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 La obsesión de Piñera por dejar un legado que borre el "otro" y que amenaza con dejarlo como el peor Presidente de la historia reciente

por 13 abril, 2021

 La obsesión de Piñera por dejar un legado que borre el
Sin un eslogan claro de por medio, el Gobierno de Sebastián Piñera se ha mostrado obsesionado por dar con una fórmula que le permita dejar un legado, una herencia política de su gestión, por lo que se buscan directrices que permitan orientar a La Moneda en al menos tres líneas: la reactivación económica, las ayudas para enfrentar la crisis y la gestión de la vacunación en medio de la pandemia. Esta obsesión, sin embargo, estaría motivada por fines distintos al de mostrar éxitos. El propósito de esta empresa sería más bien intentar borrar el "otro legado", ese que lo llevó a superar a Bachelet en la desaprobación a su gestión y que comenzó escribirse a partir de octubre de 2019, cuando "no vieron venir" que las desigualdades sociales llevaron a que el país entero se incendiara en un estallido social; que bajo su administración los militares volvieron a salir a las calles para tomar el control del orden público; que sumados el estallido y la pandemia, Chile ostenta el récord mundial de la nación con más tiempo con los derechos públicos restringidos a través del toque de queda; que en su mandato se produjeron tanto la mayor cantidad como las más graves violaciones de los derechos humanos desde el retorno a la democracia. Y que ha sido el único Jefe de Estado, desde Pinochet, en hablar de guerra.
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En su primer discurso, el 11 de marzo de 2018, desde el balcón del Palacio de La Moneda, el recientemente asumido Presidente, Sebastián Piñera, llamaba a dar inicio a una “segunda transición”. Haciéndose de la figura del otrora Mandatario Patricio Aylwin, intentó instalar la idea de un estadista transversal en su mirada y en su forma de actuar, queriendo arraigar en su discurso las que serían sus capacidades y conocimientos para hacerse cargo del rumbo del país. Un intento más en su nutrida historia y que develaría la obsesión de quien siempre se ha sentido “el mejor” entre los suyos, pero que una y otra vez choca con la inequívoca realidad.

Entre los muchos factores que se entrecruzaron para echar por la borda aquel intento, destaca la falta de coherencia política, una que acusan transversalmente desde la propia coalición oficialista, Chile Vamos. Y es que, apenas instalado, y subsumido en la idea de que la alta votación que recibió en la segunda vuelta presidencial traía aparejada la idea de un rechazo absoluto de la sociedad al programa reformista de Michelle Bachelet, no tuvieron empacho en destacar que era el momento de la “derecha sin complejos”, sin dudas una contradicción evidente que terminó por borrar del mapa su estrategia.

Durante su primer Gobierno, se le acusó de intentar agradar a la ciudadanía, tal y como en algún momento sí lo consiguió la exgobernante socialista. Su idea de quedar en la retina como un Presidente querido, lo llevó a desarrollar un estilo que buscaba imprimir un mayor relajo, a través de las salidas de libreto, el humor o las actividades de carácter ciudadanas. Sin embargo, no obtuvo resultados. Tiempo atrás, su obsesión se había trasladado a la idea de generar la imagen de un líder internacional, creando el Prosur, intentando hacerse del liderazgo anti-Maduro, pero errores como el “cucutazo” también le pusieron la lápida. El "líder ecologista" tuvo un destino similar, solo que en esa ocasión fue en parte dinamitado por el sector empresarial, que sintió que le estaba jugando en contra con el cambio de reglas para desarrollar su negocio.

Ahora el desafío es aún mayor, y de “vital importancia”, como señalaron en Palacio. En esta ocasión, antes que una nueva aventura por buscar dejar un legado que le acomode, la lucha se trasladó a cómo intentar borrar una idea que, cada día que pasa, se plasma más y más en el imaginario público: la del “peor Gobierno de la historia”. Este es un tema que suma preocupación en La Moneda y que bien resumió el diputado DC Gabriel Ascencio, quien, tras la cuenta pública del 2020, expresó: “Al final, solo me queda la reflexión que lo que pone en riesgo la democracia es la mentira, el engaño, atribuirse iniciativas de otros, manipular y abusar del Estado. Todo eso representa el peor Presidente de la historia”, en alusión inequívoca a Piñera.

Aquellas críticas terminaron haciéndose recurrentes y han contribuido a instalar la referida idea en el imaginario de las elites políticas y de la gente. Al momento de cumplirse su tercer año al mando, la candidata presidencial falangista, Ximena Rincón, indicó que "este va a ser el peor Gobierno de la historia de nuestra patria. Un Gobierno que no entiende lo que es la necesidad”. En el mismo sentido, el candidato del Frente Amplio, Gabriel Boric, agregó que “será recordado como uno de los peores de la historia de Chile, por su triste desempeño en materia de derechos humanos. Por el agravamiento del conflicto entre el Estado chileno y el pueblo mapuche”.

