domingo, 24 de octubre de 2021 Actualizado a las 14:46

Opinión

Autor Imagen

La sociedad del afecto y la república del bien común

por 10 abril, 2021

  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

En el Chile constituido se alojan y conviven la sociedad del abuso y la sociedad del abandono como construcciones de un país donde persisten rasgos evidentes de subdesarrollo y pobrezas con distintas estéticas, entre ellas las de cuello y corbata. Asimismo, se manifiesta la coexistencia de la sociedad del abandono, expresada tanto en los hogares del Sename como en las casas de reposo del barrio alto y una gradualidad multiclase de familias que acentúan su ausencia del cuidado de la niñez temprana y del hogar propio, producto de horarios laborales extremos y carreras desenfrenadas expuestas al consumo material.

La sociedad del abandono se nutre tanto de las prácticas neoliberales como de los modelos de opulencia y bienestar de países denominados del primer mundo, como Suecia y su “teoría sueca del amor”. La sociedad del abandono surge preñada de individualismo y de seres altamente competitivos para realizar sus metas, satisfacción y éxito personal. La sociedad del abuso se nutre de las reglas del juego impuestas por las élites en Chile, donde el 10 % más acaudalado de la población posee casi el 60 % de la riqueza del país. En el caso del Chile de la OCDE, ambas sociedades se yuxtaponen y configuran el Chile constituido.

En el Chile constituyente tenemos la oportunidad de construir la sociedad del afecto y la república del bien común. Chile es parte de una latinidad pletórica de afectividad con yacimientos de empatía aún no descubiertos. El Chile constituyente invita a la prospección de nuestros sistemas de convivencia, de las narrativas compartidas, de nuestros pueblos originarios, del mestizaje y de las relaciones interculturales como inversiones de futuros.

El ejercicio de nueva ciudadanía surge de la integración emocional con la historia de los detalles en dinámicas de espiral, con la colectividad y la memoria colectiva transgeneracional. Nace de la empatía con lo que les sucede a otros y sentir que se inserta emocionalmente en la vida de los demás. Es el sentido de trascendencia que despierta en cada individuo cuando sus acciones rebasan la búsqueda de beneficios unipersonales. La trascendencia emocional es un factor de gran fuerza que no ha sido considerado en las teorías de la motivación porque los teóricos sólo han concebido motivaciones individualistas.

El camino hacia una vida afectiva intergeneracional y transgeneracional implica la afectividad de las parejas, entre padres e hijos; amistades profundas y estables; la integración emocional de los equipos de trabajo; el vínculo emocional dentro de las instituciones, en cada comunidad o región, por afinidades diversas, país por país, entre países afines y expresiones de afectividad global. En tal sentido, los vínculos afectivos son un antídoto real y efectivo frente al abuso y al abandono sistémico e institucionalizado.

La intensificación de la vida afectiva genera autoconfianza en las personas y, por añadidura, confianza colectiva, sentido de pertenencia, ecoseguridad, sensibilidad transmisible y empoderamiento para impulsar y compartir proyectos y trayectos. Las organizaciones inteligentes y sensibles (políticas, ciudadanas, empresariales, científicas, educacionales), capaces de visualizar las transformaciones necesarias, participan de comunidades fraternas y sitúan su campo de acción en la construcción de la sociedad del afecto, donde se surfean adversarios y aparecen arriba y al centro de la ola los coopetidores y prosumidores como co-constructores de propuestas y realizadores de soluciones de diseños efectivas y afectivas.

Las relaciones afectivas constituyen poder y el eje de los procesos dinámicos en diálogo con las economías en flujo (fluxonomía) y en colores (naranja, verde, violeta, plateada, circular, solidaria, ecológica). La sociedad del abuso y la sociedad del abandono desprecian y aborrecen el vínculo afectivo, lo consideran ajeno a su modelamiento societario. Las sociedades del abuso y del abandono requieren dinámicas de competencia a ultranza, baja cohesión social, impersonalidad extrema, y considera a las personas como instrumentos de explotación y desecho de procesos maximalistas para obtener beneficios de corto plazo.

La sociedad del afecto demuestra que un equipo, un grupo, un país, en dinámicas de innovación colaborativa y creatividad dialógica, logra niveles de desempeño óptimos y en equilibrio sostenible. En cambio, la sociedad del abuso y del abandono dedican tiempo y gasto energético en sobreprotegerse y apartarse de las comunidades fraternas.

Migrar hacia la sociedad del afecto representa el reto de combinar organización/coordinación y afectividad, porque la sociedad del abuso y del abandono muestra esta combinación como propósitos aparentemente incompatibles. Asimismo, constatamos que las sociedades del abuso y del abandono no educan para la afectividad, es decir, al no existir educación emotiva y sensorial, estamos eventualmente limitados en promover organizaciones basadas en la afectividad. Por tanto, el germen de la sociedad del afecto necesita potenciar una tecnología afectiva que propicie vínculos colaborativos entre las comunidades fraternas existentes, donde el poder no lo otorga un cargo público ni la riqueza financiera, sino su poder de convocatoria y de coordinar la diversidad de intereses, necesidades y esfuerzos de la ciudadanía.

En tiempos de crisis, cabe preguntarse cuántos problemas de salud y cuántas muertes son causados por el estrés en ciudades y hábitats poco inteligentes y de precaria sostenibilidad, cuántos vínculos quebrantados en parejas, familias, equipos, grupos, comunidades nos evidencian cotidianamente las sociedades del abuso y del abandono en distintas lugares de este mundo, cuántos niños y adolescentes se encuentran a la deriva en barrios marginales y sectores acomodados en las sociedades del abuso y del abandono o cuántas muertes prematuras, cuántos femicidios, cuántos bosques arrasados y cuántas aguas, cielos y tierras contaminadas.

La actual crisis de legitimidad institucional sistémica por la que atraviesa Chile, visibilizada tras el estallido social del 18 de octubre del 2019 y que, dentro de las soluciones de diseño decisional participativo, abrió el proceso constituyente con su primer paso decisional el 25 de octubre del 2020, definió que una amplia mayoría nacional se volcara por redactar una nueva Constitución, mediante una convención paritaria con representantes 100 % elegibles por votación popular. Por esto, hoy más que nunca, y bajo el actual contexto de crisis pandémica en curso, necesitamos activar el ejercicio de ciudadanía constituyente afectiva desde el vértice de la fraternidad.

Tenemos por delante una tarea común y compartida. En la república del bien común, tal como lo expresara hace décadas nuestra sabia Violeta, lo que puede el sentimiento, no lo ha podido el saber, ni el más claro proceder, ni el más ancho pensamiento. Todo lo cambia el momento cual mago condescendiente y nos aleja dulcemente de rencores y violencias porque sólo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes.

En la sociedad del afecto el amor es torbellino de pureza original. En ella, hasta el feroz animal susurra su dulce trino, detiene a los peregrinos y libera a los prisioneros. El amor con sus esmeros al viejo lo vuelve niño y al malo sólo el cariño lo vuelve puro y sincero.

En los hábitats generativos y sostenibles del afecto, la economía violeta produce instantes fecundos y abre puertas y ventanas para la feminización de la riqueza.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV