viernes, 18 de septiembre de 2020 Actualizado a las 21:29

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Pedro Casaldáliga, los pueblos indígenas y lo que podemos aprender

Pedro Casaldáliga, los pueblos indígenas y lo que podemos aprender

Crédito foto: De Casaldàliga-Causas.org - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=90449461

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El cristianismo no le teme al mundo posreligioso que se avecina y que en no pocos lugares se olfatea. La Iglesia sí, pues en su forma "moderna" pertenece a las estructuras que de a poco se desmoronan y pierden sentido. El cristianismo es más flexible, maleable, cambiante. La Iglesia no es un bloque monolítico uniforme. Ella, cuando ha sido inteligente, compasiva y atenta, ha sabido dialogar, transformarse y renovarse. No sin heridas, cismas y conflictos.

En relación con los pueblos indígenas, la Iglesia posee un historial diverso y no muy feliz, al menos en lo que respecta a su advenimiento en estas laderas del planeta. Carga con el peso de la "conquista", el "descubrimiento" y la colonización. Con mucha razón sigue produciendo indignación, tristeza y malestar en los que volvemos una y otra vez sobre la historia.

Sin embargo, ha habido también personas, comunidades, hombres y mujeres que han querido hacer las cosas de otro modo, que se han enfrentado a los mandatos y leyes que contradecían el espíritu del Evangelio. En ellos y ellas encontramos una verdadera empatía con el otro, un profundo deseo de comprender y aprender, disponiéndose a la escucha, al servicio y a una vida compartida. No en pocos casos construyendo interesantes caminos "ecuménicos", novedosos, sincréticos o al menos híbridos.

Uno de los testimonios de dicho diálogo feliz, de una relación enriquecedora y justa entre los pueblos indígenas y la Iglesia, tiene que ver con Pedro Casaldáliga (1928-2020). Un cura claretiano, de origen español, que llega a tierras brasileñas el mismo año en que se celebraba la Conferencia de los Obispos Latinoamericanos en Medellín (1968). Su arribo a Brasil fue al Mato Grosso, a vivir junto a los pueblos indígenas que habitan ese territorio amazónico. A poco andar, Pedro fue nombrado obispo de la prelatura de San Félix de Araguaia. Desde allí, ejerció un ministerio marcado por el servicio humilde a los más pobres, una voz profética frente a los dueños de grandes tierras y jerarquías eclesiásticas y una sensible mirada poética respecto de la vida social y espiritual.

En esta columna nos preguntamos por la persona de Pedro Casaldáliga y su relación con los indígenas Xavantes, Karajá, Tapirapés y otros. Nos parece reconocer en él tres fuentes primordiales que nos permiten sacar algunas enseñanzas para nuestras relaciones con el pueblo Mapuche.

Primero, reconocemos una forma original de vivir la fe. Esta forma posee como centro una profunda amistad e intimidad con la persona de Jesús. Esto no es trivial, pues tiene que ver con un sentido de vida, con una manera de comprenderse en la historia como discípulo y con una vida ética y espiritual concreta. Esta experiencia vital permitió que Pedro pudiera acoger al otro al modo de Jesús, sin prejuicios y desde un profundo reconocimiento. La fe en Jesús lo llevó a mirar al otro como hermano y desde allí realizar un camino juntos, enriquecidos por las diferencias existentes. Este lugar vital podría definirse como una actitud contemplativa y un habitar poético que va empapando todas las relaciones y dimensiones de la vida.

Segundo, reconocemos una fuerte conciencia histórica. Es decir, Pedro vivió de forma encarnada, lejos de abstracciones y elucubraciones sobre las necesidades y luchas de su pueblo. Vivir encarnadamente tampoco es trivial, se trata de ver y escuchar las injusticias que sufren los demás. Y no solo eso, sino que además de incorporar e incorporarse en dichas luchas. Hacer propias las esperanzas, demandas, necesidades y resistencias de la comunidad.

Casaldáliga se fue haciendo un empobrecido más, un humillado más. Su convicción cristiana fue la que lo llevó a encarnarse en las luchas del pueblo Xavante, Karajá y de los pobres y campesinos de Araguaia. Esta opción espiritual en América Latina ha sido bautizada como opción por los pobres. Sin romanticismos ni moralismos, sin espiritualizaciones ni heroísmos. La encarnación se vive desde la fragilidad de lo que somos, pensamos y hacemos. Pedro testimonia esto con suma lucidez y belleza.

