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Pelea de gigantes: Trump y Facebook contra Twitter, Netflix y Snapchat

por 8 junio, 2020

Pelea de gigantes: Trump y Facebook contra Twitter, Netflix y Snapchat
Con las declaraciones por redes de Donald Trump, las posiciones en el ring se aclararon. Twitter, Netflix y Snapchat, por un lado, Facebook y Trump, por el otro. Pocas veces vemos un enfrentamiento tan público entre actores de peso pesado, todos ellos estadounidenses, y con una toma de posición tan abierta respecto de un tema hasta ahora poco discutido, cuasitabú: la responsabilidad de las plataformas tecnológicas por el contenido que circula en sus redes. Después de estos agitados días de mayo y junio, su supuesta neutralidad queda absolutamente cuestionada. Hasta ahí lo que sabemos, como sabemos también que este enfrentamiento de gigantes es la punta del iceberg de una batalla de dimensiones en el establishment estadounidense, de la cual casi nada sabemos y que hoy se expresa en el contexto digital.
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Como suele ocurrir cuando hay mucha tensión acumulada, basta un detonante para que se genere una reacción en cadena. Lo difícil es saber cuál será el detonante. En este caso lo fue el tuit de Donal Trump del 26 de mayo en el que, refiriéndose a la política interna estadounidense, afirmaba que el voto por correo en California era “sustancialmente fraudulento”. Ante esa declaración, Twitter “etiquetó el mensaje presidencial, advirtiendo así a los usuarios(as) que se trataba de una información engañosa.

Fue una decisión inédita, la misma red social en donde Trump tiene casi 82 millones de seguidores daba a entender que el presidente publica fake news, que el contenido de sus mensajes sería supervisado, y que se implementarían etiquetas de fast-cheking sobre sus tuits.

De inmediato se desató una reacción en cadena. Trump, furioso, acudió a sus poderes presidenciales y concretó una orden ejecutiva solicitando que la Comisión Federal de Comunicaciones revise el beneficio que tienen las plataformas tecnológicas como Facebook o Twitter de no ser responsables por lo que los usuarios publican en ellas.

Lo más intenso estaba por venir. Habían pasado 4 días desde que la policía asesinara a George Floyd, ardía Estados Unidos por las protestas en contra de la violencia policial racista, y el 29 de mayo Donald Trump se encargó de que ardiera también la Matrix. “Si empiezan los saqueos, empiezan los tiros”, posteó el Mandatario en Twitter y Facebook, citando (y reivindicando) las palabras racistas pronunciadas en 1967 por un no menos racista comisario de Miami, en plena lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Y Twitter lo hizo de nuevo: ocultó el tuit de Trump por “glorificación de la violencia”.

Facebook, en cambio, se puso del lado de la Casa Blanca. Ese mismo día, Trump llamó a Mark Zuckerberg. Luego de esa conversación, Zuckerberg publicó un extenso post en el que señala lo siguiente: “He estado luchando con cómo responder a los tuits y publicaciones del presidente todo el día. Personalmente, tengo una reacción negativa visceral a este tipo de retórica divisiva e inflamatoria. Aunque el post tenía una referencia histórica preocupante, decidimos dejarlo… A diferencia de Twitter, no tenemos una política de poner una advertencia frente a las publicaciones que pueden incitar a la violencia”.

Puede que sus palabras hayan calmado en algo la situación en la Casa Blanca, pero la empeoraron en su propia casa. Ante la negativa de poner límites al discurso de odio de Trump, cientos de empleados de Facebook realizaron una huelga de brazos caídos, automatizando sus perfiles digitales con respuestas automáticas de sus e-mails diciendo que estaban fuera de la oficina, algunos incluso renunciaron.

El 30 de mayo se metió a esta pelea de colosos otro grande: Netflix. En su cuenta de Twitter publicó “To be silent is to be complicit. Black lives matter”, en una clara crítica a Trump y a Facebook. “Tenemos una plataforma, y tenemos el deber hacia nuestros miembros, empleados, creadores y talentos negros de alzar la voz”, agregaba el tuit. En cierto modo, esta plataforma ya había tomado partido cuando el 27 de mayo estrenó el documental Jeffrey Esptein: asquerosamente rico, en cual se muestran vínculos que Epstein, jefe de una red internacional de prostitución de menores para mulimillonarios, tenía con Donald Trump.

Las posiciones en el ring se aclararon, Twitter y Netflix, por un lado, Facebook y Trump, por el otro. Faltaba Snapchat, una red social cuya aplicación exclusiva para smartphones es muy usada por jóvenes, y en la cual el propio Trump tiene 1.5 millones de seguidores. El 4 de junio anunció que dejará de promover la cuenta del Presidente, pues no dará promoción gratuita ni “amplificará voces que incitan a la violencia racial y a la injusticia”.

Una cosa está quedando clara. Como humanidad entramos de lleno en una era donde la digitalización es total, más aún en época de pandemia que, mientras nos obliga a disminuir el contacto físico, genera aumento de las relaciones online. Y si hasta hace poco, en la época analógica, eran los diarios o los canales de televisión los que como actores políticos tomaban partido por gobiernos y conspiraban para su derrocamiento o su estabilidad, hoy son las plataformas tecnológicas, con énfasis en las redes sociales, las que parecen estar a la vanguardia de esas dinámicas político-comunicacionales.

Lo sorprendente de este episodio es que pocas veces vemos un enfrentamiento tan público entre actores de peso pesado, todos ellos estadounidenses, y con una toma de posición tan abierta respecto de un tema hasta ahora poco discutido, cuasitabú: la responsabilidad de las plataformas tecnológicas por el contenido que circula en sus redes. Después de estos agitados días de mayo y junio, su supuesta neutralidad queda absolutamente cuestionada. Hasta ahí lo que sabemos, como sabemos también que este enfrentamiento de gigantes es la punta del iceberg de una batalla de dimensiones en el establishment estadounidense, de la cual casi nada sabemos y que hoy se expresa en el contexto digital.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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