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Adultos mayores: ¡No los entienden! Opinión

Adultos mayores: ¡No los entienden!

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Cristián Araya L
Por : Cristián Araya L Diputado partido Republicano.
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Dos golpes delicados me desconcentraron, era mi puerta. Con una apertura suave se asoma una señora, que entre angustia y vergüenza y con la voz temblorosa pregunta: “Concejal, disculpe que lo moleste pero necesito hablar con usted. ¿Tiene unos minutos?”.

Esta imagen se repite todas las semanas en mi oficina. Mientras en la sala del Concejo Municipal discutimos sobre grandes obras viales, robots de seguridad y actividades culturales, me esperan con la liquidación de su jubilación y los comprobantes de pago de contribuciones en mano. Atrás quedan los grandes números y  las discusiones políticas. La persona que tocó mi puerta está viviendo una situación dramática y necesita ayuda.

Lamentablemente no es un caso aislado. Son miles los adultos mayores que, día a día, enfrentan en silencio y con cierta resignación,  una amenaza que promete hacer desvanecerse su sueño de vivir tranquilos, en la casa propia, poder regalonear a sus nietos y disfrutar de la vejez.

Fue la determinación unilateral del Servicio de Impuestos Internos que, con una calculadora en mano, dictaminó arbitrariamente que sus casas tenían un mayor avalúo por lo que sus contribuciones se irían a las nubes, imponiéndoles una carga tributaria que les resulta imposible de pagar con una jubilación que apenas les alcanzaba para llegar a fin de mes.

Nos conmovimos con el caso de don José Luis Vergara Bezanilla, abogado y pintor, que a sus 90 años arriesga perder su hogar – un verdadero oasis en medio de la vorágine del mundo-, porque los metros de su propiedad hoy valen una fortuna.  Don José Luis solo pide una cosa: que lo dejen vivir tranquilo. Lo mismo que claman todos los adultos mayores con los que me reúno diariamente. En buen chileno: ¡que no los jodan!.

Uno esperaría que testimonios como los anteriores calaran hondo y fueran escuchados, sin embargo, he constatado la indiferencia de muchos, en todos los sectores y cargos, pues no entienden este drama social de exclusión que sufren las personas de la tercera edad. Desde las izquierdas antiguas y nuevas que, con sus anteojeras ideológicas, no son capaces de concebir los problemas sino en clave de lucha de clases y batallas culturales, respectivamente; las derechas economicistas que reducen la realidad a términos económicos diciendo que “si no pueden pagar que vendan”; los progresistas que ven con desprecio lo que consideran un problema doméstico, irrelevante frente a los grandes asuntos del mundo.

Todos ellos no entienden que cuando hablamos de impuestos siempre hay detrás un contribuyente que los tiene que pagar, hombre o mujer, que se levanta (o se levantó durante años) muy temprano por la mañana y se acostó muy tarde con tal de ganarse la vida, para sí mismo y su familia; ellos no entienden que la fortuna de vivir en un buen barrio no los convierte en culpables de la mala situación que viven otros ni les asegura el porvenir; ellos no entienden que detrás de la casa hogar, hay mucho más que un inmueble, una inscripción en el Conservador de Bienes Raíces y un activo patrimonial sujeto a las reglas del mercado; ellos no entienden que las personas, con el paso de los años vivimos de nuestros recuerdos, anécdotas e historias del pasado; ellos no entienden que las piernas comienzan a flaquear, que los brazos dejan de responder; ellos no entienden que cualquier caída significa una lesión grave y que los cambios no se incorporan como antes y es muy fácil desorientarse;  ellos no entienden que hablamos de algo que va mucho más allá de metros, muros e impuestos, sino de una vida, de sueños, de anhelos y esperanzas que se pueden desvanecer; ellos no entienden que para muchos adultos mayores su hogar es su vida y los están obligando a vender.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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