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El deporte: una herramienta poderosa contra la desigualdad

por 9 octubre, 2020

El deporte: una herramienta poderosa contra la desigualdad
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Se piensa como un pasatiempo, algo que se hace porque se quiere, pero no porque se necesita. No se suele saber, pero el juego –y el deporte– es un derecho fundamental para los niños, niñas y adolescentes. Así lo declaró la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU, que Chile ratificó hace más de treinta años. Y este derecho, como todos los demás, es fundamental para la niñez, especialmente para la que vive en situación de vulneración y exclusión.

En contextos sociales complejos, con alta vulnerabilidad social, hacinamiento y falta de oportunidades, el acceso al deporte, al entretenimiento, es un estímulo clave para el desarrollo afectivo, físico, intelectual y social de la niñez y la adolescencia, además de ser un factor de equilibrio y realización personal.

Eso lo hemos visto y aprendido en nuestro trabajo en Futuros para el Tenis, que funciona hace más de 15 años en la población Santa Adriana, en la comuna de Lo Espejo, en Santiago.

En Chile, antes de la pandemia, el 22,9% de los niños, niñas y adolescentes vivía en situación de pobreza multidimensional, según la última encuesta Casen. La mala calidad de vida urbana, los altísimos niveles del Índice de Vulnerabilidad Escolar, son problemáticas constantes en las casas donde nosotros llegamos, y la pandemia ha agudizado y multiplicado esta situación, pues las familias no cuentan con los recursos ni redes de apoyo necesarias para sobrellevar los efectos y consecuencias de la crisis. Ahí, entonces, el deporte se vuelve un arma clave para combatir esos efectos.

Hay momentos exactos que cambian trayectorias de vida. Y esos momentos –son como una suerte de punto de inflexión–, se producen, generalmente, en los tiempos de ocio: cuando los niños no están en las escuelas, los padres o madres no están en las casas, y la calle muchas veces termina siendo la única respuesta. Son precisamente esos momentos cuando los niños y niñas se ven más expuestos a vivir las consecuencias de la pobreza y desigualdad. Pero el deporte, y el contar con un espacio protegido, de aprendizaje, de compañía, permite quebrar con eso.

El juego y el deporte son un medio que permite el desarrollo positivo de los niños, niñas y adolescentes. Contiene reglas –consensuadas, aceptadas entre todos y todas–, trabajo en equipo, colaboración, empatía. También permite enseñar a compartir, a respetar al otro. No es solo el desarrollo de habilidades o destrezas físicas, ni solo ganar o perder. Trasciende de lo técnico y de lo táctico, transformándose en un instrumento educativo que genera habilidades, pero que también entrega herramientas para desenvolverse en la vida.

En Futuros para el Tenis, desde el inicio de la pandemia, sabíamos que mantenernos conectados era crucial para los niños y niñas que atendemos (más de 200 a la semana: en colegios, centros comunitarios, en organizaciones aliadas), entendiendo que el encierro, la incertidumbre económica, tendrían diversas repercusiones en ellos. Así, implementamos talleres y actividades remotas –usando materiales de la casa, adecuados a espacios reducidos, apoyando en la conexión, buscando estrategias para entregar espacios de acogida a pesar de la distancia– con el fin de promover el derecho al juego y la práctica del deporte, mermando los efectos psicológicos y físicos producidos por la crisis.

Lo hemos hecho apoyados por la ONG América Solidaria, a través de profesionales voluntarios que ya son parte de nuestra organización, trabajando en conjunto para lograr el tránsito a la virtualidad de forma ágil, innovando y cambiando constantemente.

Hemos logrado avances e historias de superación increíbles (cómo no pensar en Diego Neira, niño del barrio que hoy está becado en la universidad gracias al tenis), pero el caso a caso no es suficiente. Hoy urge crear instancias que permitan y garanticen el acceso universal, sin importar de donde sean ni de donde vengan, al juego y al deporte. Le corresponde al Estado de Chile –como una deuda histórica a treinta años de la Convención sobre los Derechos del Niño–, pero también a quienes estamos desde la vereda de las fundaciones, o las escuelas, los jardines, los padres y madres. Este es un desafío que debe ser abordado de forma mancomunada, aprendiendo unos de otros y cooperando. Solo así podremos cambiar la realidad de miles de niños y niñas, especialmente cuando derrotemos la pandemia sanitaria y tengamos que seguir enfrentando la pandemia social, mucho más fuerte y mucho más cruda.

En ese nuevo escenario, incierto y brutal –según datos de Unicef y Save The Children, a finales de 2020 la cifra de niños y niñas bajo la línea de la pobreza en América llegaría a 86 millones–, el deporte será una herramienta poderosa. Así lo dijo alguna vez Nelson Mandela: “Los deportes tienen el poder de cambiar el mundo (...), tienen el poder de inspirar. Tienen el poder de unir a la gente como pocas cosas tienen. Tienen el poder de crear esperanza donde alguna vez solo hubo desesperanza”. Usémoslo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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