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Opinión

El absurdo de nuestra modernización: a propósito de las AFP

por 29 julio, 2016

El absurdo de nuestra modernización: a propósito de las AFP
No hay nada que permita justificar la existencia de un vínculo necesario entre el sistema de AFP y el progreso. Pero tampoco existe dicho vínculo con el sistema de reparto, ni con ningún otro. El asunto es que se asume, por parte de nuestros modernos, que el único lugar donde se deben buscar respuestas es en el futuro, pero como este aún no ocurre, su única expresión posible es una transformación de lo efectivamente existente, y lo que existe es el sistema de AFP. Ergo, lo único verdaderamente moderno es perfeccionar dicho sistema. Cualquier otra cosa, como eliminar las AFP y reinstaurar un sistema de reparto, se concibe como una vuelta a lo ya superado, una elección por retroceder en vez de avanzar.
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La modernización, se sabe, es extraña. Así como las polillas se ven confundidas por la luz artificial y persisten en alcanzarla hasta morir, las sociedades desde hace siglos se han visto inmersas en una dinámica similar: las enceguece un irrefrenable, insaciable y siempre inconcluso deseo de cambio que, para seguir su senda, debe necesariamente ir de la mano de desestabilización, crisis y dislocaciones. El punto central de esta dinámica es la autonomización de proceso: tanto nos esmeramos por cambiar que no nos queda más que seguir haciéndolo, seguir porque, aquí está el quid, el canon establece que cambiar es inherentemente bueno, es siempre mejor.

Bertrand Russell, como de costumbre, logró sintetizar este impulso de la mentalidad moderna de forma concisa: “Su más alta esperanza es la de pensar primero lo que está a punto de pensarse, decir lo que está por decirse y sentir lo que está por ser sentido; no tiene ningún deseo de pensar mejores pensamientos que sus prójimos […], sino que solo quiere estar un poco más por delante de los demás en lo referente al tiempo”.

De ahí que la característica fundamental de la modernización sea su capacidad de volcar todas sus energías hacia el futuro, hacia lo que “está a punto de pensarse”, hacia el cambio. La modernización, en estricto sentido, no es la vanguardia, ya que ella está cristalizada en tanto constituye lo más adelantado que se ha pensado. Por el contrario, la mentalidad moderna reside en un espacio aún no constituido, por pensarse.

Quizás nada ilustra mejor esta mentalidad moderna que la tecnología. Tim Cook, CEO de Apple, a comienzos de mayo de este año (una eternidad para la mentalidad moderna) daba una entrevista donde se hacía cargo de las críticas por el descenso de las ventas del iPhone señalando que a la compañía aún le quedaba mucho por innovar. Y, a renglón seguido, sostuvo: “Vamos a darles a los usuarios cosas sin las cuales no podrán vivir […] cosas que simplemente no tienen y ni siquiera saben que necesitan hoy en día. Mirarán hacia atrás y se preguntarán: ‘¿cómo he podido vivir sin esto?’”.

Nuevamente: es lo que no está lo que nos hará mejores, lo que nos permitirá tener una mejor posición que la que tenemos hoy. Y como hay millones de modernos dando vuelta en este mundo moderno, no debe extrañarnos que buena parte de estos estén dispuestos a hacer fila durante días para tener primero aquello que no saben que necesitan, solo para repetir el ejercicio unos cuantos meses después.

Es esta mentalidad moderna la que parece ponerse en tensión en el caso del cuestionamiento al sistema de las AFP, lo que se puede apreciar en las respuestas que entregan sus defensores. Veamos algunos ejemplos. Andrés Zaldívar: “En ninguna parte del mundo se ha vuelto al sistema de reparto, si en algunos lugares donde se mantiene se está corrigiendo”. Rodrigo Pérez: “Me parece insólito que estemos hablando de volver al sistema de reparto”. Gonzalo Cordero: “El sistema de reparto fue un verdadero cáncer que carcomió al Estado en el pasado”. Fernando Larraín: “Aquí hay que hacer cambios, pero no a cualquier costo. Volver al reparto no es una opción, no tiene ningún sentido”.

