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2020, ¿un año perdido en educación?

por 20 noviembre, 2020

2020, ¿un año perdido en educación?
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Durante todo el año 2020 existió una preocupación –y determinación– por parte de las autoridades por volver a clases presenciales, con el argumento de que “no se podía perder el año escolar”. Sin duda el aprendizaje presencial tiene elementos que hasta el momento son imposibles de ser reemplazados a distancia, ya que en el proceso de enseñanza-aprendizaje es clave la comunicación interpersonal efectiva entre los participantes (docentes y estudiantes). Las pantallas –aun superando las limitaciones de infraestructura– no logran acercarse a la riqueza del encuentro físico. Distintos informes han propuesto que la interrupción de clases implicaría rezagos en el aprendizaje de los estudiantes y una profundización de las brechas entre los resultados de los distintos sectores socioeconómicos.

El segundo informe “Estamos Conectados” de E2020, muestra que un gran porcentaje de estudiantes (42%) siente que no ha aprendido nada o casi nada, y que un 64% siente que ha aprendido menos que antes. De esta forma, se ha instalado desde ciertos sectores la idea de que el 2020 fue un año perdido, cuyos daños pueden ser irreparables. En esta columna intentamos explorar el reverso de esta preocupación preguntándonos qué aprendimos este año, ya que, desde nuestra experiencia acompañando a escuelas en distintos lugares del país, consideramos que el año 2020 nos deja importantes lecciones que debemos rescatar.

En primer lugar, en el año 2020 observamos un proceso inédito de empoderamiento de las comunidades educativas. En el incierto escenario por el que pasamos, equipos directivos y docentes se vieron forzados a tomar decisiones de forma autónoma, respondiendo a las necesidades de sus estudiantes y familias. Esta forma de actuar es fundamental para la mejora de las instituciones educativas, y en tiempos “normales” muchas veces es impedida por las exigencias burocráticas y por costumbres fuertemente enraizadas en la cultura escolar.

Distintos establecimientos educacionales transformaron de forma radical sus prácticas, promoviendo el trabajo interdisciplinario entre docentes, adaptando el currículum a las necesidades de los y las estudiantes y diseñando actividades de aprendizaje auténticas, es decir, que están relacionadas con el contexto, con los intereses de los estudiantes, y que se centran en conocimientos y prácticas fundamentales para la vida. En el aprendizaje a distancia se demostró que las actividades “tradicionales” –clases frontales donde se transmite información, o completar guías con ejercicios repetitivos– no son lo suficientemente motivantes para los estudiantes y, sin existir los mecanismos de control de las clases presenciales, no son capaces de involucrarlos.

De esta forma, preguntas esenciales de la pedagogía: qué enseñamos, para qué lo hacemos y cómo hacemos para involucrar a los estudiantes en el aprendizaje, fueron abordadas con una intensidad poco frecuente. Dentro de estos cuestionamientos, cobró una importancia fundamental la consideración del estado socioemocional tanto de docentes como de estudiantes, aspecto que suele ser poco explorado a pesar de su relevancia.

Por otro lado, durante todo este año fue clave involucrar a las familias en el proceso de aprendizaje estudiantil. Como pocas veces, las familias fueron parte primordial en la toma de decisiones de las comunidades educativas. Los equipos docentes tuvieron que repensar sus instrumentos de evaluación, los que generalmente se diseñan y redactan en un lenguaje técnico, solo comprensible por docentes, diseñando actividades pedagógicas y sistemas de evaluación comprensibles para estudiantes y apoderados(as) no pedagogos(as).

Otro elemento que debemos relevar es que de forma masiva nos involucramos con las tecnologías para la información y la comunicación, constatando tanto sus oportunidades como sus limitaciones. Aprendimos que existen herramientas sencillas capaces de potenciar interacciones pedagógicas, que es posible desarrollar trabajo colaborativo online –tanto entre docentes como entre estudiantes–, que se pueden desarrollar procesos de indagación profunda en línea y que el mundo digital en que muchos y muchas estudiantes están inmersos tiene un enorme potencial pedagógico. Durante este año, la integración de tecnologías fue abordada con foco pedagógico y no como un agregado forzoso, como suele suceder.

Sin duda aprendimos, a la fuerza y de forma inesperada, que en la actualidad tenemos las capacidades profesionales de los equipos docentes para abordar los puntos recién mencionados. Sin embargo, también constatamos que trabajar de esta forma genera un desgaste enorme en los docentes. El trabajo interdisciplinario entre docentes, la reflexión pedagógica, la adaptación del currículum al contexto local y el aprendizaje continuo, requieren tiempos y apoyos que suelen no ser considerados en la organización de las escuelas.

Por último, es fundamental considerar seriamente cómo problemas estructurales permean a la escuela. Esta pandemia dejó aún más en evidencia la desigualdad económica y social en que nos encontramos. Las condiciones en los hogares afectan severamente la posibilidad de involucrarse o no en el aprendizaje. Mientras hay quienes juegan y chatean con dispositivos propios y a altas velocidades de conexión en un espacio cómodo, muchos(as) otros(as) difícilmente logran conectarse a una llamada telefónica. Las familias que habitan en las zonas rurales de Chile, que según los criterios del Banco Mundial representan un 35% del territorio nacional (según los criterios del INE un 13%), o tienen un acceso deficiente a internet o, derechamente, no cuentan con conexión a la red. Para ellas y ellos la educación remota ni siquiera existió.

Si revisamos las falencias sistémicas que las escuelas y equipos docentes se vieron empujados a afrontar durante este 2020 para mantener el aprendizaje de sus estudiantes, podemos ver que ninguno de estos problemas es nuevo. Este año se exacerbaron y el próximo año seguirán con nosotros. Lo que sí es nuevo es que tuvimos la oportunidad inédita de enfrentarlos de forma masiva, empleando mucha energía, creatividad y profesionalismo.

Por esta razón, es fundamental preguntarnos cómo lo hacemos para no perder estos valiosos aprendizajes. Entrando al año 2021 corremos el riesgo de querer borrar lo aprendido, volviendo a un sistema que a todas luces contaba con importantes falencias. Ver el vaso completamente vacío es una cuestión de enfoque. Quien mirando los campos de trigo solo es capaz de contar kilos de harina, difícilmente será capaz de ver en ello un paisaje.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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