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Así funciona la cabeza de Nicolás Eyzaguirre

por 7 septiembre, 2015

Así funciona la cabeza de Nicolás Eyzaguirre
A los 11 años, en Concepción, el ministro de la Segpres encontró su causa, una que, como todas las que consiguen ser exitosas en la vida de una persona, repara su propia historia (además de la ajena).
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El ministro Nicolás Eyzaguirre dejó el sector de educación para asumir la dirección de la Secretaría General de la Presidencia, distintas han sido las reacciones al interior de la Nueva Mayoría, tras el arribo de un secretario de Estado que dejó la cartera de Educación en medio de una tensa disputa con el Colegio de Profesores por el proyecto de Carrera Docente.

El siguiente perfil escrito por Ximena Hinzpeter muestra la esencia del nuevo encargado de sacar las reformas del primer gobierno de la Nueva Mayoría y llevar las relaciones con los parlamentarios. Hoy sus declaraciones criticando las reformas de Bachelet lo tienen de nuevo con los focos encima :

El Nico corre desnudo, apenas cubierto por un traje de baño común. Se le ve blando pero ágil y resuelto. Corre hacia la orilla, corre sin mirar a la cámara, corre preguntándose en voz alta ¿en qué me metí?, ¿en qué?, ¿en qué? Y sigue corriendo, sigue, sigue hasta que sin detenerse, sin, sin, entra y las piernas dan la lucha contra la densidad del agua, más, más y consiguen avanzar y hacerlo rápido para dar un salto, uno que lo impulsa allá, más allá, a sumergirse a entrar de una, de cabeza, derecho en el mar, el más austral, ese donde en un día bueno el agua está a dos grados centígrados, dos, dos, porque es la Antártica, el Polo Sur y, sí, él se baña.

Atrevido de atreverse, me doy cuenta que es. Encontré la filmación en Google una mañana después de ver su foto en la portada de los dos diarios que hojeo y quedarme mirándole el vientre abultado que luchaba con los botones de la camisa celeste. Había escuchado que estaba fumando casi dos cajetillas diarias. Con los sesenta cumplidos que tiene, pensé en su índice de riesgo de accidente cardiovascular, en el colesterol, en el azúcar. Cuando fue ministro antes, de Hacienda, del ex Presidente Lagos, se terminó su matrimonio con Jessica y dijo nunca más otro cargo público. No le voy a pedir una entrevista, me dije, el país está en llamas con el tema de la educación, así que me voy a buscar a otros que puedan hablar por él y esta es la historia que alcancé a recrear.

Hombre que necesita desafíos. Cuando los tiene, los enfrenta sin pausa ni duda, de cuerpo entero, como se metió en el mar del continente helado. Y cuando le faltan, se aburre, le falta el sentido, se va. Creo que fue lo que le ocurrió en Canal 13. Su única vez en el mundo privado, podría haber estado a sus anchas y, en cambio, renunció, duró de presidente del directorio solamente un año. ¿Tendrá que ver la sangre vasca que le viene por padre y madre? Esa sangre que hace cinco siglos cruzó el océano para venir hasta acá, ignorándolo todo, no es cualquiera, no, no. Averiguo un poco. Es la sangre que Lucila vertió sin pudor sobre esos versos suyos que nos hacen temblar el alma. La misma de Augusto, al que no le tembló la mano, o la de Matta y también la del padre Hurtado, cinco décadas sin pecar, cinco, eclesiásticamente certificadas. A considerar.

El tata era también un señor feudal que se creía propietario de sus obreros. Eso dijo por esos años un cura de izquierda, Santiago Gutiérrez. Un día, y quizá esto ocurrió delante del Nico, se vieron las caras. El tata Floro, vestido con uno de los trajes ingleses que mandaba a traer por barco y después a usar (es de roto que se vean nuevos, por cierto), se acercó y le dio la mano a quien sabía que andaba envalentonando a sus campesinos y mineros. Qué gusto, padre. ¿Es que ha venido usted a salvar las almas de mis operarios? Los he venido a rescatar del infierno, respondió Gutiérrez.

