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No vivas con miedo

por 17 enero, 2021

No vivas con miedo
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Como humanidad, y quizás desde que salimos de la predictibilidad de la Sabana Africana y poblamos el mundo, nos hemos enfrentado a los peores peligros de la existencia: hemos pasado por glaciaciones, erupciones volcánicas, maremotos, tsunamis, plagas, incendios, pandemias, imperios, dictaduras, guerras mundiales, genocidios, desplomes financieros, pobreza, hambre, violencia, abusos, maltratos, negligencias, abandonos, muertes inesperadas, accidentes, familias disfuncionales, relaciones tóxicas, traiciones, deslealtades, infidelidades, ataques e, incluso, ¡pudiste sobrevivir al psicópata de tu ex! (y eso, ya es bastante).

Porque como dice Sanz: “Vivir es lo más peligroso que tiene la vida”.

Es que la vida no trae garantías de nada porque la muerte, el dolor, la enfermedad, el sufrimiento y todas las calamidades posibles nos acechan todo el tiempo. Es más, hasta nuestro tan amado, dador de vida e idolatrado Sol, nos hará el desaire de morirse en 5.000 millones de años más y lo que quede de humanidad y planeta (si queda), desaparecerá y será engullido en un atrapamiento mortal, independiente de lo que nuestro insignificante anhelo egocéntrico desee.

Es que la maquinaria publicitaria ha puesto en la mente colectiva que podemos convertir a nuestro pequeño mundo en un lugar seguro, lleno de certezas, verdades y nos hemos comprado la idea fantástica que podemos cerrar las puertas de nuestra casa las veces que queramos, logrando así la tan anhelada seguridad para nosotros y los nuestros. En efecto, nos pone tan cómodos pensar el planeta como un lugar predecible, estático y amigable, que cuando sentimos inseguridad de algún tipo nos genera, inmediatamente, unos estados de perturbación ansiosa donde sentimos total desprotección y nos activa el pensamiento mágico de “alguien o algo” externo a mí, me tiene a salvar. Pero, nos guste o no, el planeta es riesgoso y la vida humana es una constante aventura de experiencias inesperadas.

¡Que más inesperado que el 2020!

Si algo nos recordó este año que recién termina, es la consciencia que somos vulnerables, sensibles y muy frágiles. Somos delicadamente humanos. Somos tejido orgánico que se puede enfermar, estamos expuestos, dependemos unos de otros y podemos ser dañados de infinitas formas. Al unísono, el planeta completo pudo reconocer esa fragilidad inherente a la especie, que nos recuerda que somos más emocionales de lo que llegamos a pensar, que nuestra sociedad es extremadamente líquida e inestable y que la muerte podría estar a la vuelta de la esquina.

Y si bien sabemos, racionalmente, que la tasa de mortalidad del virus es bajísima, el pánico a la propia muerte o de nuestros seres queridos, nos tiene descontrolados, sesgados, paranoicos y agresivos, clamando por seguridades que no llegan (ni van a llegar en el corto plazo); generando una nueva forma de anticonvivencia social: La gente contra la gente. Algo tan propio de nuestra forma de enfrentar crisis.

Hoy nuestro miedo ancestral a morir se llama Covid-19 pero en el futuro cercano, les aseguro que tendrá otros nuevos nombres. No quiero ser alarmante pero sí, esto es sólo el principio. Por ello debemos aprender a enfrentar, manejar y dominar nuestros miedos para los tiempos que se avecinan.

Partiendo por el hecho necesario de distinguir la diferencia entre percibir un riesgo externo y sentir un miedo interno. Porque el riesgo está afuera pero el miedo está dentro de nosotros. No podemos eliminar todos los riesgos de vivir, pero sí podemos aprender a vivir sin miedo.

Un peligro externo no necesariamente hará que debamos responder con miedo. Podemos gestionar los riesgos estando alertas, conscientes, presentes, centrados y activos. Actuar inteligentemente ante las amenazas, comunicarnos, educarnos, trabajar en equipo, apoyarnos y darnos confianza. Sí, podemos hacer algo distinto y un poco más evolucionado que sólo seguir el mantra de “quédate en casa”, que te dice: “te vas a salvar a ti y al mundo encerrándote, sin moverte y, espera, pacientemente, que los salvadores traigan la solución”.

No ayudamos a mejorar esta crisis encerrándonos y pensando sólo en nuestra propia sobrevivencia, cerrando los ojos y esperando que los riesgos de afuera se vayan para retornar a nuestra normalidad anterior al 2020. Esto último ya no pasó.

Por tanto, es clave que comprendamos que aportamos al presente que vivimos poniendo más foco en cómo cuidamos la vida, más que en sólo cómo evitamos la muerte. Creo que es mejor aceptar este nuevo escenario y planteo sólo algunas ideas preliminares para abrir la conversación, tales como:

1) Empezar a proponer ideas prácticas para cuidar la salud física y mental.
2) Compartir conocimiento de cómo fortalecemos nuestros sistemas inmunológicos.
3) Generar prácticas cotidianas para eliminar el estrés, el miedo y bajar los niveles de cortisol.
4) Convocar campañas de ayuda real y concreta para quienes están sufriendo carencias económicas y psicológicas con la pandemia.
5) Activar redes de colaboración y apoyo entre los gremios y las comunidades.
6) Educarnos y escuchar a profesionales de la salud competentes, honestos e imparciales.
7) Informarnos con fuentes probadas y científicas de información.
8) Ejercer el pensamiento crítico, estudiar y analizar, concienzudamente, lo que ocurre en nuestro mundo hoy en día.
9) Pensar en cómo cuidamos la vida, en todas sus manifestaciones.

