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Análisis

El Estado Islámico y el abismo

por 25 noviembre, 2015

El Estado Islámico y el abismo
El dilema abismal de Hollande no es por cuánto tiempo envíe a su portaaviones a las costas de Siria ni cuántas bombas lance sobre el Estado Islámico, sino cómo conduce a su nación (a la Francia profunda) en esta coyuntura, cómo se articula en el largo plazo con el resto de las naciones europeas, especialmente cómo inserta a su país en el mundo y particularmente en su entorno geopolítico.
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Los recientes atentados en París, en el Sinaí y en Beirut están poniendo acento, nuevamente, en un espinoso tema de la seguridad internacional: el de la protección de las fronteras. Sumamente espinoso, pues aquí cobran elocuencia dos posturas básicas y que dividen tanto el debate teórico como las cuestiones prácticas del “qué hacer” en estas coyunturas turbulentas.

Por un lado, están los defensores del multiculturalismo, que creen oportuno poner énfasis en el diálogo franco, abierto, cooperativo. Aunque anclan históricamente en las ideas del abate Saint Pierre (siglo XVII), las realidades globalizadoras alimentan ahora estas visiones pacifistas, al extremo de entenderlas cuasiirreversibles. Ergo, estos episodios conflictivos, como los que vive Europa hoy, deben ser vistos como oportunidades.

Por otro lado, tenemos aquellos que avizoran escenarios lúgubres y abismales, donde el tratamiento frío de la conflictividad aparece como única salvación. El enfrentamiento entre estas dos maneras de ver lo que ocurre, hace que los actuales desafíos de la seguridad internacional sean algo más que una tarea compleja. La exteriorización de opiniones y análisis se torna necesariamente desagradable dado el crispamiento del ambiente, mientras que para los políticos esto es sumamente incómodo.

Uno de los más incómodos es, fuera de toda duda, el Presidente francés, quien se encuentra en el peor de los mundos. Su retórica (“venganza sin piedad”) es criticada por los pacifistas, por no estar acorde con el paradigma multiculturalista de la Francia actual, pero a la vez suena poco convincente para quienes están preocupados por el escenario lúgubre que se avecina. Este dilema de Hollande ha sido explicado con una fascinante analogía con la antigua Roma por Niall Ferguson (Pobre París, víctima de la complacencia) apoyándose en trazos de la clásica visión de Gibbson.

Por lo tanto, aunque ya se vean ciertos alineamientos de orden táctico, como el naciente eje Moscú-París y el probable debilitamiento de los pilares del Acuerdo de Schengen, el verdadero problema, donde imbrican al final de cuentas las dos visiones (la pacifista y la lúgubre), es qué va a suceder con los nacionalismos.

En efecto, se viene observando en los últimos años y en diversos puntos del planeta una cuestión que no es otra cosa que el mejor síntoma de este problema: la construcción de barreras físicas para separar naciones, etnias, religiones o lo que fuere. De un lado, lo deseable; del otro, lo indeseable. Acá lo valioso, allá la escoria.

Bien podría estar configurándose aquí una situación sin salida, una especie de zapato chino, cuya médula es, en estos momentos (no sabemos mañana), la guerra civil siria; ese maremágnum sin frentes y con múltiples grupos poderosamente armados que luchan entre sí sin saber exactamente para qué, pero que al generar un éxodo gigantesco hacia Europa e incitar a individuos radicalizados anti-Occidente a practicar un terrorismo inmune a cualquier disuasión, está sacudiendo los pilares de la Europa moderna; o al menos de la que se ha configurado tras la Segunda Guerra Mundial.

The Economist (septiembre, 2015) calculó que, desde el derrumbe del Muro de Berlín, 40 países han tomado la decisión de construir barreras para separarse de 64 comunidades políticas vecinas, aduciendo –todos– motivos de seguridad que incluyen por cierto no solo la proximidad de una amenaza militar sino también migraciones descontroladas y tráficos desmesurados de toda clase de especies y bienes (como la de Bulgaria frente a Turquía o de Arabia Saudita frente a Irak) o bien entendidas como fortificaciones de límites en áreas escasamente pobladas y de difícil vigilancia (como la marroquí con el Sahara occidental)

Cabe recordar que con posterioridad al reportaje del Economist, Eslovenia y Croacia decidieron construir gruesas alambradas electrificadas con los mismos objetivos señalados. Y no debiera dejarse en el olvido, en esta línea, el cálculo de cuántos otros países han hecho anuncios sin concretarlos aún o bien han anunciado medidas, que, aunque no apunten a una barrera física tradicional propiamente tal, sí son versiones modernas, o virtuales, pues hacen uso masivo de drones y satélites, como lo declaró Brasil en 2013 para sus 16 mil km de frontera, haciendo especialmente densa la que colinda con Bolivia y Paraguay.

Estas realidades, para muchos chocantes, permiten especular con la idea de que, si Francia hubiese tenido frontera con Siria, la primera decisión tras los atentados habría sido construir un muro. Lo que sí parece claro es que, guste o no, la erección de barreras físicas de contención y separación ya está en ese manual de instrumentos políticos a disposición de los tomadores de decisiones.

Por ello, el dilema abismal de Hollande no es por cuánto tiempo envíe a su portaaviones a las costas de Siria ni cuántas bombas lance sobre el Estado Islámico, sino cómo conduce a su nación (a la Francia profunda) en esta coyuntura, cómo se articula en el largo plazo con el resto de las naciones europeas, especialmente cómo inserta a su país en el mundo y particularmente en su entorno geopolítico. En las llamadas cuestiones abismales.

Lo que cabe preguntarse, por lo tanto, no son las consecuencias obvias de la “venganza sin piedad”, como son el auge de las industrias de armas y cemento, de dispositivos de vigilancia, de alambres y, por supuesto, la movilización extensiva de mano de obra, sino cuáles son los instrumentos acordes con el proyecto político que representa Occidente.

Siguiendo el análisis de Ferguson, bien podría estar configurándose aquí una situación sin salida, una especie de zapato chino, cuya médula es, en estos momentos (no sabemos mañana), la guerra civil siria; ese maremágnum sin frentes y con múltiples grupos poderosamente armados que luchan entre sí sin saber exactamente para qué, pero que al generar un éxodo gigantesco hacia Europa e incitar a individuos radicalizados anti-Occidente a practicar un terrorismo inmune a cualquier disuasión, está sacudiendo los pilares de la Europa moderna; o al menos de la que se ha configurado tras la Segunda Guerra Mundial.

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