Abjurados los 365 días de luna de miel en Europa, un día, a la Delfa, con 27 años, se le agotó la fuerza. O tal vez es que estaba llena de ella. Tomó un bolso con algunas cosas, pocas, y besó en silencio a cada niño. Cerró la garganta, seguramente también los ojos y, luego, la puerta de Portofino. Fue para siempre. Se iba detrás de lo que en esos tiempos una mujer no debía saber ni nombrar y los niños entendieron rápido que era mejor no volver a nombrarla. Don Joaquín estaba indignado, demasiado como para enfrentar además los ojos interrogantes de sus descendientes y tener que ensayar alguna respuesta infantil, así que llegaba tarde, cuando ellos ya se habían ido a dormir sin entender. ¿La mamá se fue porque yo me porté mal? ¿Quién se va a ir ahora? La culpa y el miedo campeando a una edad en que no se tienen palabras a mano. El dolor sin nombre. El vacío. En su cama, el padre encontraba al Nico. No tenía mucho más de dos años y se dormía abrazado a la almohada en el que había sido el lado de su mamá.Nicolás llegó a la vida un día de duelo nacional. Que cada cual lea con esto lo que quiera. Fueron tres días de luto por culpa de un fuego artificial que se arrancó la noche de Año Nuevo, haciendo arder la bahía de Valparaíso. Hacía mucho calor y nos gobernaba un militar, Carlos Ibáñez, que se negaba a escuchar las recomendaciones expertas contra la inflación. El niño llegó bien, bien aprovisionado: la cabeza de proporciones (literal y metafóricamente), la frente despejada, los dedos largos. Buena cuna, cuna de oro como dicen, lo recibió en la casa del tata Floro, tres pisos en el corazón residencial de la gente bien de la época, la calle Huelén. A poco andar el progenitor, don Joaquín Eyzaguirre Edwards (que ya tenía dos hijos con doña Delfina Guzmán Correa), estimó que era la hora de partir del hogar de los suegros, y como se había titulado de arquitecto con honores, su familia, que era también pura gente bien, claro, le facilitó el capital para levantar un condominio hacia el norte de Santiago, en un barrio nuevo todavía despoblado, el barrio El Golf. Y fue ahí, a la casa de tres dormitorios con salida a una calle que para toda la familia no tendría más que el nombre de un paraíso en la tierra, Portofino, donde el Nico llegó sin sospechar que lo partirían (“como a una sandía”) y que de adulto tendría que pasarse años en terapia (“tratando de juntar los pedazos”). Llegó acompañado de su madre, su padre y el Juaco, hermano apenas mayor. Los niños compartían pieza y probablemente sueños, porque cada noche se dormían respirando el mismo soplo agrio. Ese que a diario sube por las escaleras de todos los hogares donde los padres no pueden, no consiguen entenderse.

A la Corte Suprema llevó el padre su indignación. Tenía que salvar el honor, apurarse para obtener la venia de los honorables y borrar sin dolo las huellas de una madre que se había llenado de ideas rojas y hasta la misa había abandonado. Los jueces entendieron, por supuesto, hombres de familia, hombres de bien que le dieron toda la razón y toda la custodia de los dos niños. Entonces ella, sin hijos, sin trabajo y enamorada de un dramaturgo también cesante, en el invierno de 1958 dejó Santiago por Concepción y durante los siguientes ocho años madre e hijos se vieron ocho veces.

***

El Nico y el Juaco se levantaban cada mañana bien callados para no despertar los sueños de don Joaquín que, pese al honorable apoyo, siguió rumiando su suerte. Si se habían portado bien, Margarita Oyarce Suazo, que era la asesora del hogar de la casa, una porteña alta y gorda, el domingo les daba un huevo frito o compraba turín (lo que sobra después de hacer mortadela) o aceptaba ponerse los guantes de boxeo y pelear sola contra los dos; era imbatible. Como la comida en Portofino andaba pareja con el ánimo del dueño de casa, los niños esperaban las visitas donde los abuelos. ¡Quién fuera camello para almacenar! –se lamentaba el Nico frente a la mirada amorosa de hermano grande que todavía el Juaco le regala en abundancia–. Los sábados almorzaban como los dioses donde la abuela paterna. Cuando doña Inés Edwards Ariztía dejaba la mesa, los dos, erguidos y sin traslucir apuro, tomaban posición a sus espaldas para seguirla detrás del moño y las piernas infinitas. Avanzaban al compás de su trasero amplio hasta llegar a su pieza. Entonces, corrían al clóset donde, en un cajón que les parecía mágico, estaban los chocolates. La abuela se recostaba y les advertía que dos, solamente dos para cada uno. Pero era miope, de anteojos poto de botella, así que haciendo caso omiso se reventaban los bolsillos y salían raudos para irse a la salita de la televisión (donde estaba uno de los pocos televisores de la capital a principios de los sesenta) a ver ‘Sábados Gigantes’.

