sábado, 23 de enero de 2021 Actualizado a las 16:26

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Una política de la ternura

Una política de la ternura
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(Capítulos IV y V de Fratelli Tutti del papa Francisco)

Como ya habíamos anunciado, esta corresponde a la segunda columna de un total de tres, que hemos querido dedicar para comentar y analizar el reciente documento del papa Francisco sobre la Fraternidad Política y Amistad Social, llamada Fratelli Tutti.

Si bien los primeros capítulos, ya comentados, giraban en torno a un agudo y duro diagnóstico respecto de la situación social y política del mundo, en particular del sistema económico imperante, y en base a la idea de la dignidad humana, social, colectiva y espiritual, estos capítulos los hemos tomado desde lo que podría denominarse una política de la ternura (194), cuyo pilares fundamentales vendrían siendo la hospitalidad (129, 139, 146), la categoría pueblo (160, 182) y la caridad (183-193).

Primero la hospitalidad. Esta expresión ética está en el corazón del cristianismo y es de una profundidad tan hermosa como incómoda. Desde la concepción misma de Dios, quien se hace hospitalario de lo otro, de lo que no es Él, es decir, todo lo creado; hasta la idea, también abismante de un Dios que necesita ser acogido por su creación para entrar en relación y establecer un vínculo o alianza con ella. Dios toca a la puerta y espera, tímidamente, que le respondamos. La hospitalidad es uno de los puntos altos en la tradición judeocristiana, manifestada en el episodio de la Encina de Mambré (Génesis 18, 1-8), donde Dios en la figura de tres ángeles llega de visita al hogar de Sara y Abrahán. Interpretaciones hay muchas y el texto ha sido tan expresivo que el gran iconógrafo y santo ruso Andréi Rubliov (muerto c. 1430) pintó la escena conocida como “La Trinidad”. Más tarde Jesús da muestras de lo que entiende y cómo debe ser vivida la hospitalidad; y se convierte en una de las marcas distintivas del espíritu cristiano. Acoger al forastero, dar abrigo y techo a quién no lo tiene, servir al huésped como si fuera él quien nos acoge. Toda una ética de la hospitalidad como reflejo y testimonio de la hospitalidad primera de Dios.

Francisco, sin entrar mucho en esta virtud se detiene en temas que siguen siendo complejos a la hora de poner la hospitalidad en acción, como los migrantes (129), los refugiados (130) y todas aquellas personas que se encuentran lejos de su tierra. Pero, y creemos que aquí radica la fuerza de estos números, no se trata solo de un ejercicio virtuoso o de poner en práctica la bondad, sino de la necesidad de generar vínculos con lo distinto (135-137). Francisco esboza lo que filósofos judíos como Emanuel Levinas habían definido como alteronomía, es decir, una ética del otro; donde la ley moral, el mandato del amor y la justicia vienen siempre dados por el otro y en particular el otro menospreciado, marginalizado, empobrecido; en definitiva, aquellos que de manera única Eduardo Galeano llamó “los nadie”. Aquí nos encontramos con una riqueza ética y existencial que no ha llegado a cuajarse ni en la praxis sociopolítica ni en reflexiones teológicas de líderes cristianos. El otro nos construye, el otro nos permite ejecutar la bondad originaria, el otro nos da la posibilidad de responder al amor, desplazar el ego y transitar la humildad.

Vivir la hospitalidad significa, por un lado, repensar nuestras ideas de políticas migratorias y de acogida al extranjero, pero también y muy probablemente otra forma de comprender el territorio. La hospitalidad dista de muros y fronteras rígidas; no tiene nada que ver con ideas nacionalistas ni con culturas uniformes (144). Pensar desde la hospitalidad nuestras relaciones chileno-pueblos originarios nos puede conducir a otro tipo de relaciones y alianzas muy distintas a las actuales, mezquinas, heridas e injustas. Nos necesitamos para vivir mejor (143, 150), para aprender del otro y reconocer aquello que no logro ver y que apenas imagino. Los otros mundos posibles solo son posibles desde la hospitalidad del otro. Francisco habla de nuevas síntesis, de mestizajes y encuentros entre culturas y pueblos distintos como una expresión de la belleza de la vida y de la posibilidad de un mejor vivir (148).

El pueblo. Probablemente para entender aquí al obispo de Roma debemos conocer un poco su historial teológico-pastoral. Francisco proviene de una vertiente muy rica de la teología latinoamericana conocida como “Teología del Pueblo”. Nacida después del Concilio Vaticano II y en particular de la Conferencia de Medellín el año 1968. Podríamos decir apresuradamente que es la lectura argentina de la Teología de la Liberación, sistematizada entre algunos por Lucio Gera, Juan Carlos Scanonne y Alberto Methol. La Teología del Pueblo comprende precisamente al pueblo como sujeto histórico, mítico y capaz de organización, emancipación y cohesión cultural, religiosa y política. Por eso en Fratelli Tutti y en otros documentos, Francisco hace hincapié en este tema y se detiene a discutir con la idea de populismo. De alguna manera critica su uso y abuso, ya sea para explicar que no todo populismo es tajantemente perverso ni que es una idea que haya que usar frente a cualquier política social en vistas del pueblo pobre (157).

