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Los olvidados y el discurso meritocrático

por 24 enero, 2021

Los olvidados y el discurso meritocrático
Hay elementos notables que el mérito es capaz de brindar a la sociedad; fomenta la eficiencia, repugna la discriminación arbitraria y promueve aquel tipo de libertad que nos inclina a pensar que somos los dueños de nuestro propio destino. Pero por fuerte que suene, debe decirse que los “premios” que brinda la sociedad no se destinan en cuanto al mérito, sino en cuanto al éxito de la acción, y conseguirlo muchas veces es consecuencia de un factor imposible de prevenir: la casualidad o suerte.
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El paso de la pandemia ha dejado al descubierto muchas cosas. Entre ellas, existe una en especial que no ha sido tratada desde hace tiempo en el debate público, y que si no se discute, podría producir cambios importantes en el desenvolvimiento de las fuerzas electorales. Esta es: el olvido de la gente que se ha quedado sin título profesional.

Las sociedades democráticas han intentado construir su legitimidad a través de la meritocracia como la justificación del ascenso social. Muestra de ello en Chile, ha sido la promulgación de diferentes políticas públicas que ampliaron el acceso a la educación, no porque la clase política haya tenido interés en buscar el desarrollo de las facultades superiores de la persona, sino porque se ha visto en la educación un vehículo que permitiría el ascenso social a través del esfuerzo. En razón de esto es pertinente preguntarse, ¿y qué pasa con aquellos adultos y jóvenes que no lograron sacar un título profesional?, ¿estarán destinados a no “triunfar”?

Intentar dar una respuesta a aquellas preguntas implica decir que el problema se relaciona de cierta forma con la meritocracia, ya que en la práctica este principio nunca está a la altura del ideal. Esta forma de medir el valor, configura los términos del reconocimiento social elevando el prestigio de los profesionales con altas credenciales académicas y laborales, y en consecuencia, mirando en menos en menos a aquellas personas que cuentan con pocos reconocimientos. En algún sentido es normal, nadie quiere ser operado por alguien que no tiene el título de médico, si tiene estudios de postgrado aún mejor.

Sin embargo, fundamentar el funcionamiento de un adecuado sistema de acuerdo al mérito implica lograr una correcta igualdad de oportunidades, si no, este carecerá de legitimidad. Lograr materializar lo anterior es de por sí una condición difícil, sino imposible, de hecho, alcanzar una igualdad de oportunidades más o menos decente significaría adoptar medidas tan radicales como la abolición de la familia, ya que esta es la principal fuente de traspaso de desigualdad y privilegios. Eso buscaba, por ejemplo, Friedrich Engels en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Ahora bien, pese a todo, hay elementos notables que el mérito es capaz de brindar a la sociedad; fomenta la eficiencia, repugna la discriminación arbitraria y promueve aquel tipo de libertad que nos inclina a pensar que somos los dueños de nuestro propio destino. Pero por fuerte que suene, debe decirse que los “premios” que brinda la sociedad no se destinan en cuanto al mérito, sino en cuanto al éxito de la acción, y conseguirlo muchas veces es consecuencia de un factor imposible de prevenir: la casualidad o suerte.

Fundamentar el funcionamiento de un adecuado sistema de acuerdo al mérito implica lograr una correcta igualdad de oportunidades, si no, este carecerá de legitimidad. Lograr materializar lo anterior es de por sí una condición difícil, sino imposible, de hecho, alcanzar una igualdad de oportunidades más o menos decente significaría adoptar medidas tan radicales como la abolición de la familia, ya que esta es la principal fuente de traspaso de desigualdad y privilegios. Eso buscaba, por ejemplo, Friedrich Engels en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

Es acá donde entra un aspecto esencial en la discusión, por cuanto se piensa que el éxito conseguido muchas veces representa el aporte que somos capaces de dar a la sociedad. Es en razón de aquella última premisa, que se deben realizar esfuerzos para fortalecer el acceso al empleo luego de la pandemia, acompañado también de la implementación de programas de capacitación para quienes se quedaron sin educación superior. En las últimas cuarentenas muchos pudieron ver cómo la sociedad prescindió de su trabajos y oficios, es decir, de su “aporte a la sociedad” y la clase política tiene el deber de hacerse cargo de este asunto material y normativo.

Es importante recordar que la labor de una persona se relaciona con su dignidad, con un sentido por el cual vivir. En un país donde necesitamos urgente fuentes de cohesión como en Chile, existe una gran masa de personas sin especialización que poco a poco comienza a sentirse ignorada y despreciada, y que según la literatura, podría alterar las fuerzas electorales a futuro. Si no, recordemos el ejemplo de Donald Trump, y cómo éste cambió las piezas del tablero al captar el descontento de la población blanca sin títulos universitarios.

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