Otros fines de semana los pasaban con el tata Floro, el abuelo materno, un conservador militante y enemigo de toda regla ajena a las de su propio yo. Iban al sur, cerca del río Cachapoal. En sus tierras, los niños andaban a caballo entre palmas de Cocalán y se tiraban piqueros en la piscina. Mientras manejaba su Ford Taunus, don Florencio Guzmán Larraín jugaba con el Nico a multiplicar mentalmente diez números por diez números. Su rapidez lo hacía sonreír y fantasear orgulloso con el futuro de éxitos que esperaba a este descendiente tan dignamente suyo. En efecto, de este ingeniero presidente del Colegio de Ingenieros, el Nico heredó la cabeza para las matemáticas. En la guantera, siempre la pistola, por si acaso, por si le negaban la entrada a algún lugar, por si había que volar un candado, por si era necesario asustar a alguien. El tata era también un señor feudal que se creía propietario de sus obreros. Eso dijo por esos años un cura de izquierda, Santiago Gutiérrez. Un día, y quizá esto ocurrió delante del Nico, se vieron las caras. El tata Floro, vestido con uno de los trajes ingleses que mandaba traer por barco y después a usar (es de roto que se vean nuevos, por cierto), se acercó y le dio la mano a quien sabía que andaba envalentonando a sus campesinos y mineros.Qué gusto, padre. ¿Es que ha venido usted a salvar las almas de mis operarios? Los he venido a rescatar del infierno, respondió Gutiérrez. Don Floro lo miró sin acabar de comprender la historia. Qué idea esa del sindicato, las cosas… ¿para qué si están rebién? Después vino Frei y la Reforma Agraria y con José Florencio, el hijo del tata y subsecretario de Hacienda en el gobierno, fue expropiado. Le quitaron El Monte, uno de sus campos (porque tenía varios) y ahí quizá comprendió o simplemente no acabó nunca de comprender hasta los 87 años, cuando murió.

Esta vida del Nico dio un vuelco cuando su padre, don Joaquín, tuvo la posibilidad de cambiar la suya. Un feliz encuentro lo condujo por fin a la mujer indicada. Carmen, virgen de cuerpo, quieta de mente. Servicial y leal, virtuosa como Dios manda que lo sea toda mujer. Para desposarla había que hacer algo desagradable: negociar con la Delfa, que seguía siendo su esposa y todavía estaba en Concepción junto al dramaturgo y un hijo nacido fuera de la ley, Juan Cristóbal (después vendría otro). Un mes, uno al año con los niños, fue lo que le entregó para que firmara y él pudiera volver a casarse. Así que llegó el verano y el Nico y el Juaco, prepúberes, partieron a Conce, a la casa de su madre por primera vez. Los imagino en el bus (¿o tren?), nerviosos, tanto como los que los esperaban. Pero si les creo (a los involucrados) las ganas de la Delfa consiguieron calmar y entusiasmar a todos. Gustavo, el dramaturgo, los llevó a San Pedro, a saltar desde un bote al agua fría de la laguna. Y con ella, militante plena del Partido Comunista, camarada comprometida con sus compañeros, partieron a las poblaciones del Bío Bío a conocer a la gente y sus inquietudes, y a Lota, para hablar con los mineros del carbón (de las catorce horas diarios bajo tierra y los sueldos miserables) y a la universidad, donde ella era amiga del rector, a escuchar a la Violeta, a Sábato en un congreso de escritores. Tenían que entrar, era urgente, imperioso, se lo debía a sí misma, se los debía a ellos, sus niños, tenía que calarles este mundo suyo que la había conquistado, porque ellos se habían quedado en ese, el privilegiado, del que había salido arrancando. Y los niños se hallaron en este nuevo mundo suyo como si hubieran estado siempre a su lado y como si nunca hubieran pasado esos largos veraneos de latifundistas que los acorralaban por lado y lado en la familia: en el campo del tata Floro o en el de los Edwards, en Parral, bien atendidos por sirvientes y jugando al polo.