Es decir, salir del instinto de supervivencia egoísta y avanzar hacia el sentimiento y pensamiento colectivo de colaboración, que nos permite enfrentar nuestros problemas que nos aquejan. Es que la humanidad ha sobrevivido a todo los males del planeta (y los creados por nosotros mismos) siempre colaborando, compartiendo ideas, trabajando en equipo, buscando soluciones interdisciplinarias e, incluso, respirando nuestros gérmenes, bacterias y virus comunes, fortaleciendo nuestros sistemas de defensa estando cercanos unos de otros.

Y no se trata de negar el riesgo, exponernos innecesariamente o de creernos Superpoderosos, si no, de aprender a responder a las nuevas amenazas del mundo externo sin miedo, manejándolo, que no nos domine ni se active con tanta frecuencia e intensidad; y fortaleciendo nuestro mayor poder como seres humanos: nuestra capacidad de colaborar, apoyarnos y trabajar en pos de un objetivo común.

No obstante, la realidad del 2020 fue otra y la paranoia de la pandemia sigue estando desatada, tomándose todas las conversaciones y los espacios sociales. Como ejemplo, las consultas por ataques de pánico, ansiedad, el consumo de ansiolíticos y alcohol está desproporcionadamente alto en nuestro país. Y si bien, ha sido coherente al nivel del bombardeo comunicacional de la amenaza de un virus asesino, impredecible, que va a acabar con la humanidad; el aumento de los pensamientos obsesivos y catastróficos está generando que hoy la gente se esté enfermando de miedo y vea como Covid-19 a todas las enfermedades de nuestro mundo, promoviendo un daño a la salud mental sin precedentes.

Es que vivir con miedo es una patología que le hace muy mal al cuerpo. La cantidad de cortisol (la hormona del estrés) que nos estamos activando todo el día, genera que nuestras mismas defensas se bajen cada vez más. Es decir, a mayor miedo menos defensas inmunológicas tiene nuestro cuerpo. Si, nos podemos enfermar más cuando sentimos miedo de manera constante.

Para salir del miedo, nos puede ayudar el comprender sus niveles de desarrollo y los grados de intensidad. Explicado de manera simple, el termómetro del miedo parte con su grado mínimo llamado cautela (1), luego sube a temor (2), de ahí a miedo (3) y, posteriormente, a pánico (4). Estando conscientes que si el termómetro sube demasiado, nuestro cerebro ya no procesará bien la información y surgirá la susceptibilidad, la paranoia, la agresividad y el descontrol. Por tanto, si el termómetro sube a 3 o 4, hay que aplicar inmediatamente el remedio: bajar el miedo.

¿Viviremos otro año más desde el miedo?, ¿la humanidad soportará algo igual o peor que el 2020?, ¿nuestra salud mental podrá tolerar un año más de pánico desatado?

Yo creo que no. Por ello, ya no necesitamos más miedo, con el pánico del 2020 ya tuvimos suficiente. Hoy necesitamos cautela, consciencia, inteligencia y mucho trabajo colaborativo.

Estamos abriendo la puerta a la transición desde una humanidad que vive atemorizada hacia una humanidad que recupera su confianza; de una humanidad pasiva a una que despierta; de una humanidad que tiene pánico a morir a una que anhela recuperar la vida y disfrutar el regalo de estar en la tierra. De una humanidad que piensa sólo en sí misma, a una que se reconoce conectada con toda la naturaleza, el cosmos y todos los seres humanos. Y como diría la maestra Patricia May, de una humanidad que evoluciona desde una cultura del ego hacia una cultura del alma.

Dado lo que hoy vivimos, quiero proponer que nuestro miedo a la muerte no se vuelva más poderoso que nuestro amor a la vida. Hoy más que nunca, necesitamos recuperar el amor a la VIDA. Estar pendientes todo el tiempo de ella, poner foco en cómo la cuidamos y la ponemos al centro de nuestro actuar: en nuestro cuerpo y en todas las personas, la de otros seres vivos y la de nuestra madre tierra. Cómo cuidamos nuestra alimentación, cómo nutrimos nuestros vínculos y las relaciones que generamos. Cómo aprendemos nuevas formas para cuidar la salud y fortalecer las defensas naturales del organismo; cómo conocemos más de nuestro sabio cuerpo y cómo aprendemos a cuidarnos unos a otros; cómo nos sanamos con lo que la naturaleza nos regala y cómo dejamos de contaminar y de contaminarnos.

¡Tenemos mucho trabajo que hacer como sociedad!

Pero la vida es un hermoso regalo que debemos cuidar y el planeta es un paraíso maravilloso por proteger. Por ello, vale la pena salir del aletargamiento, la individualidad y renacer hacia una mejor vida: ¡Tenemos tanto que aprender y nos queda tanto por vivir!, ¡tanto que descubrir del mundo y de nosotros mismos! Tenemos que vivir intensamente, amar, soñar, renacer las veces que sea necesario. Ver crecer a las hijas e hijos, nietas y nietos y estar sanos, tanto física como emocionalmente, para cuando nos necesiten. Necesitamos estar vivos, presentes, empáticos y con toda nuestra sabiduría disponible.

Por eso, mi sugerencia sería no vivir desde el miedo. Vivir desde la consciencia, de la colaboración, del conocimiento y desde la sabiduría. No vivir evitando la muerte, vivir promoviendo la vida. Pongamos el foco en la salud y no en la enfermedad, y confiemos que nuestros miedos se someterán, humildemente, ante el poder de nuestro amor por la VIDA.

Porque estamos descubriendo que si vivimos con miedo, no estamos viviendo realmente.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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