En tercer lugar, Casaldáliga incorporó una forma latinoamericana de comprender y practicar la fe. Esta forma se conoce como Teología de la Liberación y aunque muchos se puedan jactar de que constituya algo del pasado, se equivocan rotundamente, pues la propia despedida de don Pedro dejó en evidencia que aquí no estábamos honrando a cualquier persona. Siendo uno de sus más grandes exponentes, sublime escritor y poeta, sigue alimentando generaciones en toda América Latina y el mundo. Exponente de una fe cercana, sencilla y al servicio humilde. Testimonio de un cristianismo que comprende el poder como una praxis del amor y la espiritualidad como un sentarse a comer juntos. Un cristianismo que pone los ritos al servicio del otro y no al revés y donde se respira profundamente que “la gloria de Dios es que el pobre viva”, como decía san Óscar Romero, parafraseando y actualizando el dicho atribuido a san Ireneo de Lyon (s. II d.C.). Un cristianismo que entiende que toda espiritualidad es política.

Nos parece que la fe en Jesús vivida y ofrecida de esa manera, encarnada y alimentada por una teología liberadora, adulta y abierta, se transforma en una gran posibilidad de situarnos de otra manera delante del otro, de nuestras historias y de las luchas ecosociales en las que estamos insertos. Desde allí nos preguntamos, ¿cómo no reconfigurar las relaciones que en general, como país, hemos establecido con el Pueblo-Nación Mapuche?

No cabe duda de que diagnósticos ha habido muchos y los más interesantes provienen de pensadores Mapuche. No son pocos los que llevan años proponiendo caminos de diálogo político, de relectura histórica y de una comprensión de lo que sucede en los territorios, además de la ignorancia respecto de su cosmovisión y espiritualidad.

Somos testigos de decenas de comuneros que de forma desesperada acuden a huelgas de hambre, presos sin debidos procesos y familias desmembradas en un conflicto que como país prolongamos horriblemente. ¿Tanta es la inoperancia o la mezquindad que no es posible llevar a cabo mesas de diálogo honesto y una negociación fructífera?

Preocupa ver que la sociedad chilena y latinoamericana continúe sin acertar caminos de humanización y justicia. Enfrascados en salvar economías y en una carrera sinsentido por el consumo, la innovación y el desarrollo. Con un acento peligroso en la vigilancia y seguridad, pero vaciados de sentido y espiritualidad. Sociedades que alimentan egos e individualismos sin contenido y pueblos donde las tasas de suicidios, el alcoholismo juvenil y el abandono de los adultos mayores asombra y escandaliza.

Todo esto nos lleva a mirar el testimonio de Pedro Casaldáliga como una esperanza en otras maneras de vivir. Una vida con sentido, vivida apasionadamente arriesgando seguridades personales y tronos de aduladores. Una vida cargada de rostros y nombres. Una vida que hace posible los mundos donde muchos mundos tienen cabida.

Antes de terminar nos gustaría acentuar un par de aspectos. El cristianismo, al menos en su intuición fundamental, posee la fuerza y el valor de generar alianzas, crear vínculos creativos, nuevos, otros, hacer parentescos. Es lo que Jesús hacía, es lo que Pedro Casaldáliga hizo junto y con los Karajá. Es posible generar relaciones basadas en el cariño, la intimidad, la complicidad y el aprecio que nos permitan también crear esos otros mundos necesarios y urgentes.

La idea cristiana del prójimo es fascinante. Supera cualquier vínculo sanguíneo o familiar para reconocer al otro, al que está cerca –próximo– como un semejante; como alguien que siendo distinto es cercano, es un prójimo. Sin embargo, el giro de Jesús es aún más fascinante, pues no sOlo el que está a nuestro lado es un prójimo sino que, al aproximarse, uno mismo se convierte en prójimo del otro. Quizás el cristianismo se trata en gran medida de hacernos prójimos, convertirnos en prójimos de otros. Para, desde ese nuevo lugar vital –el de prójimos–, construir una relación de respeto, cariño, reconocimiento y cuidado. Los prójimos se cuidan y eso fue lo que bellamente hicieron los indígenas al enterrar al hermano Pedro Casaldáliga en el cementerio de los Karajá a orillas del río Araguaia.

Estamos a dos meses de una votación histórica. Ella debe ser la puerta para un camino político hacia otro Estado y otras alianzas con el Pueblo-Nación Mapuche. El diálogo acompañado de una actitud y de una ética concreta –que aquí hemos expresado en términos de escucha, empatía, reconocimiento, reparación, cuidado, proximidad y aprendizaje– debe ser la ruta para generar una cultura y un camino de paz. Ese camino político implicará que haya escaños reservados en la próxima Convención Constituyente para los pueblos originarios y generar verdaderas mesas de trabajo en conjunto, en vías de modificar las nefastas prácticas que hasta nuestros días hemos elaborado.

Como el místico español-brasilero y muchísimos más han legado, es posible habitar de otros modos los territorios, territorios exteriores y sobre todo los territorios interiores, que nos permiten hacernos prójimos, caminar descalzos en las tierras del otro y transformar las maneras en que concebimos y creamos mundos.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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