De la mano con la comodidad en el mundo materno, creció en el Nico la rabia. Un disgusto inmenso por la realidad que la Delfa le mostró y que él dirigió contra todas las injusticias del mundo. Tenía 11, 12 años y había encontrado su causa, una que, como todas las que consiguen ser exitosas en la vida de una persona, repara su propia historia (además de la ajena). Es la sublimación, lo que transforma al neurótico en uno rehabilitado (hasta donde eso puede ser posible). En su mente, Eyzaguirre puede ser cualquier niño sin oportunidades, y su madre, cualquier madre que sufre por su hijo y que se encuentra desvalida frente a los poderosos. Es mi deber, se dice a sí mismo, por los privilegios de la cuna. Y ahí va a continuar, pese a la Delfa, que lo inició, pero que hoy le repite que no, que en política no se puede ser feliz, que nadie lo es, que es inhumana. Yo me muero como viví, mamá, responde él, citando a Silvio, guitarreando esa canción, "El Necio", de un hombre que aunque la revolución se venga abajo y haya pasado de moda la locura y digan que la gente es mala y no merece, no claudica.

***

A mediados de los sesenta, la Delfa volvió a Santiago y recogió, como suele decir el Nico, a sus dos hijos Eyzaguirre, que rápidamente se le unieron por el anhelo de recuperarla ya completamente y por huir de la casa de Portofino, donde ya no mandaba la Margarita Oyarce sino la nueva esposa del padre, y los nuevos hijos empezaban a nacer (llegarían a ser cuatro). El Nico y el Juaco aterrizaron en un dúplex en General Bustamante. El departamento era antiguo y grande, un regalo del tata Floro para su hija y estaba en un cuarto piso sin ascensor. La Delfa andaba por los cuarenta y el dramaturgo la había dejado, había partido detrás de otra mujer. Vivía sola con sus cuatro hijos y sin recibir un peso de ninguno de los padres de los niños. Fueron los mejores tiempos, lejos, todos lo dicen con la mirada prendida. Por amargo que sea lo que recuerdan, está teñido de cariño. Los domingos en la mañana, por ejemplo, solían traer momentos de tensión que hoy sacan sonrisas. Después del desayuno ella, con su bata acolchada, se sentaba sobre su cama sin hacer y tomaba un lápiz. Los niños se avisaban entre sí. ¡Mi mamá está sacando cueeentas! Entonces, los cuatro (entre cuadros de Nemesio Antúnez y Gracia Barrios, muebles y platería heredados, un parqué de maravilla, los techos altos y las molduras en las paredes) temblaban. Sabían que no tardaría en aparecer, dando coscachos, tirando garabatos por algún gasto que le desbalanceaba el exigido presupuesto. ¿Vendrá de ahí el celo y destreza del Nico para administrar recursos ajenos? Cualquiera podía ser culpable de cualquier cosa, dicen sus hermanos. Hoy los cuatro ‘niños’ tienen de cincuenta años para arriba, además de sus propios hijos y nietos y mujeres y ex mujeres y cada sábado la Delfa hace almuerzo para todos y que vayan los que puedan, les dice, sin catetear ni después hacerse la sentida si faltan, pero ellos no le fallan, ella es la familia que tienen.

Cuando el Nico estaba en su último año de colegio se usaba la gomina. Él mismo a veces ocupó y parece que se veía bien encachao, aunque en el amor no le fue bien hasta los 18. Un día los fabricantes de gomina decidieron hacer marketing directo y llegaron a su colegio (el Verbo Divino) a regalarla. Él, liderando al grupo, en vez de probarla, la esparció en los asientos de los profesores. Resultado: todos echados. Era el mes de octubre y el actual ministro de Educación tuvo que irse para la casa y luego dar exámenes libres. Como era buen alumno, igual le fue bien y escogió la Universidad de Chile, para conocer el país real, el que había frecuentado en los sesenta en Concepción y que le había permitido hallar su causa vital.



