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Opinión

¡No a la calle!

por 1 julio, 2017

¡No a la calle!
Todo sucede como si estuviéramos a las puertas de una nueva apoteosis de la cultura aristocrática. El desagregado de las masas que marchan, en átomos de gente silenciosa, es tan viejo como la usurpación de los derechos de los campesinos y el hacinamiento urbano. Lo nuevo, es que el resto de consideración a las ideas sociales que había en el Consenso de Washington se ha perdido en esta vuelta. Las políticas públicas se anuncian como un desmantelamiento cuidadoso de lo público. Menos impuestos para más inversión. Menos políticas sociales para más crecimiento. Menos Estado para mayor certeza jurídica de las empresas. Más tiempo de trabajo para aumentar las pensiones.
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Nos dicen que ‘hay que escuchar a la gente pero no a la calle’; como si los que marchan hubieran perdido su condición de gente al bajar de la vereda y transformarse en una marcha. El ‘no a la calle’ es un sí a los pasillos. Es el reemplazo de lo público por lo privado. Es la recuperación de la política que puede hablarse al oído, con la ‘gente como uno’. Con la alegría de los que hubieran encontrado una idea nueva, se nos propone la repetición de lo repetido; el gastado discurso que dice que los que protestan son el problema y que los responsables de los abusos y de las corruptelas protestadas, ellos, los mismos que han provocado las marchas, son los que nos van a salvar de ellas.

Las muy diversas versiones del renacer de un pensamiento de derecha son un reflejo del reencuentro del discurso conservador con la necesidad de sincerarse. Le Pen, Trump y Piñera basan su discurso en la necesidad de aliviar el abdomen y sacar la voz propia que tienen reprimida en lo más profundo de su inconsciente; la convicción elitista de que ellos son mejores, la seguridad tecnocrática de que su saber vale más que la experiencia de las personas, la necesidad de inculcar la obediencia y el respeto al poder. En el fondo instintivo que emerge, todos dicen el mismo canto de amor al hombre blanco; “Yo Tarzán, tu mono”. “¡Hemos ido demasiado lejos! Hemos aceptado ideas sociales, feministas y socialistas que no nos representan; y no hemos tenido la fuerza para hacer valer la superioridad de nuestras convicciones profundas”.

Existe la sensación en la derecha de estarse acercando a un abismo que exige un freno decidido: “No al discurso de los derechos sociales”. Un cierto optimismo electoral alimenta este atrevimiento expresivo y, un movimiento global de recuperación del orgullo de derecha permite reclamar el complemento positivo de ese ‘no’ que se anuncia sin forma pero con fuerza; ¡Si a los derechos adquiridos! Aunque nadie reclama explícitamente la derivación positiva de la negación de los derechos sociales, los discursos de la derecha liberal apuntan con una lógica ineludible a esa afirmación de los privilegios heredados. En este giro de retorno a la autenticidad conservadora, la chispa liberal termina ahogada en su propia inconsistencia lógica.

En esta carrera hacia la veracidad de una derecha verdadera, las contribuciones abarcan a todos los que se toman en serio la amenaza de los derechos sociales. La pedagogía de derecha exige, simétricamente, tener en cuenta los deberes. /No hay derechos sin deberes/.

En el trasfondo de la cultura de los deberes, de la deuda y de la culpa, está la ley aristocrática y su extensión a un derecho contractual que no reconoce nada anterior a los contratos de adhesión que se imponen a los niños, a los consumidores y a la gente. Nada, salvo la realidad constituida por los derechos adquiridos.

Este es el punto en el que la derecha vuelve a encontrarse consigo misma. El punto en que el hastío de la propia impostura hace necesario sacar las ideas del baúl del abuelo, desempolvarlas y hacerlas circular. La derecha necesita recuperar el orgullo de su herencia pero lo hace a tropezones, sin saber como trenzar los derechos adquiridos con el resurgimiento de los derechos sometidos. La derecha que se agita hoy en todo el mundo no es silenciosa sino expresiva y ansiosa. No son los callados sino los inadecuados. Los xenófobos y los autoritarios han encontrado la oportunidad de una especie de marcha del orgullo blanco y han puesto término a los respetos tácitos en los que se basa el ordenamiento político. La forma ingenua y provocadora de este reclamo es, ¡si a la gente, no a los que marchan! La pasividad de los que no pueden o no quieren movilizarse es presentada a la vez, como un atributo positivo y mayoritario.

Todo sucede como si estuviéramos a las puertas de una nueva apoteosis de la cultura aristocrática. El desagregado de las masas que marchan, en átomos de gente silenciosa, es tan viejo como la usurpación de los derechos de los campesinos y el hacinamiento urbano. Lo nuevo, es que el resto de consideración a las ideas sociales que había en el Consenso de Washington se ha perdido en esta vuelta. Las políticas públicas se anuncian como un desmantelamiento cuidadoso de lo público. Menos impuestos para más inversión. Menos políticas sociales para más crecimiento. Menos Estado para mayor certeza jurídica de las empresas. Más tiempo de trabajo para aumentar las pensiones.

La noción de ‘mayoría silenciosa’ ocupa, en este discurso, el mismo lugar de fondo que ahora busca capturar el concepto de una ‘posverdad’ o la reivindicación de las identidades xenófobas y autoritarias Se trata de explicar las fallas de la razón democrática. La apelación a una mayoría silenciosa afirma que en democracia no se concursa entre iguales puesto que los más ruidosos son los que se imponen; la cantidad vence a la calidad. Mirada desde la derecha, el régimen democrático es un sacrificio, una concesión al número y un acto de humildad de la verdad y de los que son sus depositarios.

El poder concedido por la verdad a la mayoría es lo que hierve en el fondo antidemocrático de estos giros conceptuales que la derecha necesita superar.

¡Ayúdelos! Este domingo vote por candidatos sin complejos anti-populares.

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