Estas declaraciones se suman a los indicadores como el que entregó la encuesta CEP, en enero del 2020, cuando se constató el récord de la más baja aprobación de un Presidente, con apenas un 6 % de apoyo. Ya en esa época, en medio del estallido, Pulso Ciudadano y Cadem plasmaban lo inédito de los porcentajes que se daban a conocer, con un 4,6 % en el caso de la primera encuestadora, y un 10 %, en la segunda. A poco más de un año, la aprobación del Primer Mandatario, al día de hoy, no es muy distinta, al oscilar entre un 12 y un 8 por ciento.

Si bien desde La Moneda explican seguidamente que se entiende todo esto bajo el prisma del estallido social, luego cruzado con la pandemia, saben también que los indicadores económicos no han jugado en absoluto en su favor, siendo registrados para futuras comparaciones, tal y como el mismo Gobierno de Piñera lo hizo con el de Bachelet, apenas arribó a Palacio.

Es sobre la base de esto que en la sede gubernamental se trabaja a toda marcha en intentar doblegar esta idea y lograr dejar plasmado el legado en un documento que sirva de comparación, con la mirada propia de cómo se ha sorteado este último cuatrienio, cruzado por la mayor pandemia en cien años, y un estallido social que, como analistas de su propio sector coinciden en señalar, careció de la conducción política que se esperaba, dada la magnitud del hecho.

Uno de los mayores desafíos –estuvieron de acuerdo– es la dificultad que conlleva el haber tenido que deshacerse definitivamente del programa de Gobierno con el que se arribó a La Moneda y, con eso, el relato que buscaba sustentarlo y que pasó por la preocupación por la clase media, así como por la recuperación de La Araucanía en términos generales.

Aun cuando en estos momentos existe un equipo con dedicación exclusiva para dar cuerpo al legado del actual Gobierno –equipo comandado por Magdalena Díaz, la exjefa de gabinete del Presidente–, lo cierto es que este trabajo viene delineándose al menos desde fines del 2020.

Una vez ocurrido el plebiscito del 25 de octubre y a cargo de Raimundo Monge, jefe de la División de Coordinación Interministerial de la Segpres, se dio inicio a las reuniones formales para el análisis de los proyectos, su estado actual y posibilidades de ser aprobados.

Dividiéndolos en áreas de carácter nacional, regional y local, se analizó qué proyectos calificaban y cuáles no, para inscribirse en el potencial legado que aún no habría definido su formato. Complementariamente, desde la Secom se instruyó a todos los jefes de prensa de los diferentes ministerios para entregar en detalle el desarrollo programático de sus áreas, con la solicitud de salir a hacer pautas políticas para marcar el punto que se definiría como necesario para apoyar la construcción del escrito.

De esta manera se comenzó a depurar la lista de iniciativas que delinearían el mapeo y línea de ruta de las actividades del Presidente en sus giras regionales y actividades diarias.

Sin un eslogan de por medio, como suelen hacer los diferentes gobiernos, se está en busca de la fórmula y ajuste para direccionar el discurso que sustente, de aquí hasta el final de la administración, el ansiado legado presidencial, que en perspectiva no tiene más objetivo que intentar borrar el "otro legado", ese que se ha escrito desde al menos octubre de 2019: que en su Gobierno se recrudecieron las desigualdades sociales que llevaron a que el país entero se incendiara en un estallido social; que bajo su mandato los militares volvieron a salir a las calles para tomar el control del orden público; que se produjeron las más graves violaciones de los derechos humanos desde el retorno a la democracia. Y que ha sido el único Jefe de Estado, desde Pinochet, en hablar de guerra.

Para intentar borrar lo anterior, las directrices de hoy apuntarían a la reactivación económica, las ayudas para enfrentar la crisis y la gestión de la vacunación en medio de la pandemia.

El director ejecutivo del Instituto de Estudios de la Sociedad, Claudio Alvarado estimó que “la primera pregunta de este ejercicio, para que fuera fructífero, debiera ser por qué el piñerismo y la derecha tuvo tantas dificultades para comprender al país. Hay que dar vuelta la interrogante (…) la pregunta más relevante para la derecha es por qué en dos ocasiones diferentes sus gobiernos fueron incapaces de conducir políticamente al país”.

Para el director de la Facultad de Publicidad de la UDP, Cristián Leporati, “el Sol no se puede tapar con un dedo, menos en los tiempos actuales en donde los medios independientes, sumados a la convergencia de los medios y redes sociales, hacen prácticamente imposible la imposición de un relato por sobre la realidad cotidiana”.

Como si se tratara de dos historias, con distintos personajes pero bajo un mismo guión, quienes gobiernan hoy, cuando eran oposición a Bachelet, sentenciaron –en febrero de 2016– que “no existe peor Gobierno en la historia de Chile que el Gobierno de izquierda que hoy día estamos viviendo”. En marzo del mismo año, el actual canciller, Andrés Allamand, cuestionó en Twitter la legitimidad del mando de la entonces Presidenta, al escribir que “OJO!, con referéndum revocatorio Bachelet no podría terminar su mandato. Tiene 70% de rechazo".

La pesadilla de Piñera es que superó a Bachelet, pero en la peor marca: en la reprobación a su gestión.

 

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