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Chile: ¿El malestar del éxito?

por 23 diciembre, 2019

Chile: ¿El malestar del éxito?
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Una tesis que ha sido levantada con fuerza por algunos intelectuales latinoamericanos y nacionales para explicar el estallido social en Chile es la del “malestar del éxito” - noción acuñada por el propio presidente de la república – la cual busca explicar por qué en el país más “próspero” de la región han ocurrido las más grandes protestas desde el retorno a la democracia en 1990.

Entre los intelectuales latinoamericanos que han intentado dar luces sobre lo que sucede en Chile se encuentra el Premio Nobel de Literatura 2010, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, quien tiene dificultades para comprender que en un país ad portas del desarrollo exista un malestar tan grande como el que se ha expresado en las masivas manifestaciones que se han visto a lo largo del país, por lo mismo, lo califica como “el enigma chileno”.

Vargas Llosa argumenta que sería erróneo homologar las manifestaciones en Chile con las revueltas ocurridas en Ecuador o Bolivia, pero sí podrían ser asemejadas a los “chalecos amarillos” franceses, movimiento de clases medias que protesta por las desigualdades sociales generadas por la globalización y, frente a ello, demanda una acción correctora por parte del Estado.

En la misma línea, para el escritor y periodista argentino ligado a la cadena CNN, Andrés Oppenheimer, las protestas en Chile también “son de Primer Mundo” y habrían tenido su origen en el mismo espectacular desarrollo experimentado por el país, el que habría aumentado las expectativas de la población sin poderlas satisfacer completamente producto de encontrarse aún “a las puertas del desarrollo”. Así, para ambos intelectuales bastaría con unos pequeños ajustes para que el exitoso modelo chileno continuara su curso.

En Chile, Carlos Peña, abogado y académico, habitual columnista del diario El Mercurio, señala que lo que ha ocurrido en Chile es un “estallido emocional de índole generacional” empujado por “adolescentes mimados y sobrevalorados” presos de una subjetividad dominada por sus “pulsiones” y que se congregan en “pandillas carnavalescas, orgíasticas”. El fenómeno chileno – para Peña – se relacionaría con un malestar subjetivamente superficial producto del propio proceso de modernización capitalista experimentado por el país a partir de los gobiernos de la Concertación en los ‘90 y que se ha traducido en que amplias capas de la clase media, e incluso, popular, se hayan integrado a la sociedad de consumo. Así, el estallido social que actualmente presenciamos, no sería más que una revuelta o conmoción producto de una mezcla de subjetividades presas de instintos básicos juveniles con certezas autoconfirmadas.

Para el cientista político, Patricio Navia, el malestar proviene de la frustración de una población a la que se le prometió que disfrutaría de los privilegios propios de una clase media – o “la tierra prometida”, como le llama el autor - pero que una abusiva élite y gobiernos incompetentes le han negado.

Todos estos análisis, con sus matices, comparten la misma tesis, a saber, que el estallido social en Chile proviene de un malestar originado por la insatisfacción de gran parte de la población, la cual, si bien ha visto aumentar enormemente su nivel material de vida, no ha podido materializar las altas expectativas generadas por este mismo aumento del bienestar.

Esta tesis tiene el gran problema de no estar apoyada o sustentada sobre la realidad social cotidiana y concreta que viven la mayor parte de los chileno/as. No es tan difícil un análisis utilizando a Freud o Heidegger o a partir de algunos fríos números desde una confortable oficina universitaria o en la comodidad de un hogar de los barrios altos – aquí o en otra nación latinoamericana – para elaborar una imagen rápida y llamativa de un país. Sin embargo, si se trata de entender a fondo hechos o procesos sociales es indispensable tener algún contacto con la vida real de los individuos que habitan un determinado territorio, un cierto vínculo con las circunstancias que dan forma a su día a día. Para mí, esto es imprescindible si un análisis “social” quiere responder a ese nombre.

