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Opinión

La crisis intelectual de la derecha en sus libros X: Conclusiones (primera parte)

por 2 enero, 2015

La crisis intelectual de la derecha en sus libros X: Conclusiones (primera parte)
La crisis intelectual de la derecha, la ausencia en ella de un discurso a la altura del momento presente, la falta de consciencia en ese sector acerca de la necesidad de involucrarse en un movimiento reflexivo de mayor calado, no apuntan a un problema con el que la derecha pueda coexistir impunemente.
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Durante los últimos meses me dediqué a revisar siete libros, escritos por políticos y estudiosos de la derecha chilena entre 2009 y 2014. En ellos se aborda, desde diversas perspectivas, la ausencia o debilidad del discurso del sector, el malestar y las manifestaciones sociales, especialmente intensas el año 2011. Luego de realizada la revisión, me ha parecido pertinente efectuar una breve síntesis y algunos comentarios finales a los textos en su conjunto.

 1. Aspectos generales de los 7 libros

En los libros comentados se le asigna una importancia variable al malestar social, que va desde una lectura que lo entiende como una reacción puntual respecto de ciertos aspectos del modelo económico, social y político, más que como un rechazo generalizado del mismo –especialmente Oppliger y Guzmán–, hasta el reconocimiento de que el modelo está bajo ataque y en peligro –la posición de Kaiser–. La mirada de Larroulet es la menos política de todas. Le preocupa, antes, la implementación de una agenda determinada, frente a la cual las movilizaciones y el malestar son turbulencias con las que hay que lidiar. La preocupación política por la falta de discurso viene especialmente de Urbina y Ortúzar, Kaiser, Novoa, Arenas y Larraín.

La derecha no recuperará su apoyo electoral mientras no vuelva a encarnar en esas estructuras legítimas de poder y no recuperará su presencia en estructuras legítimas de poder mientras no cuente con un discurso denso y con capacidad de iluminar la situación presente.

En algunos de los libros se hacen referencias a la historia de la derecha chilena, mas ellas son superficiales, con excepción de dos textos, el de Arenas y el de Urbina y Ortúzar. Ambos libros no olvidan que la derecha actual arraiga en una larga tradición, que admite diversas vertientes ideológicas dentro de ella. En el caso de Arenas, se trata principalmente de menciones a la historia del devenir fáctico de la derecha y sus corrientes, no de algo así como una reconstrucción de aspectos significativos de la historia del pensamiento de la derecha. Urbina y Ortúzar, de su lado, nos dan una noticia de la historia intelectual de la derecha, pero que no avanza hacia la pregunta respecto a cómo ese rico pasado de múltiples vertientes podría servir de base para una comprensión política mejorada del presente.

Todos los libros pertenecen a la que se podría llamar la corriente liberal de la derecha, ya sea en su variante laica o cristiana. En cambio –aunque mencionadas–, tanto la variante socialcristiana cuanto la nacional-popular, no están propiamente representadas en ninguno de los siete textos. Esta omisión es especialmente significativa en una época de falta de envergadura suficiente en el discurso de la derecha, pues estas dos últimas corrientes ideológicas son, por lejos, las dos intelectualmente más densas del pensamiento de ese sector a lo largo del siglo XX. A ellas pertenecieron –y por quedarnos en una lista breve de nombres– Francisco Antonio Encina, Alberto Edwards y Mario Góngora.

Los siete textos comentados merecen ser tenidos en consideración, para percatarse del estado de la reflexión en el que se encuentra la derecha chilena.

 2. El problema del discurso

En los textos se habla del discurso, pero no se explica en ellos qué es propiamente el mentado discurso, tampoco el papel que debiera él jugar en la actividad más amplia de la comprensión política.

Las alusiones al “discurso” en la derecha, cuando aparecen, no dejan de ser algo parecido a un conjuro, mágico pero misterioso. No se ha penetrado y analizado lo suficiente la expresión, no se sabe con alguna exactitud qué papel puede o debe jugar tal referido discurso en la vida política misma.

