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Opinión

Volviendo a Tocqueville o la democracia en la encrucijada

por 25 octubre, 2016

Volviendo a Tocqueville o la democracia en la encrucijada
Quizás, ya no es tan cierto que sin los partidos políticos que tenemos no puede haber democracia. Puede que las nuevas tecnologías estén procreando una nueva forma de ver y hacer la democracia. Tal vez lo que está en la agenda del futuro sea la transición hacia una “democracia no necesariamente del todo representativa”... o hacia una cosa distinta.
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Ante el abrumador desencanto con la política de los chilenos, no es casual que algunos intelectuales estén revisitando a Alexis de Tocqueville y su pensamiento dialéctico sobre el trinomio democracia-libertad-igualdad. Aunque el tema es tan viejo como las ciencias sociales, nuestra crisis actual lo convierte en novedosísimo.

Comencé a barruntar esa temática a inicio de los años 60, cuando leí algo de Alejandro Silva Bascuñán –ya veterano profesor de derecho constitucional–, que me pareció sacrílego. A despecho del utopismo estudiantil y revolucionario de entonces, él llamaba a aterrizar conceptos, hablando de “democracia no necesariamente del todo representativa”. En contra de nuestro entusiasmo por la “democracia real”, él se resignaba a la democracia “impura”.

Escuchando a nuestros dirigentes políticos de hoy –no digo “líderes”–, creo que están reproduciendo el mismo debate, aunque sin revolución a la vista. Clavados en el deber ser utópico, no ven la democracia-representativa vigente como un bien instrumental, progresivo y perfectible, sino como un valor inmutable o “en sí”. En consecuencia, suponen que cualquier disfunción se soluciona con ajustes legales de coyuntura. Y si en la realidad esos ajustes no funcionan, peor para la realidad, sigamos arrastrando los pies, votemos de todas maneras, peor es abstenerse.

Por eso, lo que ahora me provoca no es un simple giro hacia el realismo, sino un vuelco copernicano que nos exponga a los problemas de la democracia representativa realmente existente, para comprobar si es lo que dice ser. Bueno sería, entonces, obviar los adjetivos para ver con más claridad si nos estamos alejando del deber ser democrático “clásico” o si tenemos que postular un deber ser “actualizado”.

Ideología y legitimidad

Primer factor diferencial, a mi juicio, es el factor ideológico. En efecto, después de la Guerra Fría empezamos a vivir lo que algunos categorizaron como el fin de las ideologías. La aparente licuación de las diferencias entre derechas a izquierdas, expresada en los socialismos de mercado y los capitalismos intervenidos, inducía la fantástica percepción de que vivíamos el fin de las contradicciones antagónicas. El fukuyamesco “fin de la historia”.

Es lo que explica, al menos en Chile, el nuevo sesgo de la vieja discusión constitucionalista sobre si es bueno o malo que el voto sea voluntario. Al principio, en el marco de Fukuyama, algunos vieron la voluntariedad como la lógica desdramatización de las opciones políticas. Si daba lo mismo Chana que Juana, la gente votaría porque quería votar. Si no votaba, ejercería una participación pasiva, delegando la confianza en los votantes o manifestándose tácitamente satisfecha con la actuación de los representantes establecidos. Desde esa perspectiva, la democracia con sufragio opcional les parecía más representativa que nunca.

Pero hoy, después del desencanto, los representantes o incumbentes reales tienden a ver el tema desde un punto de vista más contingente. Los más francos aceptan que se equivocaron con el voto voluntario. Precisamente por eso, los analistas debemos “pedir por abajo”. Es que, quizás, les inquieta más la seguridad de su posición personal que el mejor o peor funcionamiento de la representatividad democrática. En otras palabras, dada la dimensión del desencuentro con los ciudadanos, temen quedar sin votos que los legitimen.

Tal percepción se vincula, estrechamente, con una concepción del servicio público que los aleja del deber ser de la teoría y los acerca a la profesionalización espuria. En efecto, al enorgullecerse, algunos, por ser políticos profesionales y sobrevalorar su experiencia, están justificando una especie de “propiedad del empleo”. Incluso lo reconocen expresamente al acuñar el chocante dicho según el cual “el que tiene, mantiene”.

Parten de la base de que sus opositores –internos y externos– no saben lo que saben ellos y, por tanto, no tiene sentido abrir espacios a la alternancia.

La remuneración de los políticos

Si seguimos encadenando síntomas, llegamos al incómodo tema de la dieta parlamentaria, hoy sinónimo de la altísima remuneración que reciben los políticos por ser políticos. Un tema radicalmente distinto de lo que fuera en su origen, cuando la dieta era un factor de homologación social, para abrir la representación política a gente de distintas valencias económicas.

Por cierto, la actual remuneración de los políticos hace tiempo dejó de cumplir esa función. Es más una plataforma para insertarlos y/o mantenerlos en los niveles socioeconómicos superiores, que para facilitar su defensa de los más necesitados

De ahí que, por lo general, los políticos valoren sus estipendios desde el punto de vista de la legalidad y no de la moralidad. Además, siempre les parecerá “demagógico”, “oportunista” o “irrelevante”, cualquier iniciativa que tienda a reducir la diferencia entre los salarios normales de los representados y la remuneración excesiva de los representantes. No están capacitados para aceptar el impacto del altruismo en la calidad de la democracia.

Las nuevas opciones

Termino esta sinopsis de factores diferenciales con el acceso a la información. Recuerdo, al respecto, que la vieja teoría de la democracia nos decía, a los universitarios de mi época: “Hay que militar, compañeros, porque la información está en los partidos”.

Se suponía, entonces, que en los partidos se impartía la información seria, procesada y confiable de lo que estaba sucediendo en la política doméstica y mundial. Por lo mismo, allí estaban los cuadros políticos y técnicos de reemplazo para los incumbentes.

Al enorgullecerse, algunos, por ser políticos profesionales y sobrevalorar su experiencia, están justificando una especie de “propiedad del empleo”. Incluso lo reconocen expresamente al acuñar el chocante dicho según el cual “el que tiene, mantiene”.

Yo creo que ningún joven universitario actual aceptaría, hoy, que la buena información y sus buenas consecuencias están en los partidos políticos establecidos. No quieren saber nada con ellos. La información válida, en su caso, está en las redes sociales, siempre disponible en sus celulares, tabletas y computadores personales.

Todo esto y algo más, me hace pensar que estamos ante una crisis que, solo en cuanto inexplorada, nos hace volver a Tocqueville. Quizás, ya no es tan cierto que sin los partidos políticos que tenemos no puede haber democracia. Puede que las nuevas tecnologías estén procreando una nueva forma de ver y hacer la democracia. Tal vez lo que está en la agenda del futuro sea la transición hacia una “democracia no necesariamente del todo representativa”... o hacia una cosa distinta.

Esa cosa podría ser un sistema democrático inédito, que nos hará repensar la teoría o una dictadura que, por el momento, solo podemos imaginar como una nueva versión del viejo fascismo.

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