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Una exhortación extrasinodal

por 18 febrero, 2020

Una exhortación extrasinodal
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El Papa Francisco acaba de publicar una «exhortación apostólica postsinodal» como respuesta al Sínodo (del griego «caminar juntos») de la Amazonia. En ese sínodo los obispos correspondientes a ese territorio geográfico se agruparon en Roma, bajo la autoridad del Papa, para reflexionar sobre la necesidad de reformas importantes para su Iglesia local. De ese sínodo ha emanado un documento final, aprobado por una amplia mayoría de los obispos congregados, en el cual se propuso la necesidad de reformas claves para esa Iglesia, como el restablecimiento del diaconado para las mujeres y la ordenación sacerdotal para los actuales diáconos casados (llamados «varones probados»).

El Papa Francisco en respuesta a ese documento sinodal ha publicado una exhortación apostólica titulada «Querida Amazonia», en la cual expone su negativa a estas reformas, si bien no de forma definitiva, al menos de forma peculiar y sorpresiva, dado que él mismo como autoridad ha convocado una Comisión para estudiar el diaconado de mujeres y ha promovido cursos dictados por universidades sobre este tema. Por eso llama la atención esta negativa y el uso de los argumentos teológicos que ha ofrecido. Sobre este documento, como mujer y creyente, he querido exponer algunas reflexiones, cruzada existencialmente tanto por la revuelta chilena, como por las vísperas del 8M.

¿A quiénes les habla realmente el Papa en esta exhortación? En el inicio dice estar dirigida a todo el mundo, sin embargo, en el texto hay huellas que permiten imaginar a solo dos tipos de lectores receptores: el clero mundial y los obispos sinodales.

No se ve mucho más que eso en el interés de esta exhortación. Esto se evidencia en el tratamiento de los temas, ya que, por ejemplo, continuamente parece concebir al mundo indígena como «diferente», como lo «otro», tratando de convencer a sus lectores de que acepten algo «extraño» que los puede beneficiar: «Hay que evitar entenderlos como salvajes 'incivilizados'. Simplemente ellos gestaron culturas diferentes y otras formas de civilización que antiguamente llegaron a ser muy desarrolladas» (32, QA). «Por consiguiente, recoger su experiencia de la vida nos hará bien» (36, QA). Intenta convencerlos, paternalistamente, seguramente pensando en hablarle a la jerarquía más conservadora, reacia a las culturas no dominantes: «La sabiduría de la manera de vivir de los pueblos originarios —aun con todos los límites que pueda tener— nos estimula a profundizar este anhelo» (22, QA).

Luego, más adelante, cuando se refiere a los temas más controvertidos del ámbito eclesial, como el diaconado de mujeres y la ordenación de varones casados, parece dirigirse directamente a los obispos sinodales, adoptando un discurso aleccionador para ellos.

El Papa pone como aspecto central de su exhortación el discurso ecológico. Ya había hecho un trabajo de reflexión sobre este tema con la Encíclica Laudato Si’. Abordarlo como respuesta al Sínodo de la Amazonia parece bien, sin embargo, es insuficiente. Un asunto aún no abordado, considerado una grave ausencia de Laudato Si’ desde la perspectiva del ecofeminismo, es la relación existente entre la dominación de la tierra y la dominación de las mujeres.

Sobre esto, Francisco parece todavía ignorante. Incluso el Sínodo de la Amazonía hace una referencia sobre esto, que el Papa ignora por completo en su exhortación: «La sabiduría de los pueblos ancestrales afirma que la madre tierra tiene rostro femenino» (101, Sínodo Amazonia). Francisco se limita a parafrasear su encíclica: «Un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (8, AQ), invisibilizando por completo la especificidad de las mujeres en el problema.

Pareciera ser que incluso a sectores progresistas o liberacionistas el discurso ecológico les sería suficiente para conformarse y no retirar así su apoyo al actual Papa, a pesar de su actual negativa a las reformas eclesiales. No hay que olvidar que la mayoría de ellos son también varones y/o clérigos. El contexto de discurso en esta exhortación parece estar construido como una estrategia política de «compensación» dirigida al mundo progresista que apoya al Papa latinoamericano, más que una honesta y profunda reflexión sobre la dimensión de la crisis socioambiental.