En varios de los libros, en vez de analizarse en qué consiste el discurso, se lo vincula apresuradamente a una realidad más tangible y concreta. Se lo identifica, por ejemplo, con la publicidad o con una mayor sensibilidad o cercanía con la gente o con un listado de principios.

Cuesta, en cambio, encontrar remisiones más precisas al discurso o referencias específicas al papel que el discurso debiera desempeñar en la vida o acción o praxis política.

La verdad es que en ninguno de los libros hay desarrollos más o menos detenidos de las ideas de pensadores políticos fundamentales de la derecha, ni de Chile ni del mundo. Aparecen alusiones salpicadas a algunos clásicos del pensamiento político o a intelectuales chilenos, pero no exposiciones de líneas de justificación.

Tampoco, consecuentemente, se puede encontrar en los libros indicaciones pertinentes acerca del papel preciso del discurso en la vida política. Sucede que el discurso político no es una entelequia independiente de esa vida política. Está, de cierto modo, destinado desde siempre, de antemano, a no a ser una especulación desarraigada, sino que su tarea final es la acción, orientar la praxis, darle a ella un sentido, una guía.

Entonces, la pregunta que debe ser respondida respecto del discurso, y que no lo ha sido aún, es cómo, de qué manera se logra incorporar el discurso en la praxis política, de tal suerte que ni el discurso termine siendo estropeado por el activismo irreflexivo –que simplemente lo usa sin pensar lo suficiente–, ni la realidad de la acción pase a quedar reducida en un relato escolástico, como en los esfuerzos de los fanáticos burócratas de partido.

Da la impresión de que las invocaciones al discurso, la ideología, la filosofía o la teoría son entendidas simplemente como el reclamo por contar con herramientas útiles –meros instrumentos, armas– para contener la “avalancha” discursiva de la izquierda, por disponer de un stock de fórmulas eficaces para defenderse.

La derecha cae con eso en un reduccionismo, que le impide alcanzar propiamente la esfera del discurso y la auténtica comprensión política.

Ocurre que el pensamiento político no es una cosa, sino –mucho más– una actividad comprensiva que, abriéndose a la realidad, busca darle una iluminación siempre renovada, y que involucra vitalmente a quien la lleva a cabo. Cosificar al pensamiento, entenderlo al modo de unas fórmulas o conjuros lo fosiliza y termina pervirtiéndolo, privándole de su capacidad de hacer luz sobre la realidad. Con ello se priva a la derecha de lo que hoy más necesita: involucrarse en un proceso profundo de reflexión comprensiva en el cual se dé espacio a la complejidad de la existencia, que se haga cargo de ella y de las exigencias de la época presente.

 3. El inconveniente de no tener discurso

La crisis intelectual de la derecha, la ausencia en ella de un discurso a la altura del momento presente, la falta de consciencia en ese sector acerca de la necesidad de involucrarse en un movimiento reflexivo de mayor calado, no apuntan a un problema con el que la derecha pueda coexistir impunemente. La condición para tener una presencia efectiva en estructuras legítimas de poder y apoyo electoral es, precisamente, ese discurso sofisticado, complejo, abierto a los diversos matices de la realidad, capaz de mostrar caminos plenos de sentido ahí donde otros no los veían.

Sin una articulación diferenciada de ideas que hacer valer allí, carece de significado, por ejemplo, pensar en una incorporación de la derecha a las organizaciones de trabajadores (como sugirió hace un tiempo Ernesto Silva, el presidente de la UDI), o la participación eficaz de la derecha en el movimiento estudiantil. Las aplicaciones de un discurso de Guerra Fría, no son la manera de hacer ya luz y convencer voluntades en tales lugares. La derecha no recuperará su apoyo electoral mientras no vuelva a encarnar en esas estructuras legítimas de poder y no recuperará su presencia en estructuras legítimas de poder mientras no cuente con un discurso denso y con capacidad de iluminar la situación presente.

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