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Migraciones y aporofobia

por 4 octubre, 2021

Migraciones y aporofobia
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El mundo y América Latina en particular observa con estupor el trato que han recibido miles y miles de compatriotas venezolanos que han llegado a nuestro país, especialmente a Iquique, en la Región de Tarapacá. La imagen de destrucción de enseres, de carpas, la quema de frazadas, el desamparo de niños, ha dado la vuelta al mundo. En la era de las redes, cuando la visibilidad de las actuaciones se aumenta en forma exponencial, la reputación del país ha quedado en el suelo. Se ha develado la realidad del llamado “carácter chileno.”

El Gobierno no logra entender que estamos frente a un tema que tiene carácter global, y que no puede ser tratado con un enfoque chovinista de carácter nacional. La globalización no es solamente económica, sino que abarca todas las dimensiones de la vida y, por tanto, a las nacionalidades y al amplio movimiento de personas en función de diversas circunstancias y condiciones. No es posible seguir rígidamente con el viejo esquema de nacionales y extranjeros. Cada día más esta separación tenderá a diluirse. En consecuencia, el tema de la migración debe ser abordado con una perspectiva regional, para lo cual se va a requerir de estructuras e instrumentos multilaterales diferentes a los actuales, para actuar y hacer frente a esta nueva y compleja realidad que tiene carácter multidimensional.

La actuación de algunos chilenos frente a los venezolanos en Iquique no es solamente un sentimiento de xenofobia. Se trata de algo distinto. Lo que molesta no es que sean venezolanos o extranjeros por el hecho de serlo, sino que lo que molesta es que sean pobres. Es la demostración palpable de lo que la gran filósofa Adela Cortina llamara la “aporofobia”, es decir, el rechazo, temor y desprecio hacia el pobre, el desamparado.

La aporofobia es la aversión o rechazo al pobre, porque parece que la pobreza es desagradable, que el pobre plantea problemas y de alguna manera contamina. No contribuye necesariamente al Producto Interno Bruto. Se le puso nombre a esta realidad porque es importante para poder reconocerla y también buscar las causas y proponer algunos caminos para superarla. Ortega decía “que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”. Por eso es importante tomar conciencia de lo que nos pasa, también en este cotidiano rechazo al pobre.

Muy a menudo esto va acompañado de discursos falsos, normalmente de odio. Los discursos de odio debilitan la convivencia, quiebran la intersubjetividad y cortan los vínculos interpersonales. Este discurso puede dañar a las personas a las que se dirigirá por sí mismo, y no es necesario, en principio, llevar a cabo contra ellas otras acciones dañinas punibles, distintas del discurso mismo. Hablar es actuar. Es realizar una acción que tiene capacidad de dañar por sí misma. Independientemente de que con el habla se incite a realizar una acción violenta, el discurso genera una acción que puede ser por sí mismo dañina. Estigmatizar a otros condenándolos a la exclusión afecta la reputación, privándolos del derecho a la participación  y destruye, por tanto, cualquier posibilidad de convivencia justa.

En esta sociedad individualista y clasista, el establecer una relación de asimetría de desigualdad radical entre nosotros y ellos, es atentar contra los principios básicos del “ethos democrático”. Y sin un carácter democrático difícilmente será posible una sociedad auténticamente democrática. Para ello, la construcción de una libertad entre iguales es un gran proyecto de la democracia que va a la raíz, que no es otra cosa que el respeto a la dignidad de toda persona.

El grado en que las personas pueden expresarse libremente no es el único termómetro democrático para medir la calidad de una sociedad democrática. Para determinarla, es indispensable tomar la temperatura en el nivel de respeto mutuo alcanzado y, si este es bajo, en ella prospera un liberalismo individualista y no el aprecio por la igual libertad de todos, propio de una sociedad democrática. Sobre la base de estos parámetros deberemos abordar el gran problema contemporáneo de las migraciones, adoptando las políticas públicas pertinentes.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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