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El atril de la escucha

por 21 diciembre, 2020

El atril de la escucha
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No sé en qué momento los intelectuales dejaron de escuchar, se subieron al atril del pregunten que lo respondo todo y amaron el micrófono público como si la misma vida se les fuese en ello. Ignoro a partir de qué momento y por qué su lengua se hizo incapaz de pronunciar una “ch” en condiciones y comenzaron a disfrazarla de “t” o cualquier otra aberración fonética, para elevarse con unas alas que enseñorean la clase social que a la vuelta de la esquina niegan al ciudadano medio.

No dispongo de información sobre qué colegio católico o progresista conservador cultivaron las semillas de su abecedario actual, y menos dónde residieron cuando disfrutaron de las becas en las universidades extranjeras por donde pasearon para recordarlo, y recordárnoslo, por siempre en adelante. Desconozco el fogón que templó la mesura con la que hablan del mundo, como si fuesen ajenos al mismo, mirando con gesto de repugnancia e implícito ánimo de castigo a las “hordas” de los barrios populares.

Ahora que sales en la radio, que escribes tus dichos en los diarios de mayor lectura, que imprimes tu imagen en discusiones televisivas y se habla de ti en algún que otro matinal, hoy que estás despuntando en popularidad y alguien te saluda por la calle y te preguntas quién fue, de dónde lo ubico, a qué parentela consanguínea o ideológica pertenece, es el momento justo para pensar si es buena idea hablar o escuchar, enseñar o aprender, ser profesor o alumno, de una vida compleja, ¿o es que lo sabes todo?, de un escenario teatral en evolución, ¿o es que todo no es más que lo mismo mil y una veces disfrazado de historia nueva?

Son grandes los cambios que pudieran venirse, enormes los desafíos para una democracia que debiera estar en transición a un estadio mejor, superándose a sí misma no por el autoritarismo, sino por novedades que la sintonicen con la historia. Y tú quieres decirnos cómo debe ser el porvenir, engolosinado con el caramelo del “tengo razón”, del aquí estoy, “yo, yo, yo, y un millón de veces yo”, sin nadie más, engrandecido por mi salario permanente, las tecnologías accesibles y mi envidiable hogar bien ubicado, al lado de “todo lo que verdaderamente importa”. Sin duda, tu yo se multiplica en las mil voces que se reproducen en la web, por hoy y por siempre, ciberinmortalidad de un olvido que podemos retrasar.

No sé en qué momento los intelectuales dejaron de pensar, incapaces de recibir información del medio, de practicar una osmosis cívica propia de la horizontalidad, una escucha activa, interesada, capaz de decir erré tantas veces y estoy aprendiendo nuevamente, tras años de clausura e inmersión en un ascetismo urbano en la torre de marfil imaginaria. Efectivamente, como se puede intuir, escuchar es dar la palabra, por fin dar la palabra, finalmente construir una democracia, un ágora impredecible, con errores ortográficos, con una gramática al borde del precipicio.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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