A los analistas latinoamericanos probablemente no les podamos exigir que tengan este vínculo con la cotidianeidad del chileno/a, pero hay ciertas alusiones que no se pueden dejar pasar. El escritor peruano Vargas Llosa señala que “Chile ha acabado con la pobreza extrema”, afirmación a todas luces falsa, por lo que sorprende que alguien que lleva sus análisis por todo el globo pueda sostenerla, no sólo porque ignora las propias cifras entregadas por instituciones nacionales e internacionales medianamente serias, sino sobre todo porque el mismo autor en la misma columna señala haber recorrido el “interior chileno” sólo el año pasado, en donde sólo vio “ciudades pujantes y modernas con muy altos niveles de vida” ¿Me pregunto qué ciudades, o mejor, qué parte de las ciudades habrá recorrido el señor Vargas Llosa?

En el caso de los analistas chilenos es más reprochable su nulo o escaso contacto con la realidad social. Esta gran desconexión no les ha permitido observar varios hechos que cualquiera que transite más o menos habitualmente por alguna ciudad o converse de vez en vez con algunas personas podría haber advertido antes del estallido: la proliferación y multiplicación del comercio informal en las calles y medios de transporte como medio de subsistencia para cada vez más chilenos/as, el notorio incremento de adultos mayores vendiendo chucherías, tocando algún instrumento o derechamente pidiendo dinero porque su pensión no les alcanza, miles de personas que se han muerto esperando una operación en el sistema público de salud o tienen que realizar rifas o bingos o fiestas para juntar el dinero para pagar el tratamiento de algún familiar enfermo, los endeudados por estudios, personas que no pueden acceder a comprar una vivienda por la inflación de precios por especulación y un largo etcétera.

Todas estas situaciones vividas por el chileno y la chilena común están detrás del estallido social ocurrido en octubre, y no es necesario gozar de un doctorado, citar permanentemente a algún filósofo alemán ni ser un renombrado analista internacional para hacer la relación. Con sólo transitar por las calles, escuchar a la gente, observar las decenas de carteles en las manifestaciones, conversar con los vecinos en los cabildos propagados a lo largo del país, uno consigue comprender lo que ocurre. Sino, es probable que sólo veamos “pulsiones juveniles”.

Los analistas del “malestar del éxito”, embelesados por algunas cifras macroecónomicas, creen que unos fríos números – como un ingreso per cápita de USD 15.000 - bastan para decretar que Chile es un país “exitoso”, “próspero” o de un “bienestar generalizado” como si la realidad fuera tan simple y unidimensional. Estos enamorados de la macroeconomía al parecer no conocen otros indicadores, como que la mitad de los trabajadores chilenos/as recibe un sueldo igual o inferior a $400.000 (USD 523) al mes, que la pensión promedio a febrero de este año era de $158.728 (USD 205) o que el 1% más rico concentra el 33% de los ingresos. Estos datos, misteriosamente ignorados por estos analistas, calzan mucho mejor con las problemáticas sufridas por millones de chilenos que han salido masivamente a las calles a expresar su descontento.

Hoy Chile ha mostrado su verdadera cara o, mejor dicho, su cara completa. Este modelo de supuesto “éxito”, “desarrollo y bienestar” demostró que tiene poco de eso, al menos para la mayoría, aquella de a pie, la cual no está pidiendo gozar de los privilegios de la élite ni participar más desaforadamente de la fiesta del consumo, sino que está pidiendo no morirse esperando operaciones, no tener que endeudarse por 30 años por estudiar, tener una vejez digna, llegar a fin de mes ¡Cuánta ambición!

La aclamada “modernización capitalista” chilena ha sido más bien un modelo de concentración y goteo. Las “espectaculares” cifras económicas, los imponentes edificios de “Sanhattan” y las modernas autopistas atestadas de automóviles último modelo, escondían una realidad más compleja y poco feliz, invisible para el intelectual extranjero, y ajena e incomprensible para algunos analistas locales de la cota mil. Y con razón ¿Cómo se puede analizar la realidad si no se la ve?

 

 

 

 

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