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La receta de Einstein

por 13 agosto, 2020

La receta de Einstein
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En la columna anterior señalaba que la intolerancia es una enfermedad grave y contagiosa como un virus. Así lo experimentó Einstein en distintos países, incluyendo EE.UU., donde se radicó finalmente, señalando que el racismo era la más grave enfermedad de ese país.

El virus se anida y arraiga entre los pliegues de nuestro cerebro y desde allí se expande hasta nuestra lengua, puños y dedos. Es muy difícil de extirpar o sanar. Ya lo vivimos en Chile desde el 67 hasta alrededor del 95. Seríamos idiotas si no aprendemos la lección de la historia y repetimos ese ciclo dramático de 30 años de intolerancia que dañó a millones de chilenos pobres, ricos y de clase media; de izquierda, de centro y derecha.

La intolerancia mata democracias, desintegra naciones y pisotea la verdad. Es el caldo donde se cuecen el odio y la violencia. Ha matado a millones de personas en la historia de la humanidad, más que todas las pestes juntas.

Dijimos que, para terminar una enfermedad, debemos identificar y entender sus causas y dar medicinas que ataquen su origen. Sin embargo, en Chile seguimos atacando síntomas y efectos de la intolerancia, poniéndole paños fríos. Controlando el orden público, capturando y condenando a terroristas, celebrando acuerdos cuando la guerra está desatada. Son puros parches para calmar las heridas, que no curan la causa de la enfermedad.

¿Cuál es la causa de los prejuicios y la intolerancia? En los años 40, Einstein señaló que la causa es que “gran parte de nuestra actitud hacia las cosas está condicionada por opiniones y emociones que absorbemos inconscientemente como niños de nuestro entorno”. La tradición heredada y aprendida es lo que nos hace como somos, y “rara vez reflexionamos sobre cuán relativamente pequeña en comparación con la poderosa influencia de la tradición es la influencia de nuestro pensamiento consciente sobre nuestra conducta y convicciones. Sería tonto despreciar la tradición”.

¿Y cuál medicina sugiere para contener esa causa? Reconoce lo difícil de sanar una enfermedad tan arraigada. Pero sugiere comenzar con nuestra creciente autoconciencia e inteligencia a examinar y controlar la tradición y los prejuicios aprendidos o heredados que nos condicionan, asumiendo una actitud crítica hacia ellas, reconociendo lo que en ellas es perjudicial para la tolerancia, para nuestras relaciones, nuestro destino y dignidad de personas, para luego transformar nuestras vidas en consecuencia.

Quien intente pensar las cosas honestamente –cree Einstein– pronto reconocerá cuán indigno e incluso fatal es el prejuicio y la intolerancia que llevamos enquistados por la tradición y lo aprendido desde niños. También nos pide coraje para dar ejemplo con palabras y hechos, y vigilar que nuestros hijos no se vean influenciados por estos sesgos.

Después, en los años 60, el científico inglés Peter Cathcart Wason demostró que estamos sesgados cognitivamente, con atajos mentales inconscientes que nos inclinan a la confirmación de nuestras ideas y creencias preexistentes, ignorando las alternativas. Es el “sesgo de confirmación”, un error sistemático de nuestra mente y razonamiento, para apegarnos a nuestros prejuicios, sin contrastarlos con otras ideas. Nos hace buscar, recordar y favorecer la información y argumentos que confirmen las nuestras; y no las que las contradigan. Leemos libros, revisamos Twitter o Facebook que piensen parecido a nosotros; conversamos y chateamos con los que creen lo mismo; buscamos argumentos que reafirmen lo que pensamos, aunque se haya demostrado que es falso. Por eso, por ejemplo, instintivamente mucha gente cree las fake news que confirman sus prejuicios, y las reparten urbi et orbi como si fueran ciertas.

¿Hay antídotos para el sesgo de confirmación? Sí. Requieren voluntad e inteligencia, porque es desviar nuestra mente de un atajo inconsciente.

Una es examinar críticamente lo que estamos pensando, buscando nosotros mismos los argumentos contrarios, pensando desde la vereda del frente. Otro ejercicio, más emocional, consiste en empatizar con el otro y su posición contraria, poniéndonos en sus zapatos, desde sus argumentos, su realidad, su contexto y tradición. También sugiero permanecer activos en redes sociales en que prevalecen opiniones distintas o contrarias a la nuestra, y allí preguntar argumentos, escuchar y dialogar con quienes difieren de nosotros; empeñándose en analizar de forma lo más objetiva y cuidadosa que podamos las opiniones contrarias. A veces es insufrible, cierto, pero constituye un excelente ejercicio. Sostengo que no hay mejor manera de aprender que escuchando a los que piensan distinto. Nos abre horizontes, nos saca de lo confortable, nos obliga a pensar.

Por último, hay que lidiar con un señor muy poderoso que trabaja 24/7 en todo el mundo, tratando de potenciar nuestro “sesgo de confirmación” y, por tanto, haciéndonos más intolerantes. Se llama Algoritmo de Internet. Y como nos conoce más que nosotros mismos, nos lleva de la mano a consumir precisamente aquella información que confirma nuestra interpretación de la realidad, nuestra preferencia, y nos relaciona con los que son parecidos a cada uno. Con ese dulce caramelo confirmatorio, las plataformas de internet nos mantienen cautivos a ellas para aumentar sus ventas de publicidad, pero de paso aceleran la segmentación y la polarización entre nosotros.

En la próxima columna, además de aliños para realzar su sabor, me referiré a las recetas para disminuir la intolerancia que se deducen de Heidegger, el filósofo más importante del siglo XX, y de Martha Nussbaum, filósofa y experta en letras muy importante en la actualidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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