Así, esta posición, tanto del Papa como del sector progresista que lo apoya pese a todo, termina siendo una definición pública de que las mujeres creyentes podemos –y debemos– seguir esperando como últimas de una gran fila por mucho tiempo más, incluso por detrás de los más pobres.

Lo cierto es que sobre la crisis socioambiental un Papa no puede hacer mucho más que ofrecer un mensaje. En ese sentido, resulta a lo menos paradójico que el Papa Francisco crea más probable detener el cambio climático, la injusticia y el crimen contra la Amazonia, que restablecer a las mujeres en el ministerio diaconal –ampliamente documentado en los orígenes del cristianismo– y en su dignidad con plenos derechos en la Iglesia que él dirige y sobre la cual él tiene potestad para hacer cambios.

Es triste constatar, en el reverso del discurso ecológico del Papa Francisco, que este no teme sacrificar a las mujeres católicas y sus históricas demandas en la Iglesia. A lo largo de la exhortación se refiere a las mujeres solo en 14 ocasiones: una vez en relación con la esclavitud, una mención para graficar el padecimiento indígena, dos veces mencionadas en poemas citados, y las diez veces restantes bajo el subtítulo «La fuerza y el don de las mujeres» para negarles el acceso a los ministerios.

¿Qué parece ser lo que más teme Francisco? Medios internacionales dicen que el Papa Francisco no concedió las demandas más sentidas como reformas para la Iglesia por temor a un cisma entre el clero conservador y el progresista. Lo cierto es que el cisma ya es evidente en la Iglesia: el 70% del pueblo de Dios está a favor de los cambios, sin embargo, es la jerarquía la que ha porfiado en mantener el statu quo. ¿Eso no es un cisma? Silencioso, pero lo es. La gente simplemente se va sin decir nada. No tiene sentido que haya pretendido «evitar» un cisma en el clero, sin importarle que ocurra en el resto del Pueblo de Dios al permitir que se mantenga la exclusión de las mujeres de la toma de decisiones en la Iglesia. Eso no es conciliar, ni es justo.

Hay que decir que el Papa tampoco ha actuado regido por un espíritu de colegialidad, al negarse a acceder a la petición que de manera formal un sínodo de obispos (no europeos) le ha presentado. ¿Acaso no estuvo Dios en ellos? Es lamentable decirlo, pero sobre este asunto parece que Francisco simplemente se remitió a hacer uso de su «poder petrino», del poder unipersonal y universal que deriva de las monarquías y no del evangelio.

Me voy a permitir recordar lo que dijo el Sínodo sobre la necesidad del diaconado de mujeres, en un espíritu realmente renovador para la Iglesia: «En las múltiples consultas realizadas en el espacio amazónico, se reconoció y se recalcó el papel fundamental de las mujeres religiosas y laicas en la Iglesia de la Amazonía y sus comunidades, dados los múltiples servicios que ellas brindan. En un alto número de dichas consultas, se solicitó el diaconado permanente para la mujer» (103, Sínodo Amazonia). El Sínodo, además, nos recuerda que fue el mismo Papa Francisco quien se abrió a la posibilidad de estudiar el tema del diaconado de mujeres por medio de la instalación de una Comisión, lo cual ha generado (¿falsas?) expectativas en toda la Iglesia que gime por cambios.

Impresiona el argumento del Papa Francisco contra la ordenación de mujeres: «Esto nos invita a expandir la mirada para evitar reducir nuestra comprensión de la Iglesia a estructuras funcionales. Ese reduccionismo nos llevaría a pensar que se otorgaría a las mujeres un status y una participación mayor en la Iglesia solo si se les diera acceso al Orden sagrado. Pero esta mirada en realidad limitaría las perspectivas, nos orientaría a clericalizar a las mujeres, disminuiría el gran valor de lo que ellas ya han dado y provocaría sutilmente un empobrecimiento de su aporte indispensable» (100, AQ). Porque, además «Jesucristo se presenta como Esposo de la comunidad que celebra la Eucaristía, a través de la figura de un varón que la preside como signo del único Sacerdote» (101, AQ).