Cuando llegó septiembre, 1973, y Augusto dio su golpe, tenía 20 años y ya quería a esa casa de estudios como todavía la quiere, con el alma. El mundo de Nicolás Eyzaguirre se partió aquel martes 11, como una sandía, como cuando años antes su madre cerró la puerta de la casa de Portofino. Ahora los militares mataron a sus amigos, a los de su hermano y a los de su madre. Echaron del país a seres queridos. La universidad fue intervenida, la vida suspendida. Y a la injusticia del mundo, aquella contra la que se rebelaba desde antes de la adolescencia, contra la que lucharía (porque para eso estudiaba), añadió otra cara enemiga, la política, una dictadura que inundó todo. Le costó armarse, reunir de nuevo sus pedazos. Estuvo meses enrabiado, ofuscado, desesperanzado hasta que pudo enhebrar de nuevo la fibra mesiánica, reformular la causa, el desafío que lo levantara. Él tenía el deber de no morir en el resentimiento. A diferencia de otros, no podía permitírselo, era un “gifted” (como le gusta decir) intelectual y materialmente y por eso debía ayudar a los que no, porque, después de todo, él se siente un visitante del dolor, apenas un visitante. Y eso que es un melancólico veterano y consumado, que se sabe de memoria las letras tristes de lo que sea, al que le sobrevino un llanto desconsolado que lo llevó a encerrarse en el baño del cine donde veía la película Machuca. Eyzaguirre es un sentimental al que esa inclinación quieta, mal iluminada y susurrante del espíritu (que él halla bien chilena) no se le despega desde que tiene memoria y yo me inclino a creer que se le incubó en ese tiempo en que dormía en Portofino abrazado a la almohada, buscando a su madre entre las sábanas que hasta hace poco habían sido suyas.

De adolescente aprendió a hablar de sus pesares acariciando una guitarra clásica y, a los 21, 22 o 23 y más también, la usó para expresar malestar, levantarse y protestar contra Augusto. En esos primeros años de más negra represión, donde juntarse en una casa a cantar era peligroso, él anduvo deslizando sus dedos largos y expertos sobre la guitarra o en alguno de esos instrumentos andinos (charango, flauta de caña) que, nada más los ves o apenas escuchas el primer suspiro, no se te salen más de la cabeza esos temas recurrentes de lucha en la izquierda. Tan en serio se dedicó el Nico a la resistencia musical, que su grupo, Aquelarre (el que formó con el Juaco y otros y vivió cinco años), es considerado el que inició el Canto Nuevo, ese movimiento que logró reunir a los opositores al dictador y ofrecerles un lugar donde refugiarse y protestar a través de la única forma en ese entonces legítima (entre comillas). El Nico tocó y cantó para no quedarse y que otros no se quedaran sin ilusión. Para volver a creer en las utopías, echó mano de las canciones que habían dejado los cantautores que tuvieron que irse. Lo hizo en peñas, iglesias, poblaciones y sindicatos. Dicen que es Manuel su nombre y que se lo llevan camino a Titil… Se encuentran por ahí algunas grabaciones donde se le puede ver delgado, bigotes bien delineados y una mata de pelo oscuro: un serio folclorista (años después, incluso participaría en la competencia folclórica del Festival de Viña). El Nico ama a nuestro folclore (aunque no sepa bailar cueca) y a la guitarra. Y por eso, con las uñas crecidas que no debiera tener un economista de su talla, ha enfrentado la vida.

Por esos años, conoció a Mariel, que lo cautivó con su piel morena, ojos tibios y sonrisa cálida: trilogía para un melancólico. Además, cómo no, actriz igual que la Delfa. Después de titularse de economista en la Universidad de Chile partieron juntos, empoderados de marido y mujer hasta por la iglesia, a Estados Unidos, él becado a Harvard a aprender (“el lenguaje del enemigo”). No faltaron los que lo apuntaron: Tú te rendiste –lo encaraban en la calle–. Le dolió, le dolió irse y dejarlos luchando, pero allá encontró lo que buscaba, buenos profesores de izquierda que le enseñaron a distinguir lo que sí de lo que no (“lo que es ciencia del contrabando ideológico de la derecha”) y a preparar las armas con las que cumplir su misión. En Boston vino la familia, la que se le había escabullido antes de los tres años. Nicolás primero y Andrés detrás, los dos hermanos casi juntos, como él con el Juaco, misma historia distinto final, ahora feliz. Ese fue el anhelo. Pero duró algo más que un lustro (“las cosas desgraciadamente no se dieron, cómo me hubiera gustado que no hubiera sido así”). Y entonces, ya de regreso en Chile, vino el ensayo de un esquema hasta el momento inédito en la familia, cuatro días contigo, tres conmigo, tu hogar, mi hogar. Y siempre tuvo casa puesta con comida y juguetes y lo necesario para recibir a los niños y, si bien no hizo tareas, está tranquilo de no haber estado ausente en ninguna de sus penas grandes.

