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Reescribir Chile con hoja en blanco, ojos abiertos y corazones palpitantes

por 17 octubre, 2020

Reescribir Chile con hoja en blanco, ojos abiertos y corazones palpitantes

Crédito foto: Marcelo Pérez

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Durante el desayuno, en una conversación cotidiana con mi hija, me encuentro con uno de los más tristes legados de la actual Constitución y cultura política: el desconocimiento, la desinformación, la desinvestidura de lo público, el individualismo despolitizado de nuestra educación. El estado de –no mente– que el gobierno militar pudo tan bien instalar transgeneracionalmente, a punta de miedo, control, tecnocracia, represión y muerte. Una de las consecuencias más terribles para nuestra sociedad posdictadura es que nos encontramos demasiado ocupados en el consumo banal y en el agenciamiento personal, que todo lazo social se ha perdido como soporte de una vida comunitaria digna y susceptible de ser disfrutada.

Sin educación cívica en las escuelas, con el pensamiento filosófico crítico mirado con sospecha por su in-utilidad capitalista, encontramos infancias y juventudes que consideran anticuado y aburrido el miramiento por la política. Se nos arrebató –primero con represión y luego con teología consumista y aspiracional– la posibilidad de imaginar y gestar un cambio en nuestros modos de vida. Esa misma juventud anestesiada de lo público, ha sido paradójicamente la que nos ha traído al despertar: vestida de pingüino, vestida de 2011, vestida de evasión, revestida de “No son 30 pesos, son 30 años”.

Sin perjuicio de ello, una buena parte de la juventud e infancia en Chile no sabe qué es la Constitución y no tiene interés en saber qué se vota el próximo 25 de octubre. De saberlo, creen que nada tiene que ver con ellos, con su realidad, vivida en medio de pantallas, fibras ópticas, 4G, marcas, gratificación inmediata y superficialidad. Ese es un efecto sintomal de la época, de la política corrupta, de la educación vacía, del atomismo individual como ideología inconsciente.

Por eso yo voto Apruebo y lo hago con convención constituyente, porque quiero que nos vuelva a importar, que nos volvamos a involucrar, que seamos ciudadanos que participan del pacto social, que lo conocen, que están comprometidos con el conjunto. Por tantas y tantos que, día a día, son vulnerados y abandonados por el Estado opresor y subsidiario. Apruebo, a una ciudadanía conocedora de sus derechos e indignada ante la injusticia.

Estamos viviendo un “despertar” público imprescindible, que urge y que debe ocurrir, a su vez, al interior de nuestros hogares, en ese espacio microfísico del poder. No es suficiente usar el pañuelo verde para la marcha, escribir la pancarta de repudio a la impunidad de la violación de derechos humanos, llorar por los ojos perdidos en la masacre de la revuelta popular… es preciso tejer y construir activamente un nuevo pacto social.

El despertar supone un acto de conciencia cotidiana, enraizada en el devenir. En las conversaciones durante el desayuno, en la relación con el vecino, en saber cuáles y dónde están las comunas más pobres de Santiago y de Chile, y jamás acostumbrarse a su excluida y velada existencia. En conocer los problemas sociales y tener múltiples propuestas para corregirlos. En que aprendamos a volver a pensar, reflexionar, dialogar, discutir y construir política, en todos los espacios sociales. No solo en el Parlamento o en los poderes del Estado, sino en los territorios y barrios.

El derecho de hacer política es nuestro, pero olvidamos qué hacer con él, a tal punto que ha estado por décadas reducida a un simulacro lamentable de falsas elecciones cooptadas por la oligarquía y sus intereses de clase. Su financiamiento y su mecánica así lo atestiguan. Funcionó la hipnosis, pero el despertar llegó para quedarse y reescribir Chile con hoja en blanco, ojos abiertos y corazones palpitantes.                  

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