La primera cita sostiene que las mujeres no somos suficientemente sabias sobre nuestras propias necesidades, puesto que exigir lo que pedimos sería un supuesto mal para nosotras mismas. Y la segunda revela el sexismo y la misoginia enquistada en la pseudoespiritualidad católica, tras lo cual se cree y afirma que Dios es varón, sin el más mínimo pudor. En esto, el Papa Francisco siguió la doctrina del sacerdote chileno Carlos Yrarrázabal, párroco de la Parroquia El Bosque –la misma de Fernando Karadima–, quien en una entrevista por la televisión expuso estos mismos argumentos sobre las mujeres, lo que le costó su nombramiento episcopal tras la polémica que sus declaraciones generaron en la sociedad y la esfera pública.

Por otro lado, el Sínodo además proponía un lugar adecuado a los presbíteros que permitiera la emergencia y el desarrollo de otros ministerios: «Los presbíteros han de tener en cuenta que el diácono está al servicio de la comunidad por designación y bajo la autoridad del obispo, y que tienen la obligación de apoyar a los diáconos permanentes y de actuar en comunión con ellos» (105, Sínodo Amazonia). En forma contraria, el Papa Francisco ignoró casi completamente el ministerio diaconal de los varones casados –solo los menciona una vez en toda la exhortación, refiriéndose a la necesidad de que aumenten en cantidad en la Amazonia– y se esforzó en exhortar sobre la relevancia y potestad de los presbíteros, reivindicando su autoridad mayor: «El sacerdote es signo de esa Cabeza que derrama la gracia ante todo cuando celebra la Eucaristía, fuente y culmen de toda la vida cristiana. Esa es su gran potestad, que solo puede ser recibida en el sacramento del Orden sacerdotal. Por eso únicamente él puede decir: 'Esto es mi cuerpo'. Hay otras palabras que solo él puede pronunciar: 'Yo te absuelvo de tus pecados'. Porque el perdón sacramental está al servicio de una celebración eucarística digna. En estos dos sacramentos está el corazón de su identidad exclusiva» (88, AQ).

Incluso más, promueve la necesidad de seminarios para cautivar a indígenas al presbiterio –lo que podríamos llamar «clericalización de los indígenas», siguiendo la referencia usada por él mismo sobre las mujeres–, ignorando por completo la necesidad que expuso el Sínodo sobre la ordenación sacerdotal de diáconos permanentes.

Tristemente, en esta ocasión el Papa optó por gobernar para la jerarquía y no para el Pueblo de Dios. Esa tensión jerarquía-pueblo se agudiza con esta exhortación y pone la legitimidad de la Iglesia en cuestión, ya no desde afuera, sino desde adentro, desde su propio corazón.

Habría esperado que Francisco hubiera reflexionado esta cita de Laudato Si’ para sí mismo en esta ocasión como gobernador de la institución Iglesia: «En Laudato Si’ recordábamos que 'si todo está relacionado, también la salud de las instituciones de una sociedad tiene consecuencias en el ambiente y en la calidad de vida humana […]'"(23, EQA). La calidad de vida de las mujeres en la Iglesia ya no da para más. El clericalismo las tiene subordinadas e invisibilizadas a pesar de sus múltiples labores gratuitas. Antes que el riesgo de que las mujeres puedan ser clericalizadas, hay que asumir el riesgo de tener un clero que no se "mujerice'". Ese es el origen del clericalismo actual. Mucho de las formas del sacerdocio actual clericalizado y autoritario podrían cambiar con el ingreso de las mujeres a las esferas reservadas hasta ahora solo como un privilegio para el varón.

El Papa ha perdido una gran oportunidad. ¿Cuándo un Papa había obtenido más apoyo para promover reformas eclesiales desde el Concilio Vaticano II? Es impresionante su negativa, sostenida además por argumentos teológicos ultraconservadores, pues contaba con el apoyo amplio de un sínodo de obispos, los cuales le solicitaron reformas locales y acotadas, para darle un nuevo impulso a sus comunidades. Estas pequeñas reformas, por sencillas y acotadas que fueran, tenían la potencia de convertirse en un pequeño primer paso gradual hacia un camino de renovación eclesial que permitiera mantener la esperanza en medio de una aguda crisis.

Si antes muchas mujeres nos sentíamos incómodas en la Iglesia, hoy derechamente la sensación es de exclusión. Sin duda, el éxodo de mujeres seguirá aumentando tras esta equívoca señal de Francisco. Y no podrán culparlas de falta de fe o convicción, porque la deuda de la Iglesia con ellas es muy grande como para seguir culpándolas.

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