***

Irremediablemente, Nicolás se volvió a enamorar y ¡cómo! Desconozco su nombre pero tenía un cuerpo hecho a mano y un cinturón negro de karate. Fue la locura. Nunca lo habían visto así. Ocho años vivieron juntos y, de pronto, sin señas previas, un día, un día gris o negro, ella lo dejó y a él se le vino la vida encima, pesada, imposible, se le agolparon todas, cada una de esas lágrimas que no se había permitido llorar desde que la Delfa cerró la puerta de Portofino. Nicolás se desmoronó y buscó apoyo en una terapia psicológica de donde salió más trabajado, más consciente, menos dramático pero tan soberbio (“es agotador para mis hijos y para mis parejas hablar siempre con el oráculo”), tan romántico y tan tozudo como siempre. Por supuesto, reincidió en el amor porque esta vez sí, sí será, la familia Telerín, su sueño. Jessica fue segunda esposa por ley, también economista, también militante de izquierda y además madre de su hijo menor, Juan Diego, Juandi, que a los 15 años se queja de que su padre lo abraza mucho y crece rápido, apurado ya lo pasó con su metro ochenta y seis centímetros. Esta vez, eso sí, el final fue a cuenta suya. El Nico dejó de sentirse enamorado y ella, herida sin consuelo, corrió donde Pamela, la abogada de izquierda que defiende a víctimas de violaciones a los derechos humanos, que custodió con energía sus sollozos y consiguió que la casa donde intentaron ser familia hasta el fin llevara desde entonces su nombre, sólo el suyo. Él, poco amigo de esas domesticidades, tomó distancia y dignidad, no se enredó y, en cambio, volvió a amar, ahora a Bernardita, diecisiete años menor.

Economista de francés perfecto, notas sobresalientes y largo pelo liso, es hija de un conocido abogado y ex fiscal, y le hizo sentir que podía haber sido su polola de juventud, la que debería haber tenido (si la vida fuera en orden) a los dieciocho años. Ella es la actual mujer del ministro, aunque no por las leyes civiles, donde Nicolás aparece soltero.

Es de esperar que esta cartera no le pase a Eyzaguirre la misma cuenta de desamor que la anterior. En todo caso, si lo hiciera, se volvería a enamorar, seguro. La búsqueda del amor de pareja es una constante ya demostrada en su vida, diga él lo que diga. Aunque se sienta un hombre viejo (“abuelo de la Guadalupe y en la tercera edad”) y lo compliquen las seis décadas que le recuerdan que esto ya fue, la vida, esa que vendría con tantas posibilidades, todas abiertas, y que hoy no son más que algunas. Algunas donde muchos ven la Presidencia de la República. Con una vida como la suya (Fondo Monetario Internacional, Cepal, Banco Central, Ministerio de Hacienda, Ministerio de Educación), es difícil creer que la idea no se le aparezca en sus sueños diurnos y nocturnos, casi imposible en realidad, aunque él en público prefiera decir que a ser Presidente no está dispuesto (“es un apostolado, una cruz que disuelve tu vida personal”).

En la intimidad del Nico, donde por estos días debe refugiarse, están las risas de sus tres hijos que le hallan cara de foca y gustan de pellizcarle las mejillas y cantarle morsiiiita, morsiiitaaa, moooorsiiiitaaaa. También las bromas de sus hermanos y su madre, que saben que puede desubicarse al punto de decirle Gordi (un apodo acuñado por el Juaco) a la Presidenta en público. Tiene un hemisferio del cerebro inmensamente crecido y otro bien chiquitito, dice su madre. Es muy querible porque es un niño todavía, dicen.

Y en eso, en el niño, es en lo que me quedo pensando. En ese sillón incómodo donde el pasado Presidente Piñera tuvo a cuatro ministros en cuatro años hoy se sienta un niño que vivía en Portofino con su papá, su hermano y la Margarita Oyarce. Lo creo porque suscribo sus palabras de hombre trabajado psicológicamente y sí, detrás de todo ser público hay un niño, uno que busca reconocimiento para atenuar, al menos un poco, su soledad.

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