad, como un terreno concreto de representaciones colectivas, símbolos comunes y narrativas compartidas.

Tal forma instituyente enfatiza el proceso mismo, no sólo la consecución de objetivos concretos o la definición de metas generales, por ende los efectos prácticos que el proceso tenga para las formas asociativas serán muy importantes. Son estas formas las que le permitirán a la sociedad seguir movilizada aunque las voluntades decaigan y las fuerzas se dispersen.

La sedimentación de un proceso instituyente define un interregno difícil de prever en sus consecuencias y derroteros, sin embargo me parece importante no perder de vista lo que acontece hoy con lo social. Creo, que la vía constituyente no puede limitarse a la política institucional, prescindiendo del proceso instituyente que acontece en lo social. Y corre tal peligro en la discusión parlamentaria venidera, especialmente si debemos esperar hasta junio. De hacerlo, sería un error de profundas consecuencias negativas, no solo para la democracia institucional sino para la democracia como modo de vida.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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