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¿Optimista sobre Chile? ¡Sursum corda!

por 23 septiembre, 2020

¿Optimista sobre Chile? ¡Sursum corda!
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Detesto el “pesimismo pusilánime”, que cree que las cosas nunca mejorarán. Alega por todo y contra todos, pero no hace nada para que las cosas mejoren. Se acobarda frente a la realidad adversa y no la enfrenta, se da por vencido antes de dar la batalla. Es cómodo, flojo y no busca soluciones. Sólo aporta quejas, miedo, división y desánimo. A veces es poco patriota y se arranca a la primera ventisca, a pasar los temporales en otro país donde el sol brille cada día.

Hay otro pesimismo que llamo “tecnocrático” o “racionalista”, que se cree “realista”. El de los tecnócratas y economistas. Ven los datos y su proyección matemática futura, hacen un análisis racional, y eso determina si las cosas irán mejor o peor. Ahí caen resignados como pato herido. Sólo ese resultado matemático y cartesiano define si son pesimistas u optimistas. Rebauticémoslo como “pesimismo científico” para subirles el pelo y no ofender a mis amigos de esta categoría. Obvio que necesitamos los datos correctos y las proyecciones probables, pero luego viene el trabajo importante, desafiar esa realidad creativamente para mejorar el presente y el futuro.

Los “pesimistas científicos” no tienen emoción ni disposición de ánimo, carecen de la subjetividad consustancial al optimismo o al pesimismo. Se dan por vencidos con los datos y conclusiones cartesianas como una fatalidad.

Paradójicamente estos pesimistas “racionales” o “científicos”, generalmente ateos o agnósticos, se parecen mucho con aquellos que yo llamo “pesimistas teológicos” o “pesimistas piadosos”. Son personas de mucha Fe, que se quedaron pegados en el Antiguo Testamento y creen a pie juntillas que los difíciles tiempos que vivimos son un castigo o una prueba de Dios, y que no queda más remedio que resignarse y rezar. En su fatalidad y predestinación, se igualan a los números y los silogismos a secas.

¡Créanme! ¡Ningún pesimismo nos llevará a buen puerto! La falta de unidad tampoco. El pesimismo y la falta de sentido de país sólo demorarían la agonía.

Yo me declaro optimista sobre el futuro de Chile, porque estamos en una crisis grave y simultánea en diversos ámbitos que, aunque serán un tránsito durísimo, nos ofrecen una oportunidad de enfrentarlas como un desafío común y creativo del país, intentando construir una nueva visión compartida de largo plazo. Ello haría posible iniciar un nuevo ciclo de mayor equilibrio, paz, justicia, dignidad y prosperidad. Dado que estas crisis en Chile son simultáneas, esa visión común de futuro puede tener mayor coherencia en sus diversos ámbitos, como el constitucional y político, social, cultural, étnico, institucional, económico-productivo, científico – tecnológico, urbano, etc.

Depende de todos nosotros enfrentarlo como desafío creativo y optimista. Nadie está ajeno. Una gran batalla se gana con todos, desde los soldados hasta los generales. Cada cual tiene su rol, responsabilidad y aportes que hacer: profesionales, empresarios, trabajadores, estudiantes, sindicatos, universidades, partidos políticos, intelectuales, científicos, medios de comunicación.

Yo entiendo el optimismo como una positiva disposición del ánimo para enfrentar la realidad y el futuro probable, aunque sean muy adversos. Toma la adversidad como desafío, con energía y voluntad. Busca respuestas creativas, ventajas y oportunidades que mejoren el presente y el futuro. Podría llamarse “optimismo ético”, el de “la moral en alto”, el del “ánimo” (de ánima) que viene del alma. Es un optimismo constructivo, que facilita la colaboración, el esfuerzo y el trabajo en equipo.

Nace cuando confrontamos la adversidad y la transformamos en una provocación, una incitación que impulsa al talento, la creación y el esfuerzo, para responder con soluciones concretas y realizarlas con empeño. Puede que fracasen, algunas o muchas, y si sucede debemos transformarlas en nuevos desafíos. El error y los fracasos son parte del camino a las soluciones.

El optimismo en que creo reconoce la realidad como es, ve el vaso tal como está, con el agua hasta la mitad, y lo mira con un lente transparente que no ignora la parte vacía, pero se impone el reto de llenar esa mitad. Conoce la adversidad, pero decide hacerse cargo de ella, la enfrenta creativamente para mejorarla.

En cambio, no creo en el “optimismo como ilusión” ingenua o infantil, ese que no conoce la realidad completa ni hace nada para que mejore.

Tampoco creo en el “optimismo que distorsiona la realidad” o el futuro. Ese que mira sólo la mejor parte a través de un cristal en colores y se regocija de la mitad medio llena del vaso, que normalmente es aquella en que vive y se favorece este “optimista”. Pero que se hace el leso con la mitad vacía. Este “optimismo ingenuo o iluso” o el que “distorsiona la realidad” genera expectativas irreales que causan frustración y perpetúan la injusticia de los que viven en la mitad vacía del vaso. Tal vez es un optimismo que sirve al que lo tiene, para subirse el ánimo y auto complacerse en la mitad llena y creerse jaguares del mundo. Pero no aporta mucho a las soluciones, porque niega la realidad y termina complotando contra sí mismo. Es el “optimismo ingenuo o distorsionado” que nos llevó al estallido social.

Podemos generar un Chile mucho mejor que el que teníamos. Pero sólo si enfrentamos las crisis simultáneas y adversas que tenemos y las que vendrán con optimismo, como un desafío creativo y una oportunidad común para el país. Podemos construir una nueva visión coherente y compartida, de largo plazo, iniciando un nuevo ciclo de mayor equilibrio, paz, justicia, dignidad y prosperidad para Chile.

 

 

 

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