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Patriotismo como ethos de un país

por 16 abril, 2021

Patriotismo como ethos de un país
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Para mí el patriotismo es más que fidelidad a un lugar en el mapa. Es el respeto a unos valores, a una forma de pensar

(Barack Obama)

 

Muchos chilenos se preguntarán si necesitamos realmente rescatar algunas actitudes y muestras de patriotismo en medio de la crisis política, económica y sanitaria que enfrentamos. Aunque la respuesta parecería obvia, para muchos chilenos no lo es, y menos en el ambiente de polarización en que estamos viviendo. Para mí, al menos, la necesidad de preservar y alentar el patriotismo no sólo es fundamental, sino que además es consustancial e inseparable al deber de lealtad e identidad que cada uno de nosotros tiene con el país al que pertenecemos. Así, el patriotismo se convierte en una virtud o valor que no está reservado exclusivamente a los mártires o héroes. Es una virtud ciudadana.

Sin embargo, el ambiente de confrontación que prevalece en la política chilena, ha hecho que esta virtud sea cuestionada por algunos sectores políticos, siendo que se trata de una cuestión buena y necesaria para una nación joven como la nuestra. Aunque este cuestionamiento es tan antiguo como el hilo negro, lo cierto que es en momentos de polarización cuando el patriotismo, como virtud, entra en conflicto con otros valores que podemos tener. Y ello, ha llevado a que el patriotismo no esté exento de desafíos, según la perspectiva que se utilice. Hoy los movimientos de izquierda boutique, junto con el red set, y los de extrema derecha amenazan con debilitar las virtudes patrióticas, tal como la mayoría de los chilenos las entendemos. Veamos.

Para cierta izquierda caviar, aquella que pertenece a la élite política, económica y social que se ha ido convirtiendo en ciudadanos del mundo, el sentido de pertenencia a un país, se diluye ante una suerte de pertenencia a una idea de humanidad global. Es la globalización y el multilateralismo. La idea de trabajar en ONG internacionales y de abrazar causas como medioambiente, migraciones y otras, son parte de este fenómeno. El rol de ciudadanos patriotas, esto es, identificados con un país de origen, se minimiza o diluye gradualmente. La idea, y en algunos casos la moda, de ser ciudadanos globales desplaza el deber de lealtad e identidad que tenemos con nuestro país, familia, etc. Se me vienen varios ejemplos de políticos chilenos en esta categoría, pero mi sentido patriótico me impide exponerlos.

En el otro extremo, encontramos el nacionalismo, ese que en los últimos años se ha transformado en una poderosa -y cuestionada- fuerza de identidad política alrededor del mundo, pero que difiere del patriotismo. Aunque se les suele vincular y otorgar una raíz común, el nacionalismo descansa en la nación/territorio como única fuente de su identidad. Ello implica desarrollar una suerte de falsa superioridad moral en contra de quiénes pueden implicar algún grado de amenaza a la identidad nacional. A partir de ello, es muy fácil que los nacionalistas comiencen a ver enemigos por todas partes. ¿Le suena conocido? Charles de Gaulle afirmaba que “patriotismo es cuando el amor por tu propio pueblo es lo primero; nacionalismo, cuando el odio por los demás es lo primero”.

Para una gran mayoría de chilenos que no se identifican ni con la globalización extrema ni con el trasnochado nacionalismo, sino que, con el auténtico patriotismo, nuestro deber de lealtad e identidad con Chile, proviene de nuestro pasado, de nuestra historia, de nuestra historia familiar, de la historia nacional, de nuestras tradiciones, costumbres y valores. Esta historia -personal, familiar y nacional- va moldeando y formando el carácter o ethos de un país. Y eso es precisamente el patriotismo: una virtud que constituye nuestro destino como nación.

De cara al próximo proceso constituyente, podemos afirmar que las constituciones no son para resolver, únicamente, los problemas del pasado en el país, sino que también para establecer las bases de la convivencia futura entre los chilenos y para generar progreso en el país. Siendo un convencido del tremendo aporte que ha hecho la Constitución de 1980 al desarrollo de nuestro país durante los últimos 40 años, insisto que no es necesario tirar todo por la borda y partir de una hoja en blanco para mejorar la actual Constitución. Como ciudadanos y patriotas, debemos recoger lo mejor de nuestras tradiciones y valores, junto con relevar la importancia y reconocimiento de nuestros deberes constitucionales como chilenos.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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