El pueblo existe, no es una mera abstracción ni tampoco una ideología. No es una figura romántica (163) ni utópica. Sin duda, ese ha sido uno de los más grandes errores: idealizar al pueblo transformándolo en algo que no es. El pueblo se encuentra, celebra, comparte, resiste y lucha. Para el cristianismo no hay ningún problema en utilizar esta categoría polisémica, pues ella también pertenece a la tradición. Dios escoge un pueblo. No solo a personas o propuestas o proyectos, sino pueblos, colectivos diversos, comunidades amplias con historia, sufrimientos y esperanzas. “Forma parte de una identidad común” (158), dice el texto. Somos pueblo, nos entendemos como pueblo. Sin embargo, en nuestros días esta categoría más allá de sus dificultades y riquezas semánticas no siempre da cuenta de la realidad. ¿Qué pueblo somos? Y ¿quiénes conformamos hoy dicho pueblo? En un Chile fragmentado e indignado, sentimiento que no amaina luego del rotundo e histórico Apruebo del 25 de octubre, vale la pena volver sobre estas preguntas. ¿Qué identidades nos conforman como pueblo? ¿Dónde estamos camino a ese pueblo que espera abrazado y celebra la vida a pesar de todo?

Los grupos de poder, las élites ensimismadas buscan “desfigurar al pueblo” y su conciencia de cuerpo. ¿Cómo entonces construir otras intermediaciones, generar nuevos espacios y refugios políticos, sociales, culturales y espirituales? No es tarea fácil. Somos más bien un enjambre, diría el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, no llegamos a construir un pueblo; tampoco cuando nos conformamos en uno para Aprobar. El enjambre solo se reúne funcionalmente, en vistas de un acto puntual, de un acontecimiento, de un espectáculo. Pero no por causas duraderas, ni mucho menos para luchas que nos pueden costar la vida. Es posible, tal vez no de forma tan exhaustiva. Quizás en la América morena, latina e indígena sí queda pueblo aún. No somos autómatas ni estamos desmembrados. No del todo. Es posible continuar la senda del Pueblo. Fratelli Tutti la anima (160), a contracorriente del individualismo del enjambre neoliberal.

Finalmente, la Caridad como conjunción del pueblo y la política (164). La palabra no nos gusta, está gastada y alude a aquellas formas de solidaridad que tanto hemos rechazado: paternalismos y asistencialismos. Al menos en el imaginario colectivo la caridad es sinónimo de generosidad y ayuda, pero con el entredicho de dar lo que sobra. Aquí Francisco vuelve a reposicionar la caridad como amor social en vistas de una transformación (165). Una caridad que requiere organización, resistencia y lucha. Nada que ver con aquellas caridades que no estremecen en nada los cimientos de la injusticia, con la caridad servil a las tecnocracias financieras y al greenwashing, deberíamos agregar. Eso no es caridad, sino drogas para las conciencias intranquilas.

El texto vuelve sobre los movimientos populares como motores de transformación. Es una “tecla” de Francisco que nos parece sumamente importante y profética. Son los pobres y los movimientos en torno a los empobrecidos, trabajadores precarizados, comunidades vulneradas, oficios no reconocidos y mal remunerados… ellos y ellas, los y las “poetas sociales” (169), son quienes poseen el mayor potencial transformador. Aquí la caridad consiste en oírlos y darles la posibilidad de tomar decisiones e intervenir en las políticas públicas. Es la “opción preferencial por los pobres” la que activa la verdadera caridad, aquella que no se entiende desvinculada de la justicia y equidad. Dicha opción es el corazón de la política, afirmará el papa sin malabarismos (187).

Así es como la grandeza política (178), la dignidad de la política (180) aparece en su mejor versión, a partir del amor y la amistad social en vistas del bien común. Allí radica el ejercicio de ser con-vocados en comunidad. Velar, disputar, dialogar y construir juntos y juntas ese espacio vital donde todos y todas puedan encontrar un sitio para desarrollarse.

Ya al final de los capítulos que hemos comentado, Francisco vuelve a vincular estos pilares, pues la caridad se expresa en el ejercicio de la hospitalidad. La acogida será la manifestación de la amistad social cuyo corazón se expresa en una opción por, con y junto a los empobrecidos de nuestros pueblos. ¿Qué hiciste por tu hermano y hermana cuando estabas en esa posición de poder? ¿De qué forma tu praxis política se vio tocada, pensada y dirigida a los sufrientes y “los nadie”? (197). Así como las preguntas de Mateo 25 en el juicio final por cuánto amaste, cuánto serviste, cuánto acogiste; Francisco sitúa las preguntas en el plano del ejercicio del poder.

En pleno período eleccionario, en medio de candidaturas, rostros y personalidades levantadas por la prensa, indignantes abusos, incomprensibles injusticias y nuevos escándalos en la política chilena, viene bien leer estos capítulos y preguntarse por los resortes y móviles colectivos de quienes dicen servir, ayudar, colaborar. Viene bien preguntarnos por el pueblo que queremos ser y hasta que punto el dolor del otro nos conmueve y desarma. Solo así seguiremos transitando la ruta hacia una política de la ternura.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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