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Un símbolo Opinión

Un símbolo

Isabel Plaza Lizama
Por : Isabel Plaza Lizama Docente Uahc, Magíster en Educación.
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“Se puede estar de acuerdo o no con la celebración del 8 de Marzo, el Día Internacional de la Mujer. Bien puede ser porque los hechos que se conmemoran hacen referencia casi exclusiva a reivindicaciones políticas y laborales, o bien porque un solo día no es suficiente para conmemorar las luchas de aquellas que sostienen la mitad del cielo: o, porque el homenaje significa un nuevo escamoteo –con banda de música– de un problema que internacionalmente aún presenta visos de no resolución”, escribió Julieta Kirkwood en marzo de 1982.

“Todo eso es cierto” continúa el texto. “Sin embargo, podemos ver este día, aún un solo día, como símbolo” de la vida que queremos.

Estas palabras mantienen una vigencia respecto del camino que ha implicado para las mujeres la conquista de sus derechos. En ese largo avance se han sumado nuevas voces, las de las disidencias y las nuevas masculinidades, que han permitido demostrar que el feminismo es la corriente que ha dado la lucha más democratizadora de todas, y ha sido el mejor ejemplo del Artículo Primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como estamos de razón y conciencia, debemos comportarnos fraternalmente unos(as) con otros(as).

Esta mirada situada en cada ser humano, que Kimberlé Crenshaw conceptualizó desde la experiencia de la mujer afroamericana como “interseccionalidad”, nos permitió entender que las inequidades no solo responden a la cultura patriarcal, sino que, ante factores como el origen racial, social y económico, se recrudecen, volviendo inaccesibles para muchas personas –principalmente mujeres– la justicia social, la dignidad y la libertad.

Estos conceptos, a veces distantes y en manos de “expertos(as)”, deben ser comprendidos por cada integrante de nuestra sociedad, partiendo por los(as) docentes del país, los(as) primeros(as) llamados(as) a prepararse y entrenarse en los desafíos que plantea el feminismo, porque es en su espacio de trabajo donde se cruzan todas las realidades.

El espacio de la pedagogía es el único capaz de brindar acceso al conocimiento informado de manera transversal e igualitaria. Atrevernos a asumir ese reto es atrevernos a crecer y desarrollarnos como sociedad, dejando atrás las estructuras tradicionales. Ello no implica negar la historia ni la tradición, todos ellos elementos que nos permiten saber desde dónde partimos, con ejemplos absurdos e incomprensibles como el hecho de que, en 1945, cuando Gabriela Mistral recibió el Premio Nobel de Literatura, las mujeres en Chile aún no tenían derecho a votar en las elecciones presidenciales y parlamentarias. 

Esas historias también nos recordarán dónde queremos llegar: a un país más justo, con igualdad de oportunidades de desarrollo y vida para cada persona.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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