Lo que se ha resaltado en las citas apunta al más clásico reproche que puede procurar una mentalidad moderna: todo lo que se opone a mejorar (cambiar) lo existente es propio de una actitud tradicional, un resabio de comunidades atávicas que prefieren aferrarse a su situación en vez de aventurarse en la terra ignota del desarrollo. Pero, lo más importante, el cambio es bueno siempre y cuando sea hacia adelante y no aquel que nos devuelva a un estado de cosas previo y que, como tal, ya ha sido superado. El sistema de reparto (y cualquier otro) es una vuelta a lo tradicional, un retroceso a aquello que hace que las sociedades se estanquen y sobre las cuales no crece más que el moho. Los perfeccionamientos al sistema de AFP son los únicos que pueden considerarse legítimamente un cambio, en la medida que constituyen un camino de futuro, en tanto están direccionados hacia adelante.

Cualquier persona relativamente sensata dirá que esto es arbitrario. Y tendría toda la razón. Lo es. No hay nada que permita justificar la existencia de un vínculo necesario entre el sistema de AFP y el progreso. Pero tampoco existe dicho vínculo con el sistema de reparto, ni con ningún otro. El asunto es que se asume, por parte de nuestros modernos, que el único lugar donde se deben buscar respuestas es en el futuro, pero como este aún no ocurre, su única expresión posible es una transformación de lo efectivamente existente, y lo que existe es el sistema de AFP. Ergo, lo único verdaderamente moderno es perfeccionar dicho sistema. Cualquier otra cosa, como eliminar las AFP y reinstaurar un sistema de reparto, se concibe como una vuelta a lo ya superado, una elección por retroceder en vez de avanzar.

Evidentemente el reemplazo del sistema es resistido por el mercado de capitales, que vería cortado su suministro de energía, pero a nivel discursivo podemos ver cómo la incapacidad política permite esgrimir argumentos propios de la modernización (cambiar es bueno, volver es malo) sin una orientación moderna (cambiar para qué).

Hace veintiséis años, Norbert Lechner elaboró un diagnóstico de nuestra sociedad que aún no ha podido superarse: padecemos de una modernización sin modernidad. El cambio global es un hecho y oponerse a él sería tan absurdo como oponerse a un eclipse. De ahí la fuerza de la modernización. Pero la modernidad, en cambio, sería aquella “racionalidad normativa” propia de la autodeterminación política, vale decir, aquel marco que intenta orientar la dirección de los cambios en una sociedad dada. Esto último es lo que Lechner diagnosticaba como carente: “La modernidad sufre un déficit institucional para enfrentar la dinámica de la modernización”.

Un cuarto de siglo después del diagnóstico de Lechner, ¿no persiste acaso el mismo problema? Lo que el discurso de los defensores del sistema de AFP nos muestra es el déficit crónico de institucionalización democrática en nuestro país, ya que no existe una racionalidad normativa que permita orientar los cambios propios de nuestra sociedad y, por lo tanto, prima la idea simple de que todo cambio es bueno por ser cambio, sin que exista detrás una justificación de orden político.

Evidentemente el reemplazo del sistema es resistido por el mercado de capitales, que vería cortado su suministro de energía, pero a nivel discursivo podemos ver cómo la incapacidad política permite esgrimir argumentos propios de la modernización (cambiar es bueno, volver es malo) sin una orientación moderna (cambiar para qué).

La búsqueda de respuestas a los problemas de la modernización dentro de la propia dinámica de la modernización es el síntoma más claro de la carencia de fundamentos políticos de nuestra sociedad. Pero, entonces, si nuestra sociedad nació “democráticamente” sin una estructura política capaz de orientar normativamente la modernización, y ha logrado sobrevivir sin ella, todas las personas que salieron a las calles el día domingo, ¿a quién le demandaban los cambios?

Quizá esa sea la pregunta que hay que responder antes de siquiera plantear la posibilidad de un cambio particular.

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